A Luis Calvo Rengel. Un socialista íntegro y honesto

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Este jueves por la mañana me enteré de la triste noticia del fallecimiento de Luis Calvo Rengel, uno de los políticos más sensatos, íntegros y honestos que he conocido. Con el “tío Luis”, como lo conocíamos en el grupo socialista de la Diputación Provincial de Salamanca, -he de recordar que fui alcalde de Mieza desde 1995 hasta 2007, de los cuales, ostenté también el cargo de Diputado Provincial de Salamanca durante 6 años y medio (1999-2005)- tuve la enorme suerte de dialogar y escucharlo en infinidad de ocasiones. Lo conocí en noviembre de 1994 y fue en Mieza, con motivo de una reunión que Luis convocó con los concejales socialistas del municipio -entonces en la oposición- y simpatizantes, entre los que me encontraba, para informarles que la Diputación Provincial había aprobado la construcción de la carretera Mieza-La Zarza, proyecto que llevaba reivindicando Mieza desde antes de la Guerra Civil. Después de la reunión general, algunos le acompañamos a tomar unas cervezas en el bar, momento que aprovechó para proponerme que encabezase la lista por el PSOE a las elecciones municipales que se celebrarían el siguiente año 1995. No tuvo que esforzarse demasiado para convencerme, le habían informado bien sobre mí y de que una de mis debilidades, aficiones y pasiones, ha sido siempre y será el pueblo que me vio nacer.

El entrañable “tío Luis”, siempre me pareció una persona excepcional y un político de los que, por desgracia, quedan cada vez menos. Su objetivo fundamental fue siempre la consecución del progreso de los pueblos de nuestra provincia y la mejora de la calidad de vida de sus habitantes; su metodología, pasear por las calles y plazas, conocer directamente las inquietudes y necesidades de los ciudadanos para someterlos a debate y aprobación en los Plenos Provinciales y, sus principios y valores, la libertad, la igualdad, la justicia social, la tolerancia y la solidaridad.

Fruto de ese modus vivendi político y siendo vicepresidente de la Diputación Provincial de Salamanca, en 1987, consiguió que en un Pleno Provincial y por unanimidad, se rechazara el proyecto que el entonces gobierno de Felipe González tenía pensado impulsar en nuestra comarca de Las Arribes del Duero, denominado IPES, por el que, y mediante la empresa ENRESA, se pretendía instalar un laboratorio de residuos nucleares en Aldeadávila de la Ribera, a pesar de la fuerte oposición ciudadana en la zona, materializada en la creación de la Coordinadora Antinuclear del Bajo Duero. Al conseguir su propósito, Luis Calvo, que se consideraba también de la comarca (su madre era de Vilvestre y su padre de La Peña), se dirigió personalmente a comunicar esa decisión, primero a los ciudadanos de Villarino de los Aires, donde informó al ayuntamiento y sus vecinos la decisión adoptada en Diputación y posteriormente a los de Aldeadávila, lugar donde fue retenido por la enorme masa popular concentrada y, en palabras de alguno de los cabecillas de la concentración -quién actualmente sigue siendo cargo público del PP en la comarca de Vitigudino- “hecho rehén”, situación en la que estuvo 30 horas y en la que llegó a temer por su vida.

No obstante –y he dejado esto para el final-, lo que realmente marcó su vida y forjó su personalidad filantrópica y su motivación por la lucha de los intereses de los ciudadanos, especialmente de los más débiles económicamente y de las clases trabajadoras, fue la detención de su padre y posterior ejecución fusilado en las tapias del cementerio de Salamanca, Juan Calvo Moronta, por los que vilmente se rebelaron por la fuerza y con las armas contra el orden constitucional republicano, simplemente porque estaba afiliado al PSOE, era miembro de UGT y formaba parte del comité creado en Salamanca para hacer frente a la sublevación militar.

 

Me contaba Luis, siempre con dolor y tremendamente emocionado, que durante el tiempo que su padre estuvo preso en la vieja prisión salmantina de la Aldehuela, acompañaba a su madre a visitarlo y llevarle la comida y del alboroto que se generaba en los locutorios de las comunicaciones. La reacción de presos y comunicantes era alzar aún más la voz, lo que hacía materialmente imposible mantener una conversación normal. Luis Calvo fue uno de los fundadores de la asociación Memoria y Justicia de Salamanca, de la que yo soy actualmente miembro de la Junta Directiva y trabajó siempre para ayudar a descendientes de víctimas de la guerra civil y de la dictadura franquista en la búsqueda de los restos de fusilados y sepultados anónimamente en fosas comunes; porque la dignidad del ser humano exige que nadie, con independencia de su condición social, pueda morir dos veces; una, cuando se produce la muerte real y la otra, con el olvido. Este proceso de deshumanización es el que perpetró sin piedad el régimen franquista con los vencidos para que los descendientes de los familiares y amigos de las víctimas nunca supieran en qué indigna cuneta o fosa común estaban sepultados: “Fantina fue arrojada a la fosa pública del cementerio, que es de todos y de nadie, allí donde se pierden los pobres. Afortunadamente, Dios sabe dónde encontrar el alma”, decía Victor Hugo, en Los miserables.

Luis Calvo debatía sobre estos temas con mucho dolor, humanidad, entereza y ternura, nunca con odio y resentimiento hacia los verdugos, sino con ánimo de recuperar la dignidad del ser humano que fue mancillado, vejado y humillado, de reconocer y respetar el derecho a la memoria de estas víctimas, es decir, el derecho a ser recordado a los que se les negó esa posibilidad y se lo negó la cruel dictadura franquista.

Querido Luis, padre político, maestro, compañero y amigo: Te has ido con la misma dignidad, el mismo compromiso ético y la misma honradez personal que presidieron toda tu vida. Tú, que siempre fuiste ligero de equipaje, nos has dejado toneladas de cariño, un modelo de vida a seguir y la mejor filosofía política, la que trabaja sin cesar por la justicia social y el equilibrio económico. Y, como decía el ya desaparecido Alberto Cortez, “cuando un amigo se va/  queda un tizón encendido/ que no se puede apagar/ ni con las aguas de un río”. Te has ido como lo hizo Machado, como lo dejó escrito en su Retrato, como los grandes: “Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”. ¡Descansa en paz, compañero del alma!. Sit tibi terra levis.