Por favor, a Murphy ni nombrarle

Los Reyes de España, acompañados por el Presidente del Gobierno y el Lehendakari, visitaron el pasado día 1 en Vitoria el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, donde se muestran objetos personales, testimonios, documentos y artefactos relacionados con los actos terroristas sufridos en España. Por el número de víctimas, ETA encabeza el grupo más cruento de nuestra historia, aunque también figuran muestras correspondientes a GAL, GRAPO y otras organizaciones de extrema derecha y extrema izquierda. De paso, hemos sabido que este centro es un adelanto de otro nacional que se pretende crear en Madrid y que incluirá el terrorismo yihadista

La noticia, importante por sí misma, adquiría su máximo impacto al contemplar la réplica del zulo donde estuvo secuestrado Ortega Lara durante 532 días. Es muy difícil llegar a valorar lo que supone un encierro en esas condiciones sin ser el primer protagonista. También es difícil asegurar cuántas personas habrían soportado la prueba. Dentro de ese potro de tortura, bastan muy pocos minutos para sentir la primera sensación de ahogo. Oyendo a quienes tuvieron la oportunidad de visitar el original, no se explican el aguante del prisionero ni el grado de vesania de los secuestradores.

Para entender el empleo que hacen del terrorismo organizaciones como ETA, baste recordar que, ante el aplastante eco de la liberación, y para tratar de contrarrestarlo, se volvió a golpear inmediatamente a toda la sociedad con el secuestro y posterior asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco. Ya se sabe que el terrorismo basa su posible éxito precisamente en eso, en el terror. Esos dos salvajes acontecimientos acabaron de remover las conciencias de la mayoría de españoles y fortalecieron a los sucesivos gobiernos para perseverar en la lucha contra los asesinos, sin caer en la provocación, pero sin ceder ni un ápice en el empleo de la ley.

Viendo por televisión las imágenes del acto de Vitoria, no se puede evitar el bochorno al contemplar cómo un Presidente del Gobierno que ha accedido al cargo con el voto de los sucesores de aquellos asesinos, autores, también, de la muerte de no pocos compañeros de su propio partido; que sigue negociando su continuidad a base de pactar toda una serie de medidas encaminadas a atenuar las penas de los condenados por tanto crimen, aun sabiendo que no se arrepienten de nada -sólo quedan cuatro etarras fuera de las cárceles vascas. Ese presidente, digo, es capaz de pasar con tanta facilidad de doctor Jekyll a Mr. Hyde, sin despeinarse. No estoy diciendo que Pedro Sánchez estorbara en ese acto de Vitoria. Al contrario, su presencia era obligada. Lo que quiero decir es que quien sí sobraba allí era un Presidente del Gobierno que, al mismo tiempo, está negociando su continuidad en el cargo con EH Bildu y PNV. Pedro Sánchez actúa como si el día que liberaron a Ortega Lara estuviera copiando textos en alguna biblioteca para rematar su tesis doctoral, y todavía no se hubiera enterado de la noticia. Pero, sí era consciente de la situación, una de dos, o se inventa una disculpa para no acompañar a los Reyes –no sería la primera vez-, o no admite ninguna negociación con algunos compañeros de aquellos asesinos, aunque en ello le vaya el cargo.

Para no echar a perder su bien ganada etiqueta de gafe, a pesar de que su aparato de propaganda se esfuerce proclamando lo contrario, los hechos contrastados demuestran que Pedro Sánchez puede presumir de no haber acertado con ninguna de las decisiones que ha tomado.

Con ser vergonzante el tratamiento que se está dando a la situación del País Vasco, es mucho más grave el caso catalán. Obnubilado por su ambición de poder, Sánchez tampoco ha dudado en transformarse, de la noche a la mañana, de defensor de la unidad de España en sobresaliente seguidor de las estulticias de Zapatero. Como el famoso fraile del saco, piensa que todo vale para seguir en La Moncloa. Y, en ese todo, cabe: jugar con la justicia ignorando al Poder Judicial, trasladar al exterior una imagen que favorece a quienes ponen en duda la calidad de nuestra democracia, contribuir al aumento de la grieta abierta dentro de la propia sociedad catalana, o escudarse en infantiles argumentos para conceder un indulto que, además de ofender a la mayoría de españoles, no será suficiente para calmar las exigencias del independentismo.

Otra muestra más de tanto despropósito es nuestra política exterior. Ya no tenemos buen cartel ni dentro de la Unión Europea, ni fuera de ella. Dentro, porque ya se conocen las maniobras para alterar la verdad, los informes carentes de contenido y sus oídos sordos a cuantas sugerencias se le hace para que reconduzca la política económica. Por mucho que pretenda hacer prácticas de un pretendido progresismo, mientras nuestro déficit y nuestra deuda externa sigan quitándonos el sueño, mientras el paro laboral (el de verdad) siga superando los 5 millones, mientras el cierre patronal llegue a los límites actuales, la carga impositiva esté por las nubes y las medidas que se tomen sean, por ejemplo, como el recibo de la luz o el peaje de las autopistas, Sánchez ya no engañará a nadie. Y fuera de la UE, porque cada día vamos teniendo menos aliados que se fíen de este particular gobierno.

En la actual crisis de nuestras relaciones con Marruecos, ya es hora de que se cuente toda la verdad. Dejando bien sentado que el reino alauita dista mucho de ser una democracia, conviene comenzar por el principio. En todo el mundo son conocidas las resoluciones de la ONU referentes a la descolonización de la antigua región del Sáhara. Como lo son, también, la negativa a asumirlas por parte de Marruecos y los métodos empleados por el frente Polisario para reclamar su cumplimiento.

Las naciones que tienen algún interés en la zona se alinean con una de las dos alternativas. España, como potencia soberana de aquella antigua provincia, aunque en su momento no hizo bien el proceso descolonizador, es lógico que ahora reconozca los derechos del pueblo saharaui. Marruecos, por su parte, por medio de la Marcha Verde, y con el apoyo más bien explícito de EE.UU., aprovechó nuestro momento de debilidad para ocupar de facto el territorio. Como las resoluciones de la ONU se dictan, pero sólo se cumplen cuando se ponen de acuerdo los dos grandes bloques –cosa harto difícil-, unos y otros miran para otro lado y nadie quiere complicarse la vida. Ante la poca transparencia de este gobierno, uno desconoce los pormenores del asunto Brahim Galli. Sabemos que es un dirigente del Polisario, que padece alguna enfermedad importante, además de estar contagiado por el coronavirus; que se le ha querido trasladar a hospitales europeos y más de una nación se ha desentendido del compromiso. Sabemos también que no todos los habitantes de la antigua colonia ven a España con buenos ojos y, sobre todo, sabemos que, antes de que el asunto saltara a la opinión pública, ya estaba el líder Galli –con documentación “amañada”- en el hospital de Logroño, mientras La Moncloa callaba y negaba lo evidente. ¿Alguien que conozca nuestra historia reciente puede extrañarse ahora de la respuesta de un país como Marruecos, que se siente respaldado por EE.UU.?

Como tantas otras veces, hemos vuelto a hacer el ridículo. Es preciso reaccionar antes de que se agrave la situación. Mientras tanto, para no tentar la suerte, por favor, que a nadie se le ocurra mentar la Ley de Murphy.