Una Filmoteca en la Casa Barroca

Tiene algo de templo recoleto este edificio construido en el siglo XVII por un caballero de apellido inquietante, Torquemada

Patio de la Casa de las Viejas, donde está la Filmoteca de Castilla y León. Foto de José Amador Martín

         Hay una presencia rumorosa en la Plaza de San Julián, un eco de terrazas y risas que bajan desde la Mayor de las ágoras por la Plaza del Mercado y se quedan contenidas entre las paredes de la Iglesia de San Juan y Santa Basilisa, los edificios altos, la recoleta Sexmeros, la Gran Vía… un mar de voces sobre el que navega, pequeña y compacta, la casita barroca mal llamada de las viejas… sede y nao de la Filmoteca Regional de Castila y León cuya puerta atraviesa José Amador Martín con reverencia.

         Tiene algo de templo recoleto y mucho de casa sólida el edificio construido en el siglo XVII por un caballero de apellido inquietante. A este Torquemada le recordamos por su escudo, su pequeña capilla de cielos mudéjares reconvertida en una sala de exposiciones tan hermosa como sugerente. Es la puerta de entrada al patrimonio ingente, nunca lo suficientemente reconocido, de la fotografía castellano leonesa.

Milagrosamente conservada entre la relativa modernidad de la Salamanca que se puso en pie en los cincuenta y sesenta, la Casa de las Viejas es un prodigio diminuto de piedra, ladrillo, celosías de madera, patios secretos, ventanas a un pasado con forma de encuadre y negativo por donde asoma una espadaña diminuta. Tiene el edificio un encanto singular que capta el fotógrafo de un solo disparo, pero su riqueza no solo está en el continente, sino en el contenido. Depositaria del Tesoro de la filmografía y la fotografía de la región, la Filmoteca de Castilla y León fue un empeño de tres instituciones –Ayuntamiento, Diputación y Junta- que se unieron para regalarle a Salamanca la mirada de un archivo prodigioso. Guardia y custodia, exhibición y divulgación de un tesoro en la que fuera casa de caridad para viudas desatendidas, posiblemente el primer asilo de España. Un espacio tan mágico como la muestra que quiso para su ciudad aquel que nos miró con más inteligencia y mayor certeza, el cineasta Basilio Martín Patino.

         Dice el periodista de la Salamanca toda, Ignacio Francia, amigo y estudioso de Patino, que fue el juego la pasión constante de un artista que recorrió el mundo buscando los artilugios de la fascinación. El cine que ejerció con libertad fue ilusión óptica, primitiva animación, linterna mágica, artilugios, en fin, hechos para fascinar a un hombre con mirada de niño que aprendió muy pronto el juego de las sombras sobre la pared provinciana de los inviernos mesetarios. Una colección que Basilio Martín Patino entregara a la ciudad en 1995 y que fue expuesta desde 1999 en este lugar que Maite Conesa, directora de la Filmoteca, primera mujer en España que llegó a serlo, definió como “su refugio lúdico”.

         La visita de obligado cumplimiento a la Casa de las Viejas, antigua fábrica de hielo, hogar de mujeres con historias que son una película, sentadas en los patios de las fotos viejas, reviejas, es una experiencia de sombra chinesca tras el trasiego de las avenidas y plazas. La antigua capilla tiene una quietud sagrada y siempre hay una exposición para adornar su inusual belleza. De ahí, parte el recorrido por la fascinación del cine, la colección de artilugios que funcionan llevándonos de la mano por la historia de un séptimo vicio que era la forma de ver el mundo de un Martín Patino lúcido y lúdico al que quizás el objetivo de Amador descubra agazapado tras sus gafas de sol de pasta negra. Tiene enamoradas memorias esta casa encantada: la del cineasta de Lumbrales, la de Juan Antonio Pérez Millán, primer director de la casa que iniciara el proyecto y da nombre a la sala de proyección, la de Pepe Núñez, quien donó su archivo fotográfico en vida y dejó la impronta de una ciudad fotografiada desde el amor en sus alacenas documentales… Y la pregunta, mientras recorremos un espacio laberíntico, biblioteca, despachos, rincón donde los niños juegan con el cine, es para cuando un lugar donde exponer si no entero, parte del tesoro nuestro, esa Salamanca, esa Castilla León escrita en luz, iluminada de cielo.


         Se pierde el fotógrafo en el altar del recuerdo que recuerda los primeros tiempos de quienes quisieron detener el tiempo con la belleza de la geometría de la luz como el avezado modernista Luis Huebra. Se pierde Amador, cuya mirada se hace uno con la lente, por los pasillos que quiso vivos aquel que escribió con una cámara de cine. La ciudad que desborda alguna de las películas de Patino es el escenario inagotable de la fotografía de Amador Martín, como lo fuera también de un Pepe Núñez que personifica todos los fotógrafos que en Salamanca hubieron. Qué patrimonio material, que riqueza contenida, qué recuerdo de tantos y tantos nombres dedicados a la belleza de la fotografía, como nuestro querido H.S.Tomé, prodigio de la técnica, del rigor y del generoso intercambio ¿Para cuándo ese espacio donde celebrar y exhibir el regalo de nuestro patrimonio visual, documental, tan bien conservado en esta casa, tan bien convertido en libro, en exposición temporal, en recuerdo material de lo que somos?

         Espejo del objetivo del fotógrafo, el cristal de la casa refleja la lente. Y el obturador nos lleva a los primeros tiempos de un arte que afinamos en cada mirada. Amador sigue fotografiando los rincones del corazón, y hay uno que palpita, nitrato de plata y celuloide, ahí, entre las voces del encuentro, encuentro vivo con el pasado, el presente y el futuro que recorremos más allá del encuadre de la antigua casa barroca. Es el refugio de lo eterno, el arte de Amador Martín. El arte de la fotografía nuestra en la que se refleja la imagen de nuestro eco.

José Amador Martín, Charo Alonso.