Los mapas al viento

Me he convertido en una viajera tenaz por los mapas del cuerpo. Ahora que podemos desplazarnos con relativa libertad, el mío es un demorado paseo por el hueco del empaste que se ha caído, recorriendo los riscos de una muela que se mantiene escarpada y abrupta en la boca que se abre de sueño. Las noches son un denodado recorrido por un nervio tenso que empala mi pierna izquierda, porque al dolor no le gusta la posición horizontal, y me despierta cuando todo está quieto para decirme que está ahí, alerta y activo como un mal pensamiento.

Me lo imagino, cable de metal, expectante y tenso. Ni sé qué quiere ni qué le consuela. Acepta de mala gana la química con la que le alimento, pero sé que unas horas en la misma posición le vuelven rabioso y nervioso, como niño enfermo. Y hace todo lo que puede para que le dedique todo el silencio de la noche: aprieta el muslo, hace saltar el mecanismo perfecto de la rodilla, tensa los músculos hasta que el roce de la sábana sea un dolor. Y entonces me levanto y le atiendo, le regalo mi sueño, mi descanso, mi paciencia, mi atención, todo mi tiempo.

Hay horas de un silencio también tenso y expectante. Entran las luces de la calle, los ruidos que no suenan, las sombras que no cesan. El confinamiento era una noche extraña y profunda, pero donde vivo, la madrugada sigue hecha de silencio. Antes, se oían las ruedas de una maleta contra el pavimento, y luego, si venía el aire del oeste, el sonido del tren y el anuncio de su salida. A partir de las seis, los autobuses hacen su recorrido y mi barrio deja salir a los madrugadores de todos los trabajos. A las ocho, son los niños y su desayuno de prisas. Y entre medias, aquellos que sacan a pasear al perro fantasmal de todos los inviernos de niebla y hielo. Camino por la casa sin encender las luces, soy el gato que no tengo, y mucho más tarde, el despertador pone en funcionamiento la casa con su aroma de café recién hecho y su tostada de luz sobre el día recién estrenado. Y junto a la taza, puntual como una eucaristía cotidiana, la pastilla envuelta en la plata farmacéutica del Sagrario. Mi padre las cuenta, lenta, denodadamente, su diaria cuota de botica. Yo ni las miro, las apreso, las trago, las detesto. Mi nervio está tan feliz como los pájaros que se despiertan con el sol y comienzan a dar saltos en la jaula al ritmo de España a las seis, España a las siete y enmudecen cuando salimos, siempre puntuales España a las ocho. A media mañana estoy tan cansada que me quedaría dormida en medio del pasillo. Cuando uno tiene sueño duerme en el filo de una espada, decía mi abuelo. Yo me acurrucaría entre las clases más ruidosas, las de primero, con sus golpes, sus empujones, sus berridos de gozo cuando suena el timbre del recreo. Pero poco me dura la alegría, si me quedo quieta, quieta, quietita, quietita… mi nervio salta de nuevo, muelle sin piedad, ciática sin Cirineo. Entonces vuelvo a recorrer los mapas de viaje por el cuerpo… piel, sangre, hueso, meridianos que se cruzan con los paralelos. Y yo ahí, viajando de nuevo por esa entidad en la que solo reparamos cuando nos dolemos… o cuando alguien nos quiere y recorre con amor la ruta del deseo.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.