Las Arribes al día

El Ayuntamiento de Vitigudino recibe en donación varias obras del pintor local Galo Palacio

La alcaldesa y la concejala de Cultura agradecían el gesto de Ángeles Palacio y se comprometían a compartir con el resto de vitigudinenses parte de la memoria del pintor fallecido en 2020

Galo Palacio en la entrevista realizada por Las Arribes al Día en 2013 con motivo de una exposición de su obra en Vitigudino / CORRAL

Ángeles López García, hija del pintor natural de Vitigudino, Galo Palacio García, ha hecho entrega al Ayuntamiento de Vitigudino de cinco de sus obras para que parte de la memoria ‘del pintor de La Gudina’ esté siempre a la vista de los vitigudinenses.

Gabriel López Palacio, conocido como Galo Palacio, cursó estudios de pintura en la Escuela de San Eloy, en Salamanca, y posteriormente en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo, ciudad donde ejerció de funcionario hasta su prejubilación a finales de la década de los 80. Fue entonces cuando regresó a Vitigudino para ‘atrapar’ en sus cuadros la luz de la que quedó prendado hasta su fallecimiento en 2020.

Para la alcaldesa de Vitigudino, Luisa de Paz, la donación de cinco de sus cuadros “es todo un gesto que nos llena orgullo y por ello ocuparán lugares especiales en varios edificios municipales”. Como recordaba la concejala de Cultura, Victoria Rodríguez, Galo Palacio era “además de un gran artista, un vecino muy querido y respetado en Vitigudino”, por lo que “es un privilegio poder lucir con orgullo en los edificios municipales cinco de sus magníficas obras”.

Aunque las responsables municipales aún no han decidido en qué lugares serán colocados, Victoria Rodríguez avanzaba que “estarán entre el edificio del ayuntamiento y el edificio San Nicolás, por ser este un lugar dedicado a la cultura. En cualquier caso ocuparán el lugar de privilegio que merecen”.

Por último, tanto Luisa de Paz como Victoria Rodríguez quisieron agradecer expresamente a través de estas líneas “el gesto de Ángeles por haber donado al Ayuntamiento parte de la memoria de su padre”, aunque señalaban que “a partir de este momento será compartida con todos los vitigudinenses”.    

Galo Palacio, el pintor de La Gudina (Miguel Corral, agosto de 2013)

De voz pausada, reflexiva, como queriendo escuchar en todo momento los sonidos de La Gudina, su tierra; siempre tan cerca pero a la vez tan distante durante, seguro, demasiado tiempo para él; perdido entre el mar y los lagos de Covadonga, porque su mente estaba puesta aquí, en Las Arribes, en La Sierra, en la dehesa del Campo Charro, adivinando entre las encinas los rayos del sol en el amanecer y dibujando la escarcha que cubría el Uces en los meses de invierno.

Nació hace 81 años en Vitigudino, hijo del entonces maestro de Barceíno, cuando los árboles viejos calentaban las cocinas en los fríos días de enero, cuando los niños correteaban por el campo en busca de nidos de jilguero en la primavera, cuando el paisano, con aquella interminable colilla en la boca, tiraba del rabero de la mula que acarreaba el centeno camino de la era; también, cuando las “boinas negras” del campo “se volvían pardas por viejas” y la muña de principios de agosto se metía hasta las entrañas.

Galo Palacio, Galo como así se hace llamar, siempre tuvo afición por la pintura, y de muy joven, antes de su marcha a Asturias, cursó en la Escuela de San Eloy. Allí, durante no recuerda cuanto tiempo, adquirió sus primeros conocimientos en artes plásticas, técnicas que a partir de los 20 años perfeccionaría en Oviedo, en la Escuela de Artes y Oficios, ciudad donde –a la postre– ejerció de funcionario hasta su prejubilación hace ya 25 años.

Pero la añoranza por su tierra, por el río que le vio crecer, por los susurros de la primavera, le traía siempre de vuelta por vacaciones, “nunca fui a Benidorm”, siempre regresaba junto a las puentes y pontones, al lado de las viejas puertas  de corrales y portillas, buscaba el reencuentro con “la luz y el color”, sus pasiones al margen de Ángeles, su compañera desde hace 56 años, de sus nietos y la hija que le ha hecho abuelo en dos ocasiones.

Se califica pintor figurativo, aprendiz de Goya y Velázquez, fugaz. Sus cuadros son el espejo de una acuarela que irradia su personalidad, su “forma de enfocar”, de plasmar el instante real poniendo a su servicio la imaginación sin artificios, pura creación artística que llama “fantasías”.

Galo imprime a su obra el enamoramiento hacia las gentes que le rodean, es –sin duda– pintor de paisajes mesetarios y de ríos, “de árboles, de paredes de piedra”, pero sobre todo de rostros con “surcos excavados por el trabajo al sol”; es reflejo “de todas las cosas antiguas y viejas, de personas típicas de aquí” (silencio).

Su inspiración es el color y la luz que entra cada mañana por la cristalera de su casa en Peñas Llanas para alojarse en su estudio hasta el anochecer, los paseos matutinos por el campo que despiertan sus emociones para sentarse tras el telediario frente al lienzo en blanco. También “la arquitectura tradicional me seduce sobremanera, y Salamanca, lo que es la capital, la arquitectura, me chifla, sobre todo el Plateresco”, aunque no concibe la Plaza Mayor sin su gente, “me gustan las personas que están en ella, que habitan allí, yo creo que viven ahí, porque son las mismas siempre”.

No se atreve a señalar el cuadro del que más orgulloso se siente, sobre todo porque no puede apelar a la emoción del momento en el que cada uno surgió del pincel, “influye la subjetividad”, el contexto del instante, los recuerdos, cada cuadro viene a ser como un hijo. “A lo mejor me gusta un paisaje determinado porque de pequeño he estado allí buscando nidos y me atrae de una forma especial, aunque a lo mejor para otro es una mierda”, añade.

Y como ejemplo de estas palabras, sus ‘bodegones’ de cestos de mimbre cuarteados por los años, el sol y la lluvia, “pero a mí me gustan, como los retratos a paisanos. Solo pinto aquello que me llena emocionalmente, sino es así no lo pinto”.

Recuerda cómo a pesar de vivir muchos años en Asturias “jamás he pintado el mar, y una vez en una exposición, la directora me dijo que querían hacer una exposición con hórreos, que se venden como churros, pero le dije que a mí los hórreos no me gustan; oye, que mal me miró, no es que le pareciera mal, sino que no comprendió que no me gustasen, –que son bonitos–, sí, pero a mí no me gustan, por lo tanto no los pinto, y el mar tampoco”.