La cuadratura del círculo

Como el que no quiere la cosa, nuestro gobierno intenta superar una de las pruebas que han traído de cabeza a los matemáticos del mundo entero: la resolución de la cuadratura del círculo. Para que luego digan que no tienen cabeza. Bueno, lo que de verdad piensan muchos españoles es que nuestros gobernantes tienen poca cabeza, pero, paradójicamente, tienen mucha cara.

Cuando quiso hacerse con las riendas del PSOE, Pedro Sánchez se vio rechazado por su propio partido. Se dio cuenta que había empleado una táctica equivocada. Era tal su ambición que no se dio por vencido. A bordo de su modesto automóvil, se propuso recorrer toda España para entrevistarse con aquellos compañeros -y compañeras- que tuvieran inquietudes similares a las suyas. De entrada, sabía que no podía apoyarse en los que se declararan “socialistas tradicionales”, que es lo mismo que decir socialistas actuales o, como se los conoce en los países occidentales, socialdemócratas. A esos no. Debía convencer, en primer lugar, a los que se sintieran desplazados dentro del partido, después, a los   fácilmente manejables, a los carentes de iniciativa, a los ambiciosos y a los que, como él, estuvieran dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Para sorpresa de propios y extraños, fue elegido Secretario General y su ego escaló el Everest.

Cuando creía haber encontrado la fórmula magistral, descubrió que algo seguía fallando. Ni él ni su nueva plana mayor conseguían los votos suficientes para subir al Olimpo. Siempre se quedaban a media ladera. Nuevos reveses y, para colmo de males, la insoportable oposición se afanaba en rebuscar nimiedades en su inmaculado currículum. Al fin y al cabo, calumnias y medias verdades para menoscabar su acreditada valía. Decididamente, resultaba imprescindible retocar la estrategia. Está demostrado -pensó-  que, con la verdad por delante, no hay nada que hacer. Fue en ese preciso momento cuando Sánchez cayó del caballo. Llegó al convencimiento de que su triunfo estaba reñido con la verdad. Después de todo, miente a sabiendas, y el que se lo cree, peor para él. Si la montaña no va a Mahoma, Sánchez irá a La Moncloa con la mentira por delante.

De poco valieron las declaraciones hechas ante los suyos, o en las Cortes. Para alcanzar el poder, se declaró fiel seguidor del pensamiento de un ilustre politólogo llamado Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros” Desde ese día, Sánchez no ha tenido el menor reparo en mentir a diario, y ve que la fórmula funciona. Como es lógico, sus primeros colaboradores han resultado contagiados por el mismo virus y, bien por inercia o por no perder el cargo, se rasgan las vestiduras ante quien pretenda dudar de su palabra.

Asumido que el gobierno miente, es preciso interpretar lo que dice y lo que hace, para poder averiguar lo que de verdad pretende. Tampoco hay que esforzarse demasiado porque está muy claro: desde que accedió a La Moncloa, Sánchez pretende acabar esta legislatura y, a ser posible, levantar los cimientos para la siguiente. Para ello, ha tocado a rebato a sus ministros reclamando que no le estropeen su hoja de ruta. Con mucha más soberbia, y con menos “buenismo” del que pretende transmitir en sus apariciones televisivas, exige unanimidad en los mensajes. El problema surge cuando, a pesar de las advertencias, hay algunos que no acaban de asumir sus consignas, otros que, por mucho que se las desmenuce, siempre acaban metiendo la pata y, finalmente, están la ministra portavoz Mª Jesús Montero, especializada en monólogos “made in Cantinflas” para estar media hora ante las cámaras y no decir nada, y el doctor Simón, azote del covid-19 y amigo de todos los charcos. Esta fórmula, aunque pueda parecer un milagro, también le está dando juego. Al menos, sigue en La Moncloa, dispuesto a decir a todo que sí –o no, según toque-, a la par que sacudiéndose las responsabilidades sobre los que no piensen como él.

