El Olimar sabe esperar

El poeta uruguayo Víctor Lima, aunque nació en Salto vivió en el departamento de Treinta y Tres toda su vida y allí cantó al Olimar. Por su verso supe de la existencia de ese río de poco más de un centenar de kilómetros de recorrido que no termina en el mar, sino que es vicario del Cebollatí.

Todo ello encendió mi imaginación y el ardiente deseo de trasladarme a un rincón de ese entrañable paisito. Viajar desde Montevideo al norte, sentirme perdido en los campos inmensos ribeteados por sierras bajas, asumir que el invierno es una opción y que la soledad cuando se cambia de paisaje tiene un significado diferente. Sentir cómo lo desconocido se hace tuyo para, más tarde, perderse en los recuerdos fútiles que solo asoman la cabeza de tarde en tarde para certificar: “estuve allí”. Ser consciente de que tu ausencia, la misma ignorancia que te embargaba antes de conocer su existencia, no cambia las cosas que seguirán allí, esperando.

Sin embargo, la vida es más complicada de lo que parece. Aunque el propio poeta afirma en una imagen muy bella de resonancias machadianas, o de León Felipe, que “todo peregrino se entiende con el camino sin preguntarse por qué”, enseguida pienso en algo leído hace poco que sostiene, contra opiniones opuestas que persistentemente relativizan el peso de los años vividos, que hay una edad para irse y otra para regresar, como si el camino fuera circular o la ida invariablemente tuviera el requisito de la vuelta; porque el verdadero problema es no tener a donde ir o, ¿peor aun?, no tener a donde regresar. Además, ¿está permanentemente abierta la puerta que inicia el camino? Se me dirá que el camino está continuamente disponible, que la andadura es una actitud que no requiere ni siquiera de los pies y que al Olimar se llega desde distintos lugares, que siempre espera. No obstante, sí, la edad enreda las cosas.

El deterioro físico de algunos de la generación que están viviendo ya más que sus padres, hace una labor de zapa que trunca los sueños, confunde los recuerdos, trampea las imágenes e inhibe el deseo. Perdida su mirada a través del ventanal, incapaces de dejar a un lado el pensamiento obsesivo con el que amanecieron tras una noche aciaga, compiten con quienes, anclados en sillas de ruedas, son plenamente conscientes de que cada nuevo día es peor, de que, a pesar de la terapia y de los minuciosos cuidados que reciben, sus músculos se van atrofiando poco a poco y que llegará un momento de asfixia completa que solo podrá ser anticipado mediante una decisión drástica, la más certera y definitiva.

Es entonces, quizá, cuando el Olimar tiene la poderosa capacidad de convertirse en un señuelo, de ofrecerse como la posibilidad de ser un refugio, el último. De brindar al caminante la sutil, benévola, añagaza de su propuesta. Entonces, no importa cómo se hace el viaje, lo relevante es estar a sus orillas, a tiempo.