Consummatum est

         Con las mismas palabras que pronunció Jesús en la Cruz, pero con muy diferente disposición, quiero expresar mis sentimientos al constatar que el indulto a los condenados por el golpe de estado catalán es algo que no tiene vuelta atrás.

 Jesucristo asumió aquel desenlace como algo deseado, algo muy difícil de soportar para personas de carne y hueso, pero, a la vez, necesario por el impagable beneficio que buscaba para toda la humanidad. En ningún momento trató de evitarlo, aunque la parte humana de su naturaleza, exhausta ante el martirio, suplicara su deseo de llegar al final. Mi predisposición, como es lógico, es muy otra. Desde que se conoció la intención de Sánchez, me declaré contrario a la medida por estar convencido de que el único beneficio recaerá sobre los condenados y no sobre el resto de españoles. La pretendida “utilidad pública” no es tal porque los inculpados nunca corresponderán a cualquier medida de gracia deponiendo su actitud. No buscan la libertad sino la impunidad.

Todo el mundo sabe –y, más que nadie, el PSOE- que la razón de ser de ese indulto no descansa en la magnanimidad, la convivencia, la concordia o el diálogo. Hay que estar ciego, o ser un cínico, para no reconocer que la maniobra de Sánchez es algo pactado, una condición sine qua non para llegar a La Moncloa y para que pueda sacar adelante sus peregrinas iniciativas legislativas. Que la oposición lo manifieste, es algo lógico; tan lógico como que lo niegue el gobierno. La particularidad –yo diría la gravedad- de nuestro problema es que el gobierno de España, consciente siempre de lo que hace, se apoya en unas fuerzas políticas que, además de detestarle, lo utilizan para su exclusivo provecho. La desmedida ambición de Sánchez le impide reconocer que su arriesgada política puede afectar a la unidad de la nación, su integridad territorial y la pacífica convivencia de sus ciudadanos. Una vez llegado el caos, será muy difícil reconducir la situación, y los mismos partidos que le sostenían, le darán la espalda.

Es inútil marear la perdiz. Nada de lo que hoy sucede en España sería posible si el titular de La Moncloa fuera una persona normal, juiciosa, responsable y sincera. Hemos tenido la desgracia de coincidir con el único personaje que no necesitábamos.

¿A quién podremos reclamar todos los españoles cuando España se haya convertido en un país descompuesto y arruinado, y sus habitantes estén enfrentados entre sí? ¿Cómo conseguiremos recuperar el lugar perdido en el ranking mundial? Vergüenza ajena se siente al contemplar las imágenes de la “persecución” Pedro Sánchez-Joe Biden en Bruselas. Nos quejábamos de la estulticia que rezumaba alguna actitud de Zapatero, pero aquello era solamente fruto de la ignorancia. Con Sánchez, es su ciega ambición de poder la que cierra su mente a cualquier sensación de ridículo. Tal vez, los españoles somos tan mal pensados que no hemos sabido apreciar la verdadera reputación que adorna a nuestro presidente en la esfera internacional. Una muestra de lo que digo es la decisión de abolir la obligatoriedad de usar mascarilla fuera de los espacios cerrados y de las grandes concentraciones. Oyendo a los altavoces de La Moncloa., parece como si el mismísimo Sánchez hubiera dado el visto bueno a la OMS. Eso sí, precisamente a partir del día 26 de junio. Ya no hay que preguntar cuándo se aprobará oficialmente el indulto ¡Lo que supone para una nación contar con un buen Comité de Expertos! Dios quiera que el aura de gafe que acompaña a nuestro presidente no nos traiga un repunte de contagios por abandonar la mascarilla. Algún verdadero experto ya lo avisa.

Pues bien, mientras los condenados alardean de querer reincidir, mientras los CDR son investigados por posibles actuaciones muy próximas al terrorismo y mientras el gobierno ve canalizada su labor desde la cárcel de Lledoners, Sánchez está decidido a menospreciar a la Justicia, en contra de la mayoría de españoles. Y digo la mayoría, no porque sea más rencorosa que la minoría, sino porque sabe que los condenados ni se arrepienten del delito cometido ni se conformarán con esa medida de gracia. En los genes de los nacionalistas hay un componente de insatisfacción que sólo consideran colmado cuando consiguen el total aislamiento, aunque en ello les vaya su total ruina.

Los votantes, por haberlos elegido, y los actuales políticos, por mantener a Sánchez en el cargo, todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en la actual situación. Los políticos que se precian de serlo, esos que llegaron para servir a los demás con independencia de las ideas, deberían estar indignados cuando su máximo responsable exporta al exterior una imagen tan degradada de la clase política española. Allí pensarán: si este es el mejor, ¡cómo serán los demás!

Pero, no; Sánchez seguirá adelante porque se comporta como un vehículo que circula cuesta abajo y sin frenos. Arrastrará a quien se le ponga delante y, además, procurará insultarle por insolidario y por facha. Hoy, lo verdaderamente progre es declararse partidario de los indultos, por muy anacrónicos que sean. Total, la Justicia, según Sánchez, ya no es ética, equidad y honestidad. Ahora se ha convertido en instrumento de venganza y revancha ¡Lo que hay que oír!

Lo dicho, está a punto de consumarse el desastre. Ojalá me equivoque.