Mesas

Hay algo que identifica casi a la perfección a un alumno. No me refiero a su comportamiento ni mucho menos a su expediente académico, como nos hace creer el sistema educativo. Más allá del 1 al 10, aunque parezca increíble para algunos, hay una persona que está al pie del cañón,  con su camino andado y un sitio donde parar a descansar. Y, detrás del alumno,  queda una mesa verde, arañada, coja o agujereada. Es esa mesa la que habla por el estudiante cuando no está. Silenciosa, vacía, fría, sin ningún codo que sostener.

Cuando empezó el curso, había veintiuna mesas ocupadas. Cada uno estaba sentado en el sitio que más le gustaba, cerca de sus amistades y tejiendo un entramado de conversaciones que sobrepasaban la distancia de seguridad supuestamente marcada. Como era de esperar, este carácter altamente entrópico tenía los días contados y tuvo su funeral al empezar el segundo trimestre. Los alumnos que habían sido cambiados de sitio recibieron la noticia como si del fin del mundo se tratasen y se rebelaron contra la fuerza del destino obedeciendo a la norma solo cuando les fuera conveniente. Así, como si de rocas metamórficas se nos tratase, las presiones adversas terminaron por reorientarnos y recristalizarnos en nuestro sitio. Fruto de esto y de la evaporación del algún alumno, quedaron unos pupitres libres. Inmutables, inmóviles, algo tristones. Sin embargo, el que estaba en la esquina más escondida de la clase fue un día ocupado por un pasajero de viaje tedioso, fe de artista urbano y corazón de poeta. Una vez me fijé en esta mesa, iluminada azarosamente por los rayos de sol, y la vi más “policromada” de lo normal. Aparte de molestarme de parte del personal de limpieza, la cosa me llamó la atención.  La mesa del agujero perfecto, como si hubiese recibido un tiro, y coja por los achaques de la edad tenía nuevo propietario y eso se notaba a simple vista. Los días pasaban en aquella mesa mientras yo me afanaba en descifrar los gruesos trazos de tinta negra, pensando más en cómo los limpiaban que en el contenido. En un examen de mates, me sentaron en este sitio del que hablo, y aún después de ser borrados, se apreciaban algunas huellas que servían de escondite para que algún pícaro apuntase los valores eléctricos en los que oscila el potencial de acción (cosa que no era necesaria, evidentemente estaban recogidos en una gráfica. Ya que copian, que copien algo más útil). Vamos, que esa mesa se había convertido en una joya arquitectónica. Un día, apareció un “desperado” en la mesa (que yo interpreté como “desesperado”, luego me dijeron que era una marca de cervezas). Otro día, hicieron lo propio  una rueda similar a la del tarot, una pirámide alada y unas “aspas” que llevaban días repitiéndose. La curiosidad por la mesa terminó por derivar en preocupación por su propietario. A partir de aquí, es historia.

A día de hoy, esa mesa está peor. No porque esté más pintada o más desgastada, sino porque no lo está. Sin pasajero, la mesa no se entiende. No hay nada. Ni siquiera queda ninguna “aspa” (realmente eran planos bisectores de dibujo técnico). Tan solo queda el recuerdo de la hipóstasis del tópico “Homo viator”. Y ya está.

 

Foto: www.dedibujo.net