Un tiempo crucial

“En todas partes, el Nuevo Orden intelectual sigue las vías abiertas por el Nuevo Orden mundial. En todas partes, la desgracia, la miseria y el sufrimiento de los demás se han convertido en la materia prima y la escena primitiva. La victimalidad variada de los derechos del hombre como única ideología fúnebre”

BRAUDRILLARD

 

Existen dos clases de compasión. Una, cobarde y sentimental, que en verdad no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la emoción molesta que causa la desgracia ajena; aquella compasión que no es compasión verdadera, sino una forma instintiva de ahuyentar la pena extraña del alma propia. La otra, la única que importa, es la compasión no sentimental pero productiva, la que sabe lo que quiere y está dispuesta a compartir un sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas y aun más allá de ese límite

STEFAN ZWEIG

Estamos viviendo un tiempo crucial y un tiempo oportuno para la fraternidad. Ya podemos ver luz en el túnel y tenemos cerca el fin de la pandemia, donde la reducción de los casos Covid-19 parece que es exponencial a la vacunación. El día de mañana cuando nos pregunten que hicimos en la pandemia, además de resistir y sobrevivir, claramente vivir un tiempo para la solidaridad y la fraternidad. Ahora nos preguntamos, ¿cómo será la vida después?, ¿la inmunidad será real en todas las partes del mundo?, realmente ¿hemos aprendido algo?, ¿será la liberación de las patentes el verdadero fin de la pandemia?, ¿revisaremos los sistemas sanitarios, sabiendo que la salud es un bien universal?, ¿se mantendrán ciertas políticas económicas o seguiremos viendo las colas del hambre?

Todavía queda el virus de la pobreza que seguirá no solo en países alejados, sino también en el nuestro. En tiempos extraordinarios, realmente ¿se buscarán soluciones extraordinarias o seguirán los actores económicos y financieros actuando con la impunidad de la comunidad internacional? Nos preguntamos si veremos nuevas formas de pobreza e indigencia en un mundo donde prima el mercado y genera unas condiciones éticas inhumanas donde predomina la ganancia y no la persona. Está claro que requiere un compromiso por parte de todos, es necesario erradicar también el virus de la pobreza y generar una economía a la medida del ser humano, buscando la solidaridad y la fraternidad contra la cultura de la indiferencia y la exclusión.

En este tiempo crucial, quisiera hacer alguna reflexión sobre la fraternidad cristiana que nos lleva a la pregunta: ¿dónde está tu hermano? Porque no podemos pedir al Padre “el pan nuestro de cada día” sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la necesidad.

A diferencia de la fraternidad ilustrada que se basa en la naturaleza, la fraternidad cristiana tiene su fundamento en la fe en Dios. “Uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8), esa es la nueva relación del cristiano, ser hermanos no en la sangre, sino en el Espíritu. La gran novedad de Jesús es que "los otros" ya no son personas indiferentes o distantes. No son personas que se las pueda usar, de las que se deba abusar y tampoco ignorar, explotar u odiar. A causa de la paternidad amistosa de un Dios universal, "los otros" están llamados a ser mis hermanos y hermanas.  La espiritualidad cristiana es básicamente crecer en la amistad con Jesús y en la fraternidad con los demás.

Esos otros, no solo son los hermanos de fe, como nos recuerda la parábola del juicio final (Mt 25, 31-46), sino que se alude claramente a todos los necesitados sin excepción. El prójimo es el necesitado que primero me sale al encuentro, pues por el mero hecho de ser necesitado es hermano del Maestro, que se me hace presente en el hombre más insignificante. La hermandad de Jesús rompe todas las fronteras políticas, nacionales, culturales, de religión, son hermanos no solo por compartir algo en común, sino porque necesitan ayuda. Posiblemente lo más revolucionario del cristianismo sea el haber descubierto al prójimo como hermano.

El signo de la fraternidad es el amor, pero un amor que ha de ser vida, no solo un concepto, utilizando palabras de otros tiempos, se debe traducir en obras en base a la justicia y a la solidaridad. La fraternidad es la actitud básica para hacer un mundo más habitable en una sociedad globalizadora que esconde y olvida a tantos indefensos. No podemos diluirla en el sistema y declinar nuestra aportación para hacer un mundo más fraterno, solidario y justo. Sería una auténtica contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor, cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto, por la pobreza, la necesidad, la pandemia, la emigración o la guerra.

También debemos plantearnos cultivar el espíritu y la fraternidad en la búsqueda del sentido, incluso en medio de la pospandemia o el vacío existencial. No solo de pan vive el hombre, nos recordaba el maestro de Galilea. La espiritualidad cristiana ofrece una orientación para la vida, el servicio y el compromiso. En primer lugar, es necesaria la oración ya que nos permite ensanchar el corazón, transformar la mirada, abrirnos a la fraternidad, pensando en todos esos ancianos solitarios y abandonados, en los que están en paro y en desempleo, enfermos, en exclusión social o en desahucio, o son víctima de cualquier tipo de violencia.

La espiritualidad fraterna nos lleva a escuchar y compartir. Debemos saber escuchar a la persona, para saber que no solo necesitan ayuda material, también ser restauradas en su integridad y ser reincorporadas a la comunidad y sentirse como hermanos hijos de un mismo Dios. Sin duda, tenemos la obligación de ayudar a los que sufren cualquier tipo de pobreza y exclusión, con todas nuestras posibilidades y destrezas: tiempo, conocimiento, capacidades, dinero, ayuda, etc.

Debemos también conocer y profundizar en la realidad que nos desborda, ante los grandes retos de nuestro tiempo es necesario leer, estudiar, analizar debatir, aprender, buscar, pensar, actuar, ser. Hoy más que nunca no podemos dejarnos manipular por visiones superficiales, manipuladas y que desvirtúan la realidad. Pero también necesitamos soñar y luchar.  Soñar en un mundo más allá de los planteamientos inmediatos, un mundo donde la justicia, la fraternidad y la solidaridad nos permitan vivir en paz y sin exclusiones.

En estos momentos se necesita de nuestro compromiso en defensa del bien común, debemos defender un sistema público de protección y promoción a las personas más necesitadas, apostando por el derecho y una justa redistribución de los bienes al servicio del desarrollo de nuestras sociedades y para la plenitud del ser humano, con mejoras sustanciales en el trabajo, sanidad, educación, vivienda y servicios sociales. Vivimos en un tiempo crucial para abrir los ojos y desplegar la creatividad y el compromiso reforzando la fraternidad frente a la indiferencia para vivir un tiempo pospandémico más justo y humanizador.