La enfermedad de nuestro tiempo

Una sociedad que sacrifica su medio natural para obtener dinero y poder, no tiene sensibilidad para las necesidades humanas.

ALEXANDER LOWEN

 

El sujeto narcisista no puede delimitarse a sí mismo, los límites de su existencia desaparecen. Y con ello no surge ninguna imagen propia estable.

BYUNG CHUL HAN

Vivimos en una sociedad tremendamente individualista y narcisista, pero la fragilidad descubierta debido a la pandemia nos ha hecho pasar por la pobreza y la humildad. El hombre se mide cuando se encuentra con el obstáculo, nos recordaba Saint-Exupéry.  Aunque somos conscientes de todo esto, el desarrollo de la sensibilidad humana es muy lenta y el individualismo sigue siendo la enfermedad de nuestro tiempo.

El narcisismo no es solo una enfermedad individual también lo es cultural. Se produce un desinterés social por los otros, por el ser humano. Cuando se prima el interés material sobre el humano, se prima más el éxito y la admiración que el respeto a la persona. Este individualismo cultural moldea la imagen del individuo, con lo que se produce un fuerte grado de irrealidad, no solo en el individuo, también en la sociedad y en la cultura. El culto al cuerpo y a la imagen, la competencia, el ganar por encima de todo, la obsesión por el poder, la arrogancia, la búsqueda del éxito, producen una falta de empatía hacia el sentimiento y sufrimiento de los demás.

Nuestras sociedades viven en una continua sobreestimulación, hay demasiado ruido, demasiada actividad, demasiados estímulos que rompen la tranquilidad y la paz. En esta situación se pierde el sentido de sí mismo para sentir el mundo y a la persona, ya no hay tiempo en estas sociedades frenéticas y se llega a deshumanizar la existencia. Esa sobreestimulación de nuestras ciudades es algo cotidiano también en los hogares, se escucha la radio o la televisión mientras se hacen actividades, se come o se dialoga, convirtiéndose en un ruido más que sacan al individuo de sí mismo y le distancian de sus propios sentimientos y de la empatía hacia el otro. El ruido y la falta de silencio hacen imposible el descanso y la contemplación.

Las personas, más la gente joven, necesitan de toda esa actividad. Tienen necesidad de constantes estímulos y son incapaces de estar quietos. Solo se sienten vivos si son capaces de un constante y frenético fluir, aunque ese movimiento hiperactivo, puede que sea una defensa contra el ser y el sentir. Las luces destellantes, la música al máximo volumen, les hacen estar vivos y es su forma de adaptarse a nuestra sociedad, pero son un buen escudo para la empatía y la responsabilidad como apreciamos en estos días de pandemia y botellón.

Toda esta realidad individualista y narcisista en la sociedad y en la cultura nos lleva a la ausencia de límites de comportamiento. Los límites expresados en códigos morales o de conducta están ahí, pero no se reconocen, se trasgreden o niegan. En esta situación la estructura de la sociedad se desintegra, se convierte en caótica, se pierde el sentido y el orden y se crea una atmósfera de irrealidad. Para que la irrealidad no amenace la cordura de la persona, se dejan a un lado los sentimientos y solo se funciona en base al pensamiento.

Esa ausencia de límites no significa que exista una mayor libertad. Perdidos los sentimientos y los lazos emocionales que unen a un lugar y a las personas de su alrededor no se es más libre. Hacer lo que a uno le apetezca no significa mayor libertad, es una conducta propia de los que han perdido la conciencia de la realidad y son barridos por el aire de las sensaciones. La ausencia de límites provoca la pérdida de sentido del yo, ya que se pierde la frontera que separe al individuo de su entorno.

Esta crisis de la estructura social se manifiesta en la desintegración de la vida familiar, la falta de respeto por la autoridad, la pérdida de los principios morales establecidos por la sociedad, pérdida de límites de comportamiento, negación de los sentimientos y la pérdida del sentido del yo. El individuo va creando su propio estilo de vida que la identifican con su propia identidad, con lo que hay tantos estilos de vida como individuos.

Estamos con Bauman, que frente a la sociedad narcisista y líquida apostamos por la creatividad, la empatía y la solidaridad. Desde esos principios se debe enseñorear la esperanza y reconstruir el amor, la amistad y la lealtad, sin las cuales nada bueno se habría desarrollado en la humanidad. En el camino de la vida lo más sorprendente son los encuentros fortuitos, inesperados, que nos deslumbran y nos ayudan a creer en la humanidad. Muchos hombres y mujeres que nos han precedido a lo largo de la historia, nos han dado un ejemplo de vida y de valores sólidos. Sabiendo que los encuentros más fascinantes acontecen en nuestro interior, en el hondón del corazón, reelaborando el néctar de los diferentes encuentros con las otras personas.

No podemos vivir solos, la vida del ser humano solo será completa en la interacción con sus semejantes. La compasión y la simpatía son el agua vivificante necesaria para las personas, la sociedad y la cultura. Aquello que nos convierte en humanos no es la obediencia a unas normas o un código universal, sino el reconocimiento de la radical fragilidad y vulnerabilidad de nuestra condición, el hecho de que no podemos eludir el tener que responder ante el lamento de aquel otro doliente que me encara y me apela. Esto nos invita no solo a la projimidad, sino a transmitir serenidad y amor, a ser responsables con nosotros mismos y con la sociedad, sobre todo, en estos momentos.