Hijos de los hombres

“Las casas en hilera. Lejanías de humo.

Ahora estarían ellos por las plazas desiertas”.

JOSÉ HIERRO,  ‘Ciudad a lo lejos’, en Tierra sin nosotros, 1947.

 

En 1992, la gran escritora británica P.D. James publicó la novela Hijos de hombres, una ficción futurista situada (precisamente) en 2021, que se inicia con la muerte del último ser humano nacido sobre la faz de la tierra, un hombre que tenía ‘veinticinco años, dos meses y doce días’; una absorbente historia, entonces futurista y hora casi crónica informativa, sobre la consecuencia de la codicia, el egoísmo, la inconsciencia y la indiferencia, donde la desigualdad y la diferenciación entre seres humanos provoca e inicia nuestra propia, y miserable, extinción. En 2006, el mexicano Alfonso Cuarón llevó al cine un guion basado en esa novela, Hijos de los hombres, una película estremecedora en la que se refleja la tragedia humana del envejecimiento general y la depresión mundial por la falta de niños, y donde los problemas demográficos de natalidad, causados por el miedo al futuro y luego epigenéticamente adquiridos, así como las inmensas tragedias del rechazo a los movimientos migratorios actuales provocados por la desigualdad y la injusticia, son mostrados con una crudeza más estremecedora por cuanto están sucediendo ahora, cada día y en todo lugar.

 

Con la inconsciencia y la trivialización con que este país enfrenta habitualmente sus más profundos problemas, el tema del imparable vaciamiento de los pueblos y la tragedia del éxodo rural y el abandono y despoblamiento de miles de localidades de diferentes tamaños, se ha convertido en recurso de tertulianos, páginas pares y curiosos que, bajo el epíteto de ‘La España vacía’, sirve solo para rellenar telediarios con estéticas imágenes del abandono con luz crepuscular y Albinoni, o para ofrecer chabacanos reportajes de gritones periodistas que demuestran su ineducación, snobismo y pijotería tratando como bichos raros y faltando al respeto a ancianos solitarios.

Trabajos periodísticos más dirigidos a la curiosidad o el morboso sensac ionalismo, hablan de pueblos en los que el último niño nacido allí ha cumplido ya treinta años, y de otros en los que las voces de los niños desaparecieron hace tiempo y sus más jóvenes habitantes, donde los hay, y escasos, no tienen menos de quince o dieciséis años, y esperan ansiosos que pase su edad de escolarización secundaria (hecha en desplazamiento diario a centros comarcales), para abandonar sus pueblos y lugares de vida, donde la existencia se vuelve cada día más arduamente intransitable.

No solo los cambios producidos en la estructura económica del medio rural y en los modos de producción agraria y ganadera han propiciado el abandono progresivo de los pueblos, sino una creciente desatención de los poderes públicos que, con decisiones políticas de uno u otro signo, han centrado en las ciudades y sus graneros electorales la atención que consecuentemente han negado al mundo rural. La publicidad, las grandes convocatorias y llamamientos masivos, los servicios y accesos de todo tipo, los medios del bienestar y los foros de la cultura, el disfrute del ocio y los mecanismos de información, se han centrado en las grandes aglomeraciones humanas, las ciudades, privando a los habitantes de los pueblos no solo de las herramientas para la igualdad sino, principalmente, de los medios para el ejercicio cabal de la ciudadanía.

La progresiva reducción de servicios, tanto públicos como privados, con la supresión de consultorios médicos, oficinas bancarias, redes de comunicación, escasez o ausencia de coberturas digitales de transmisión y recepción, abandono del mantenimiento de carreteras de acceso o anulación de líneas de transporte público, ha ido acentuando el deseo y la necesidad de abandono, sumiendo a los pocos que quedan en una forma de soledad acentuada por la evidencia, y el dolor, del progresivo deterioro de su lugar, la ruina de los referentes y una injusta e insultante conciencia de la propia insignificancia de cara a los grandes proyectos.

No obstante, programas políticos de hondo calado que pretenden atajar o, al menos, aliviar los perjuicios de la despoblación rural, están siendo, por fin, planteados por los poderes públicos (“Pueblos con Futuro”, ambicioso plan presentado hace días por el actual gobierno español, destinado a combatir el éxodo rural, con más de cien medidas concretas presupuestadas con adecuados fondos). Pero este país, ya nos conocen en el mundo, no es del todo razonable, porque frente a este programa de pueblos con futuro, el único planteado seriamente  en los últimos cien años para luchar contra la despoblación, el abandono y la desigualdad en el medio rural, ha faltado tiempo al cainismo y la reacción españolas, empeñados en mantener crónica e inamovible hasta la injusticia, para plantear, avant la lettre, obstáculos, peros, críticas, trabas, inconvenientes y discusiones destinados a su paralización u obstrucción, lo que da noticia, una vez más, de la profundidad de los motivos que han generado un problema que, ojalá y a su pesar, pueda atajarse.