Mesa revuelta

Estos días de ferias del libro, de programaciones en torno a ellas, de casetas y de firmas, de ritos culturales en los que van envueltas, de novedades, sorpresas, rutinas, de recuperaciones –hasta donde es posible– de antiguas y añoradas normalidades, bueno es dar noticias de algunos de los libros que rondan todo este tiempo por nuestra mesa, siempre constelada de papeles y de afanes, de libros que leemos, de notas y de apuntes, de cuadernos en que anotamos todo aquello que nos resulta sugestivo.

Advertimos que los libros, debido acaso a confinamientos, retracciones, bajada de los decibelios de la vida social, recuperaciones de intimidades y otras cosas por el estilo, vuelven a adquirirse más, hay un repunte en su compra y consumo –según los medios de comunicación indican–, ojalá que también en su lectura, y la ciudadanía se aproxima a ellos; lo cual, si fuera una dinámica que se sostuviera, sería un buen síntoma de que  no todo se sostiene en la inanidad.

Porque los libros son animales de compañía. A medida que los leemos, terminan formando parte de nuestra propia biografía. Leemos lo que amamos. De ahí que toda elección de lectura nunca sea casual. Y es una fortuna cuando el libro da en el clavo de lo que buscamos o ensancha nuestro horizonte y amplía nuestro territorio mental y psíquico.

Y, en todo este tiempo, entre otras distintas lecturas que hacemos, leemos libros que nos envían nuestros amigos. Libros recientes, valiosos, verdaderos, fruto de investigaciones y de creaciones, de contemplaciones y de análisis sagaces, de profundizar, a través de miradas personales y perspicaces, reveladoras y hondas, en la sustancia del ser humano y del mundo.

Esta es la tónica que caracteriza –en cada uno de modo distinto– los libros que nos han ido enviando amigos nuestros y que hemos ido leyendo con atención y demora, con deleite y con pasión, aprendiendo siempre de ellos.

Libros que permanecen sobre nuestra mesa revuelta, que forman parte de las constelaciones verbales con las que nos nutrimos este tiempo de precauciones y vacunas, pero de atención siempre a lo verdadero, a esa perspectiva humanista que da sentido al mundo.

En El canto bajo el hielo (Ediciones Carena, Barcelona, 2021), el último poemario de Asunción Escribano, hay una revelación luminosa a través de una mirada atenta; una epifanía de espiritualidad y hondura que se sirve de una palabra transparente y meditativa.

Fermín Herrero, en La tierra desolada (Hiperión, Madrid, 2021), su última entrega poética, nos da una muestra de un telurismo metafísico y moral, a través de una palabra concisa y sobria, pero iluminadora siempre, que, a partir de lo que está a ras de suelo, nos lleva hacia territorios psíquicos muy reveladores.

Y Agustín Sánchez Vidal, en su estudio y ensayo sobre Genealogías de la mirada (Cátedra, Madrid, 2021), articula unas cartografías del saber, a través de esa secreta vida de las imágenes, que se articulan y configuran, a lo largo del tiempo, como vehículos de significaciones que afectan a toda la vida social y la modifican.

Son meras notas sobre tres libros que nos vienen acompañando durante todo este tiempo y que nos transmiten, cada uno a su modo, un idéntico mensaje: tenemos sentido en el mundo y este también lo tiene, si sabemos conectar con ese humanismo, tan variado y plural, que el ser humano ha ido elaborando a lo largo del tiempo, en un proceso que sigue abierto y del que hemos de participar todos.