Ciudad Rodrigo al día

 

Tierra mojada

Corrimos, saltamos, nos calamos y nos secamos al rato. Yo me piqué con unas zarzas y luego me volví a picar

Las tormentas de verano son tan fascinantes como imprevisibles, derrochando poderío en cada gota, en cada rayo descargado y en todos aquellos truenos que los acompañan.

Cuando esto ocurre y te encuentras rodeado de naturaleza, todo se impregna de un olor especial que dota al paisaje de mil y un olores que no son otra cosa que delicias para nuestro lóbulo frontal, el cual no da abasto a la hora de reconocer semejantes fragancias.

Las mascarillas, necesarias todavía hoy, protegen frente al consabido peligro, pero nos privan de estos pequeños festivales sensoriales que tienen su aparición más frecuente en los días previos a la estación veraniega.

Salamandras, bastardos, ranas u hormigas, ajenas a cualquier medida de protección sanitaria, abandonan sus escondites extrañadas, quizá, ante semejantes aromas, y nos muestran lo caprichosa que puede llegar a ser la madre naturaleza con estos seres vivos.

Los humanos, demasiado ocupados protegiéndonos de la lluvia, nos quedamos en nuestras casas asustados por el ruido estridente de la tormenta, culpando a la pobre Santa Bárbara de no poder llevar a cabo el plan vespertino de un sábado cualquiera.

Si tienes la gran suerte de que te pille a kilómetros de distancia de tu casa, en medio del campo, la cosa es muy distinta. Comienza a coger fuerza el refrán “de perdidos, al río”, y no quedan más bemoles que disfrutar, en primera persona, de los designios del universo.


Este sábado me ocurrió junto a un grupo de amigos y, lejos de arrepentirnos y amedrentarnos por unas gotas en las camisetas, nos pateamos caminos por donde hacía años que no transitábamos, saltamos portillos, alambrados e incluso peñas. Vimos ranas preciosas, salamandras, vacas, perros y hormigas que, perfectamente organizadas, colaboraban en la consecución de sus metas. ¡Cuánto tenemos que aprender de ellas!

Corrimos, saltamos, nos calamos y nos secamos al rato. Yo me piqué con unas zarzas y luego me volví a picar. Así soy. Reí, grité, sentí y, por fin desde hace mucho tiempo, creí vivir plenamente, sin miedos, sin peros, sin que el hechizo de Cenicienta se terminase a una hora concreta.

Hoy, varios años después y con una pandemia de por medio, puedo decir, bien alto y claro, que me encantan las tormentas en todas sus variantes y modalidades.

¿Y el olor a tierra mojada? Eso ya es teta de novicia.

Disfrutad del verano y de las tormentas, son cosas muy similares. Ambas acaban antes de que apenas podamos disfrutarlas y, en ocasiones, su inicio nos resulta vertiginoso.

Nos leemos el domingo que viene por aquí o, hasta entonces, en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).