Memorial

Siempre contrario a los desfiles, a los brazaletes y a las banderas;  refractario a la pompa y su circunstancia, a los grandes protocolos, a la parafernalia del poder, a la majestad y a los palacios; opuesto con convicción a los himnos, enemigo de las arengas y los gritos unánimes, incompatible con los vivas, las consignas y las patrias, quien esto escribe vuelve a sentir la antigua desazón del desencanto al leer las noticias y contemplar las imágenes de la inauguración en Vitoria del llamado Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo.

Hubo un tiempo, aún no superado, en que museos itinerantes llamados “de la tortura” o “del horror”, con el patrocinio de instituciones históricas y bendiciones de ministerios y fundaciones, exhibían por ciudades y pueblos todo tipo de instrumentos medievales de tortura ante la mirada, previo pago de entrada, de turistas de cualquier edad, paisanos, familias enteras, grupos y excursionistas, que contemplaban, digamos que horrorizados, las herramientas de la indignidad y la descripción de los más crueles métodos de tortura profusamente utilizados por sus antepasados. También existen hoy por todo el mundo museos permanentes, espacios concretos, ámbitos temáticos y localizaciones acondicionadas para el disfrute turístico, donde tuvieron lugar las más salvajes expresiones de la inhumanidad, la crueldad y la sevicia, campos de exterminio con zona de visitantes, paredones de ejecución con senderos de paseo, siniestras prisiones dotadas de guías turísticos y calabozos o salas de tortura preparadas para la evocación detallada de lo allí practicado. Auschwitz o Villa Grimaldi, decenas de museos del Holocausto, la penitenciaría de Ushuaia o Toul Sleng en Camboya, son solo algunos ejemplos de esos lugares que muestran con detalle la depravación en usos, técnicas y procedimientos de la crueldad humana, convertidos todos ellos con esa desacertada utilización, no solo en altares a la peor forma del victimismo y disparadores del peor morbo sensacionalista de la historia, sino en burda atracción turística e indigno reclamo comercial de la hostelería del lugar.

Nada más lejos de la intención de estas líneas que cuestionar el permanente respeto y homenaje que todas las víctimas del terrorismo merecen, pero también rechazar la discutible utilización que se viene haciendo en este país de esas mismas víctimas, tergiversando a veces su profundo significado y adaptando a los intereses electorales su misma memoria, ensuciada una y otra vez con el fango del peor partidismo y la vacuidad moral de la lucha por el poder. La inauguración de un museo que refleja y hasta reproduce las formas utilizadas en España por el terrorismo (curiosamente solo desde 1960, fecha a todas luces arbitraria ya que el terrorismo de Estado, en todas sus formas, asoló este país durante décadas y, especialmente desde el 1 de abril de 1939), se convierte así en un nuevo elemento, esta vez permanente, más que de merecido homenaje a las víctimas, de opaco recordatorio del sufrimiento, centrado en describir, más que el dolor, las formas de la crueldad.

Ya que se ha decidido en ese lugar no hablar de las víctimas (ni de los verdugos) anteriores a 1960, sería interesante, divulgativa y socialmente, y también éticamente, que en ese centro se diera también noticia de los desprecios, insultos y vejaciones a las víctimas en la comisión parlamentaria de investigación de los atentados del 11 de marzo de 2004; que se profundizase, informase y tal vez se reprodujese,  la realidad del interior del cuartel de Intxaurrondo durante los peores años del terrorismo etarra; que se hablase, desde 1960 si esa es la fecha, de Puig Antich, del Tribunal de Orden Público o de la Brigada Político-Social que tantas víctimas causó entre demócratas y luchadores por la libertad; de Conesa y de los fusilamientos de septiembre de 1975; que se explicitasen las circunstancias e investigaciones referidas a las víctimas del Caso Almería, a Lasa y Zabala, a las del 3 de marzo de 1976 en Vitoria y a otras no menos importantes víctimas del terrorismo...

Hay muchas formas de honrar y homenajear a las víctimas, y algunas iniciativas artísticas han logrado realizadores memorialísticas mucho más efectivas que el aparatoso sensacionalismo de esos museos del horror. Si nos procuramos un victimario permanente que refleja la crueldad, el crimen y la maldad, para dejar claro que no estamos en ese lado de la historia, hagamos otro de homenaje a las víctimas que hable de ellas más que de nosotros.