Para Antonio Colinas. Poemas de J. L. Puerto y L. A. de Villena

Los poetas José Luis Puerto y Antonio Colinas. Foto de Eloy Rubio

Dejo conocer dos de los poemas que me están llegando y que se incluirán en la antología “El ciego que ve”, dedicada a Antonio Colinas y dentro del homenaje que se le tributará en el XXIV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, previsto para los días 13 al 19 de octubre, por mí dirigido y dentro de la programación de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes.

JOSÉ LUIS PUERTO

José Luis Puerto (La Alberca, Salamanca, 1953). Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca y realizó los cursos de doctorado en la Universidad de Sevilla. Es Catedrático de instituto de Lengua y Literatura, y ejerció la docencia en Sevilla, Segovia y por último en León, hasta su jubilación. Como poeta, prosista, ensayista, etnógrafo y crítico de arte, ha intervenido e interviene en foros de instituciones públicas y privadas. Ha colaborado como articulista en diversos medios de comunicación. Es miembro de los tres centros de estudios de Salamanca (el de la propia ciudad, el de Béjar y Ciudad Rodrigo) y fue secretario de los cursos de poesía en los cursos de verano de la Universidad Complutense, celebrados en El Escorial y Almería. Como poeta, entre sus diversas obras, se pueden citar: El tiempo que nos teje (1982), Un jardín al olvido (1987; accésit del Premio Adonais), Señales (1997; premio Gil de Biedma), Estelas (1999), De la intemperie (2004), Proteger las moradas (2008), Trazar la salvaguarda (2012) o La protección de lo invisible (2017; finalista del Premio Nacional de la Crítica de Poesía), entre otras. En 2018 le fue concedido el Premio Castilla y León de las Letras.

Puerto y Colinas, en la Sala de la Palabra

MONLEÓN

 

                                                                                               Para Antonio Colinas

 

Los grajos acuchillan la tarde con sus quejas,

Con su ronco graznar

Tiembla la hoz del río,

Dan vueltas al castillo y coronan la torre

De negra majestad sobre las ruinas.

Por los caminos vuelven

Los carros con las cargas,

Con las cajas de fresas recogidas en junio

Por lentos campesinos de silencio y espera.

Recinto amurallado,

Entramos por la puerta que conduce hacia el centro,

Junto a ella se levanta

Un verraco granítico,

El pasado remoto toma forma en la piedra,

El tótem protector contra el peligro

Mudo en su pedestal esta tarde de fresas.

Sentados en los poyos, los ancianos

Meditan con la luz de su mirada

La derrota del tiempo.

Las murallas en ruinas no defienden el castro,

Su desamparo expresa

Decadencia presente,

Esta tarde de junio, esta tarde de fresas,

De aromas del saúco en las hoces del río,

Mientras sola y sin quejas

Se va yendo la luz.

 

Aquí otro tiempo estuve

Cuando era adolescente,

Era un tiempo sembrado de latín y gramáticas.

Por caminos de robles y de cuarzos purísimos

Llegábamos a ver el pueblo amurallado,

Los grajos resonaban en la hoz

Lo mismo que esta tarde embriagada de fresas.

Solo que ahora conozco

Que el tiempo nos derrota,

Cuando entonces creía

Que el paso por los años

era de plenitud.

 

 

LUIS ANTONIO DE VILLENA

El poeta Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951), realizó estudios de lenguas clásicas y orientales, pero desde muy pronto se dedicó a la literatura y al periodismo gráfico y radiofónico. A los 19 años publicó Sublime Solarium, su primer libro de poemas. La mayor parte de su obra creativa, tanto en verso como en prosa, ha sido traducida al alemán, japonés, italiano, francés, inglés, portugués o húngaro. Ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (1981), el Premio Azorín de novela (1995), el Premio Internacional Ciudad de Melilla de Poesía (1997), el Premio Sonrisa Vertical de narrativa erótica (1999) y el Premio Internacional de poesía Generación del 27 (2004). En octubre de 2007 recibió el II Premio Internacional de Poesía «Viaje del Parnaso». Desde noviembre de 2004 es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lille (Francia).

Desde 1973 ha escrito y escribe artículos de opinión y crítica literaria en varios periódicos españoles. Ha colaborado en diversos programas televisivos y radiofónicos. Actualmente colabora en El Mundo y en Radio Nacional de España. Es autor también de numerosas traducciones, antologías de poesía joven y ediciones críticas.

Entre sus numerosos títulos, podemos destacar, además del mítico Sublime Solarium ya citado, El viaje a Bizancio (1978), Hymnica (1979), Huir del invierno (1981), La muerte únicamente (1984), Marginados (1993), La belleza impura (1995), Las herejías privadas (2001), La prosa del mundo (2007), Honor de los vencidos (2008), Un nómade exquisito (2019 y, por supuesto, sus memorias en varios volúmenes: El fin de los palacios de invierno, Dorados días de sol y noche y el reciente  Las caídas de Alejandría.

 

GRAN CAFÉ DE PARÍS

(Tánger)

 

Para Antonio Colinas, amigo

 

Al fin del bullicioso Bulevar Pasteur. En el chaflán de la rue de la

Liberté, frente al consulado francés y cerca del viejo y noble hotel

donde me hospedé tantos veranos… Olor a cuscús y a pastela, gente

que se mueve en ocio o casi ocio, la terraza a la calle casi siempre llena,

té con hierbabuena, cafés, alguna cerveza… Viejos que todo lo observan

con ávida resignación y jóvenes -muchos jóvenes- que más o menos

buscan vida. ¿Kifi? Muy bueno, hermano. ¿Quieres? ¿Otra cosa?

Bueno, regálame dos dirhams, tú que puedes…  Al ver la fotografía de

ese café, humilde en el fondo, que me fue tan familiar, recuerdo el sol,

el calor estival y los bellos días de la vida, que concluían de noche en el

“Miami”, en la playa, allí cenabas, mirabas, besabas… Allá todo era

benignamente posible.  Las habitaciones del hotel “Farawi”, sólo sexo

o sólo ternura. El retorno en taxi, con calor y brisas nocturnas. Tánger

es una elevada ciudad de brisas y de muchas bodas ruidosas, hasta la

amanecida. Ángel René tocaba el piano, atardeciendo, en el hotel

distinguido. Luego buscaba mozos hermosos y placenteros. Saludaba

siempre en árabe dialectal. Era otro español de Tánger que buscaba

ese inconfundible sabor de la libertad moral. Me embriagaba de sol

y piscina, a lo lejos el mar. Karim me visitaba: Llegó el hermano…

Sabía la ternura lasciva y que no se peca por un sorbo de whisky.

Hay tanto sol pasado, dorado, y tanta bella juventud morena

entorno al “Gran Café de París”, que apenas me atrevo a mirar,

ni tan siquiera en las verdes y oreadas avenidas de un tiempo que

se fue. Yo fui feliz, muy feliz en Tánger, aunque a veces no me diera

cuenta: Bowles, Williams, Chukri… Sé que nada volverá pues nada

puede volver. Recuerdo al mocito cobrizo que, besando, decía:

“Quiero hablar en tu boca”. Los Camparis junto a la dulce piscina

y la sensación de que nunca moriré del todo, porque fui feliz allí…

Ramón Gaya en la Residencia de estudiantes, con Antonio Colinas, Francisco Brines, Andrés Trapiello, Felipe Benítez Reyes, Luis Antonio de Villena y Juan Manuel Bonet. Madrid, 22 de nov de 1994. Foto: JB