Historia del silencio

En el silencio la palabra contiene el aliento y se llena de nuevo de vida original

MAX PICARD

 

El lenguaje no es nuestra patria; venimos del silencio

PASCAL QUIGNARD

 

(…) sabiduría de Dios, secreta o escondida, en la cual, sin ruido de palabras […], como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma…

SAN JUAN DE LA CRUZ

Ya casi estamos inmersos en el verano, con las vacaciones pensamos en viajes, en diversión, pero es el momento propicio no solo para el descanso, también para la lectura junto al mar, en la montaña o en el campo. En estos tiempos tan difíciles, el libro encarna la diversidad del género humano, aflorando la búsqueda de sentido para ir ahondando en nuestro ser y en nuestro mundo. Leer no es acumular datos, sino interpretar la realidad y todos aquellos mundos posibles que nos puedan interpelar y dar sentido a nuestra existencia.

En la antigüedad, los libros se leían en voz alta, para uno mismo o para otros. Un libro era una gran partitura que se interpretaba para todos, donde lector y oyentes escuchaban la musicalidad de las palabras. Las puertas de las bibliotecas no eran espacios para “respirar el silencio” como sucede ahora, estaban invadidos por la voz y la palabra, cientos de relatos que correrán de boca en boca, entonando cada idea como una canción de moda.

Hoy leemos en silencio, la musicalidad de las palabras es un canto que se entona en la mente y en el corazón, es una conversación muda. San Agustín, comenta en sus Confesiones, la extrañeza que sintió al ver al obispo de Milán, Ambrosio, leer en silencio, como nosotros: sus ojos transitan por las páginas y su mente entiende lo que dicen, pero su lengua calla. Su lectura la realizaba en el aula inmensa de su interior, como si escapase a un mundo más libre y fluido, un diálogo silencioso entre el lector y el escritor.

El libro es un ascender a al monte de la abstracción desde las llanuras de la imagen, del conocimiento sensible, para ascender al mundo inteligible del conocimiento. Es salir de la caverna de la opinión y llegar a las difíciles luces de la razón, que es sopesar y reflexionar para encontrarnos con una realidad con mayor resolución que nos llevará un mejor obrar. La lectura es un punto de encuentro de las libertades humanas, para hacer más habitable el espíritu, superando de alguna forma el tiempo vivido, realizando un alegato de la memoria. Muchos lectores han conseguido proteger con pasión el frágil legado de las palabras, ellos son depositarios de la genética cultural.

Hoy sabemos que el conocimiento y las prácticas culturales posibilitan avances más eficientes y rápidos en la adaptación al entorno. La herencia cultural, depositada en la memoria de los libros, pasa de generación en generación con mayor flexibilidad y de forma más eficiente que la herencia genética. Nos estamos convirtiendo en seres más dominados por la transmisión cultural, viviendo una evolución no tan vertical, sino más horizontal y dinámica. El lector de libros, se ha desplazado por mundos imaginarios, a lomos de cabalgaduras y senderos de tinta que han posibilitado un despliegue cultural de generación en generación.

Con esta larga introducción, quisiera recomendar un primer libro para este verano, Historia del silencio del historiador francés Alain Corbin. Una obra de madurez, sugerente y reveladora, en la que recupera a través de la obra de escritores, artistas y filósofos el recogimiento y la calma. En tiempos de ruidos y de fiestas, el autor reivindica el silencio y su papel en la historia. Es difícil hoy que se guarde silencio, por lo que es difícil oír la palabra interior. El ruido está en todas las cosas, ello impide la escucha de uno mismo, con lo que está cambiando la estructura misma del individuo.

El libro quiere reivindicar el silencio de otros tiempos, de su riqueza y textura, de la riqueza du su palabra que contribuya a estar con uno mismo. La búsqueda del silencio desborda la esfera de lo sagrado y lo religioso, pero en el pasado era condición necesaria para la relación con Dios. La tradición monástica transmitió en los siglos XVI y XVII, el ars meditandi, una disciplina interior que será accesible también a los laicos. En este camino de la meditación y el silencio, se puede injertar la filosofía moral antigua, con autores como Séneca y Marco Aurelio, con la que los humanistas del Renacimiento estaban familiarizados. El pensamiento y la palabra nacen del silencio. Comentaba Heráclito que la verdadera naturaleza gusta de ocultarse. En el silencio se apagan los ecos y se puede escuchar la voz que los provoca, la verdad se desnuda y se desvela. El requisito fundamental para reflexionar es guardar silencio, desplegar la lentitud.

En este arte del silencio, en esta oración interior Dios habla y el alma calla, es un retorno a uno mismo, como diría el dominico Fray Luis de Granada, propone un método que influyó en Carlos Borromeo y en Felipe Neri. La oración interior es un habitus de “movimientos silenciosos” que impregnan todos los actos. Así lo entendió Ignacio de Loyola, donde su mensaje se funda en el silencio. Es la inteligencia sosegada, la música callada de San Juan de la Cruz, condición necesaria para el encuentro con Dios en el alma.

En el siglo XVII, en el momento mismo en que el mundo exterior se aleja del silencio, dos importantes personalidades le atribuyen una importancia central en el proceso contemplativo: Bossuet y, de un modo más radical, el abate de Raneé, el reformador de la Trapa, ambos insisten en la necesidad de silencio para poder escuchar la voz de Dios en el interior. Raneé, da a entender que el silencio está en consonancia con las meditaciones sobre las vanidades y permite medir mejor cotidianamente el trascurso de los días, anticipando el silencio de la tumba.

La palabra ha surgido de la plenitud del silencio, es la palabra transfigurada. El silencio es la consumación del lenguaje. La patria del ser humano no es el lenguaje, es el silencio. Comentaba Kierkegaard, que Dios no guarda silencio, sino que habla cuando calla. La palabra de la creación es silencio, un silencio impresionante que es como un pensamiento sobre el universo que ha de nacer, nos comenta Pierre Coulange. Escribe Merleau-Ponty, que el lenguaje “sólo vive del silencio: todo cuanto arrojamos a los demás germinó en ese gran país mudo que no nos abandona”.

En el siglo XX, cuando la incredulidad aumenta, el silencio desaparece de la literatura y de la poesía. La industrialización, el crecimiento de las ciudades, el maquinismo vanguardista o la Primera Guerra Mundial desmantelarán la exigencia del silencio. Hay un terror al silencio, que surge al mirar en el interior de uno mismo, volviéndose, en medio de un silencio terrible, hacia un agujero negro. Muchos temen el silencio de la muchedumbre, rebuscando gran parte de sus vidas los lugares en que no reina el silencio. El silencio expulsado de todas partes ha ido a refugiase en los momentos límites de la existencia, en las catacumbas de la enfermedad y de la muerte.

Un excelente libro para leer en silencio, Hay lugares privilegiados donde el silencio impone una sutil omnipresencia, donde podemos escucharlo de manera especial, casi como un ruido leve, delicado y sutil. En el libro, el autor no se olvida del silencio del arte, de la pintura y la escultura, de la escritura y el cine, evocando los infinitos silencios del desierto que depura al máximo nuestra sensibilidad. Es un libro que nos indica el camino para despertar de todo ese ruido que nos agita el corazón, indicándonos el camino para habitar en el silencio.