Teatro

En apenas unas horas el presidente del gobierno iniciará un acto en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona donde –previsiblemente– pronunciará una conferencia en defensa de los indultos. Vaya por adelantado que no soy contrario a su aplicación en los supuestos en que proceda, a pesar de ser un instrumento que en España se articula en una ley decimonónica y que –desde mi punto de vista– constituye un auténtico menoscabo de la separación de poderes, pilar fundamental en todo sistema democrático. Quizás no estuviera tan desencaminado el ex vicepresidente segundo, aunque discurriera en otra dirección, al afirmar que España no era una democracia plena. Pero más allá de los juicios legislativos, la medida existe y su aplicación se encuentra dentro de la legalidad. Sin embargo, esta circunstancia no resulta suficiente, ya que existen muchos supuestos en los que también podría otorgarse –por legitimidad– y no se administra.

El gobierno sigue su hoja de ruta para aprobar unos indultos que constituyen un verdadero insulto para la ciudadanía. Una vejación al estado de derecho. El presidente Sánchez lleva semanas de gira con un monólogo de ficción. No puede haber diálogo con un solo actor en la escena. La alienación de Sánchez y su ejecutivo es máxima. El resto de los actores se hallan tan fuera de la escena que actúan en otra sala que, ni siquiera, comparte el mismo telón de fondo. Los indultos que para Sánchez son magnanimidad y acercamiento suponen, en palabras del señor Junqueras, “un triunfo porque demuestra las debilidades del Estado”. Nadie desde el separatismo, independentismo o como diablos quieran llamarlo ha proclamado la voluntad de ceder un ápice de sus pretensiones, porque –les recuerdo– que acercarse es que ambas partes ganen y pierdan, tomen y cedan, para que finalmente todos salgan victoriosos.

Con esas posiciones y en este tablero, ¿dónde está la gracia de los indultos? No quisiera ser malpensado y considerar esta función como un pago aplazado por el sillón ocupado. Porque si no es ético, ni legal, cargar gastos personales a la hacienda pública, no quiero catalogar el pago o la compra de asientos con instrumentos de gobierno. Tampoco me gustaría imaginar que –más pronto que tarde– aparecerán nuevos movimientos mediáticos del ejecutivo, patrocinando medidas que operen como cortina de humo para poner una pronta fecha de caducidad a esta actualidad y que –como sucede hoy– nadie vuelva la vista a lo acontecido semanas atrás.

En cualquier caso, la pelota está en el tejado del Gobierno –esto nos lo han repetido por activa y por pasiva– y todo apunta a que, en breve, los políticos presos por delitos de sedición, malversación y desobediencia, los que continúan sembrando discordia social, tendrán abierta la puerta de su celda. Desde mi silla de ciudadano estaría encantado de que así fuera, si las predisposiciones fueran otras bien diferentes. Si discurrieran por la senda del diálogo –no de los monólogos–, de la magnanimidad –no del egocentrismo y los intereses personales y partidistas– y del acercamiento –no de las vías de separación a cualquier precio y desde la unilateralidad–. Así, solo así, podríamos hablar de indultos y no de pantomima política. Ojalá en el futuro como dijo un Presidente –este sí, con mayúscula– podamos decir aquello de “la concordia fue posible”, pero así –con monólogos teatrales– no señor Sánchez.