Bodas, bautizos y comuniones

         -Este hijo mío es protestante.

         A mi sobrino segundo ¿Lo son los hijos de los primos hermanos? ¿Son más importantes los primos hermanos que los primos que saludas por la calle de refilón? le horrorizaban las iglesias. Por eso sus padres se turnaban para quedarse con él si había que visitar un lugar tan insólito y bello como la Catedral de Coria, muy cerquita de donde yo trabajaba. La fiesta de pijamas de esa noche, colchones en el suelo y niños muertos de risa, fue épica.

         -¿Y la niña va a la iglesia?

         -No, la dejo atada a la verja de la entrada, como al perrito en la puerta del supermercado.

         El padre de la criatura no es católico, de ahí su horror por los ceremoniales con todo e imaginería dolorosa. Claro que tampoco entiende esa propensión nuestra a dejarnos acompañar de perros, gatos y pájaros encarcelados. La primera vez que se puso delante de la jaula del periquito le abrió la puerta y le dijo ante su sorpresa “Yo ya he cumplido mi obligación de enseñarte la libertad”. A la niña, amante de los pájaros y dilecta estudiante de historia del Arte, los Cristos y las vírgenes le transmiten una infinita tristeza y se dedica, durante toda la Misa, a repetirse las consignas de la planta de cruz griega y la de cruz latina, así como a recordar el valor de los colores en los cuadros de Leonardo. Es que acaba de terminar el examen de acceso a la Universidad y todavía se lamenta de haberse olvidado del concepto de “sufumatto” cuando le tocó comentar la Virgen de las Rocas. A nuestros alumnos, estudiar arte les resulta más difícil todavía porque se columpian en lo que mi madre llamaba historia sagrada y en los mínimos conocimientos básicos de la religión cristiana.

         -La qué le corta la cabeza a no sé quién ¿Quién es? Y ahora me explicas por qué hay dos críos y encima, uno disfrazado de oveja.

         Los chicos de ahora no saben quién es Salomé, pero van a la fiesta de graduación con vestidos de siete velos y escotes profundos como mi ignorancia con respecto a su mundo de nativos digitales. Lo mío es el copón bendito, la cueva de los esenios, Cirineo, Longinos y su lanzada en el costado. Delibes y Cela, Laforet y Martín Gaite. Los nombres que repasan a toda prisa antes de entrar en ese examen que es un rito iniciático. Dejo a mi hija en una acera copada de estudiantes medio dormidos, perdidos y asustados y me marcho a trabajar. Cuando regresa está feliz porque la traducción de César le ha salido bien aunque por la tarde se anega en la dificultad de la prueba de geografía. Y ya pasado todo, en la ceremonia religiosa, no deja de mirar al Cristo de triste factura que a mí me parece de Damián Villar, piedra tallada con la fuerza de la devoción y de la escuela escultórica salmantina de los años cincuenta y sesenta. Por la noche, la oigo hablar con mi sobrino el soberanista. No sé qué le diría de la inmensa pieza de piedra clavada al madero, pero al día siguiente me hace reír cuando comenta que su primo le ha dicho que al pobre Cristo lo habían mandado al rincón de pensar porque no estaba en el centro del altar. A mi sobrino los años de colegio religioso le han dado para mucho. Al otro, al protestante, no le convencieron para comulgar ni las amenazas de su abuela. Mi hija se resigna a bodas, bautizos y comuniones. Eso sí, abomina de las iglesias modernas. Lo suyo es la columna salomónica y la sencillez románica.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.