Crímenes que dejan huella

“La historia de un país es también la historia de sus crímenes, de aquellos crímenes que dejaron huella”. Así comenzaba cada capítulo de una gran serie de TVE que ha tenido tres etapas, cuando las series no constituían el peculiar fenómeno por el que hoy transitan. De “La huella del crimen” fui, soy y espero seguir siendo espectador interesado y fiel. Su tratamiento más reposado y reflexivo de tragedias humanas tan graves me suscita la atracción que rara vez encuentro en las páginas de sucesos. Jarabo, las estanqueras de Sevilla o Don Benito son títulos imprescindibles entre los que no falta un procurador enamorado que las prudentes licencias de la ficción basada en hechos reales situaron en Salamanca, en pleno Campo Charro e incluso en la directiva de la extinta UDS.

España Negra que se vincula a crímenes siniestros, a fincas y dramas rurales, a los asesinos y a las inductoras de Puerto Hurraco y a la montaraza de Grandes de nuestro cancionero popular, pero que es más negra si cabe en otra suerte de crímenes arropados por el manto culpable de la disculpa colectiva, o de la excusa institucionalizada. ¿En un 19 de junio cómo olvidar Hipercor? Crímenes con huella indeleble y crímenes a blanquear. Porque, aunque ya no se produzcan, se reproducen cuando se jalea en cada ongi etorri al criminal que ha abandonado la cárcel tras una pena sin revisar. Bien es sabido que para el criminal que haya hecho revisión de su conciencia y se haya atrevido a condenar su crimen no habrá festejo en el pueblo.

Últimamente se nos han grabado en la memoria los rostros de Olivia y Anna, asesinadas en Tenerife por un padre que no merece tal nombre, y que las ha matado para torturar de por vida a la mujer con quien las concibió. No pongo cara a Yaiza, pero sé que su madre ha confesado haberla asesinado en Sant Joan Despí para dañar para siempre al padre de la niña. Crímenes que nos dejan huella y que nos lanzan a sacar conclusiones, aunque cada crimen de este tipo, en el que un ser humano decide terminar con la vida de otro, realmente abre nuevas preguntas y rara vez nos permite emitir razonadas conclusiones.

Superada la impresión, como la tuvimos con Miguel Ángel Blanco, con Laura Luelmo, con Gabriel Cruz y con tantos, ese impacto que a la madre de Olivia y Anna y al padre de Yaiza les va a afligir en forma de dolor sin respuesta toda la vida (y que, Dios lo quiera, logren enjugar en su esperanza), no está de más observar cómo reaccionamos ante otros crímenes sin rostro y sin nombre. Porque los muertos sin rostro, los muertos anónimos, también mueren.

El pequeño Aylan dio imagen sobre la arena de la playa a la guerra de Siria, porque la guerra, como el hambre, como la miseria, como las persecuciones raciales, tribales, religiosas, empuja a millones de personas a la huida por el camino casi imposible del mar. No hubo fotografía de los náufragos de ese cayuco mauritano que apareció el otro día a la deriva en el Caribe, en el otro extremo del destino buscado. Nadie los buscará jamás, como tampoco buscamos a Aylan.

La venda no deja de ser un potente anestésico y, de esta manera, en la predicación de una falsa tolerancia, todos nos hemos vuelto demasiado tolerantes con la muerte de los inocentes. Si no, no se explica que se fomente el suicidio convirtiéndolo por ley en prestación médica y a eso se le denomine progreso, ni que en el orden del día del 23 de junio en el Parlamento Europeo aparezca el debate de este informe impulsado por un tal Predrag Matic, socialdemócrata croata al que la objeción de conciencia de los médicos ante el aborto le parece “negación de la atención médica”. Veremos qué votan nuestros europarlamentarios. Este crimen que impide el nacimiento de las personas y del que casi nadie habla, supuso en 2019, último año recontado, 99.149 muertes en España. ¿Nadie es capaz de ver esas huellas?