En los tiempos que corren, cuando las noticias tienen difusión prácticamente instantánea, y cuando los gobiernos y medios de comunicación disponen de canales directos de información desde cualquier lugar del mundo, pretender exportar una realidad distinta a la verdadera es una vana ilusión. Las respuestas dadas por este gobierno a la amenaza catalana, a las consecuencias de la pandemia o a la errática política exterior son harto conocidas en todo el mundo. Sánchez está convencido de liderar una nueva forma de gobernar, una corriente política asentada en el diálogo, el entendimiento y la concordia. Como monserga, está muy bien. Aquí se lo compran los que le están llevando del ronzal y los que le siguen detrás de su carreta. Fuera de aquí, ya no engaña a nadie, porque nadie se fía de un presidente que dice defender la democracia al tiempo que negocia con filo terroristas y golpistas. En la crisis con Marruecos, tampoco se ve la luz y, personalmente, no me gusta nada el cariz que están tomando los comunicados del parlamento de Rabat.

De la fórmula para andar por casa, sólo está obligado a cumplir aquello que firmó para llegar al poder. Ahí, sí. Ahí cumple sus compromisos, de la cruz a la fecha, porque en ello le va el cargo. El resto, todas las promesas hechas a pie de mitin o de medio de comunicación tienen para él el mismo valor que una firma en el agua. No obstante, para no perder la costumbre, debe mandar a sus peones a defender verdaderos desatinos. Uno de los últimos lleva el sello de su delfín Ábalos, el ministro que, por su proximidad a la aviación y en clases nocturnas, finalizó con buena nota un módulo equivalente a sobrecargo de vuelo. Por más interés que ponga, alguien que siempre presumió de decir la verdad después de negarla más veces que San Pedro ya no convence ni a sus conmilitantes.

Cuando está a punto de consumarse el indulto de los condenados por dar un golpe de estado, conviene apagar los ecos de la movida que pretende convencernos que este gobierno –Ábalos dixit- debe solucionar el problema que ocasionó el anterior ¿En qué quedamos? Que Rajoy se mostró débil con los secesionistas es algo que sostuvieron no pocos de sus votantes. Confiando en el seny de algunos catalanes y para no echar más gasolina al fuego, acabó siendo engañado por la rauxa. Consumada la declaración unilateral de independencia (DUI), el gobierno aplicó el art. 155 de nuestra Constitución con el apoyo de una holgada mayoría. Si hubo fallos posteriores, no se debieron a ninguna debilidad sino a la irresponsabilidad de los sediciosos. De no haber aplicado ese art., ¿estaríamos en mejor situación que la actual? Las fuerzas políticas que hoy gobiernan la Generalidad ya no engañarán a nadie –incluido Sánchez-, pero acabarán hiriendo de muerte a una sociedad catalana ahogada en las garras de un independentismo irredento.

Cuando vuelva a prender la mecha de la violencia y el enfrentamiento abierto al Estado ¿con qué herramientas pretende este gobierno reconducir la situación? ¿Qué tipo de diálogo, no usado hasta hoy, admitirán los independentistas? ¿Está dispuesto a negociar un posible referéndum fuera de la Constitución? En esa manida mesa de diálogo que exigen los secesionistas, ¿estará presente el independentista Junqueras y no habrá representación paritaria de los catalanes amantes de la Constitución?

Después del indulto, llegará la hora de la amnistía. Que no piense nadie que se les ha olvidado. Puede que hasta esté pactado. De lo contrario, no tendría justificación el pretendido proyecto de “armonizar” el delito de sedición. Resulta curioso comprobar que este gobierno, cuando habla de armonizar impuestos, quiere decir subirlos, y cuando se trata del delito de sedición, equivale a descafeinarlo. Tal vez sean exigencias del guion No. Lo que subyace es que, en previsión de posibles acontecimientos –léase la próxima DUI-, conviene curarse en salud.

 Después de ver a nuestro presidente elogiando la carta de Junqueras y asegurando estar ante una actitud elogiable, ya vemos que cualquier clavo ardiendo es aprovechable para sobrevivir, aun sabiendo que se va a quemar. Ya sólo falta que, en aras de sus concordias y entendimientos, Sánchez se atreva a poner por escrito, y en el código, lo que ya ha manifestado de palabra: que la condena del Supremo a los encausados por el 1-O fue desproporcionada. Otro rejón de castigo para nuestra justicia y para nuestro herido prestigio exterior.

El triste espectáculo de la hoja de ruta de este gobierno supondrá el fracaso en el intento de conseguir la cuadratura del círculo y por el contrario,, acabará haciendo un pan como unas tortas.