Nación digital

Llevamos muchos meses escuchando eso de que avanzamos hacia una ‘nueva normalidad’ (cuando en realidad nuestro deseo sería regresar a la que teníamos) pero se habla poco sobre el nuevo mundo que acecha desde detrás de las pantallas, ese que ya está aquí, que es tambiém ‘pandémico’ y ante el cual estamos prácticamente indefensos ¿o no?.

En ese tiempo todo lo conocido debe ser necesariamente redefinirlo. La Atmosfera, la Litosfera, Hidrosfera, la Biosfera, la Ionosfera, etc… esas divisiones que estudiamos hace años, han sido devoradas por la Digitosfera y esta ha posibilitado el nacimiento a un nuevo mundo en el que el tiempo y el espacio han pasado a un segundo plano vencidos por ‘el instante’. Un nuevo mundo en el que la materia ya no es necesaria porque todo se transforma en dígitos, en impulsos eléctricos capaces de viajar a la velocidad de un clic. ‘Cliqueo luego existo’, se vería obligado a decir hoy el bueno de Descartes.

Y este nuevo mundo, cuyo territorio es todo el Universo (ya ha llegado hasta Marte), tiene su cultura propia, la cibercultura, asociada a las redes sociales y la realidad virtual. Su propia escritura, los hipertextos, que permiten la creación, enlace y distribución de información casi infinita, procedente de múltiples y diversas fuentes, además dispone de su lenguaje propio, un lenguaje que apenas alcanzamos a comprender, un lenguaje que nos limitamos a usar para ‘escribir’ en él, de forma voluntaria o involuntaria, nuestras vidas.

Esta Digitosfera que habitamos, tiene su propia inteligencia, artificial, pero inteligencia ya que es capaz de aprender de los propios procesos que realiza. Cuenta con sus mercaderes, los data-brokers o corredores de información, que la recopilan para después venderla al mejor postor, también sus delincuentes. Ha creado su propio sistema económico, la economía del estímulo permanente. Incluso tiene su propia religión, el dataísmo, porque son ‘datos’ lo definine lo que somo en él y como debemos comportarnos. Se podría decir que si en el panteísmo todo es Dios, en el dataísmo todo son datos.

Y claro está, aquel que no sepa vivir en este nuevo mundo, de obedercer sus nuevas reglas, se verás excluido y marginado en todos los ámbitos de la vida (laboral, económica, social, educativa, cultural…), y no sólo eso, la Digitosfera ha comenzado a apoderarse de nuestra vida privad y ha dado el salto a nuestro mundo real, por todo ello es indispensable replantearnos nuestra forma de relacionarnos con lo físico.

Y ¿quién gobierna todo esto? Pues la Digitosfera es gobernada por un todopoderoso ejército de mercenarios, los algoritmos[1], cuyos ‘generales al mando’ son un reducido y selecto grupo de empresas tecnológicas. Ellos, son los encargados de ir ‘traduciendo’ todo lo físico a información susceptible de ser procesada e incorporada a la virtualidad de la Digitosfera, utilizando su poderoso armamento: los medios tecnológicos. Los seres humanos en este proceso son simples usuarios y operarios no remunerados.

Puesto que la Digitosfera tiene un territorio propio (el universo), un ejército propio (los algoritmos), un idioma propio (hipertexto), una economía propia (la del estímulo permanente) y una religión (el dataísmo); dispone ya de todos los elementos necesarios para constituirse en estado independiente, en nación, la nación digital: Tecnópolis[2]. Una nación en la que sus especialista en marketing nos ofertan modos de vida seductores a través de la inmediatez, el anonimato, la impunidad de nuestras malas acciones, las promesas de recompensas sentimentales y, sobre todo, prometiendo infinitas posibilidades de ser aquello que no somos y tal vez desearíamos ser.  

¿Qué margen de libertad nos queda en Tecnópolis? Las redes tecnológicas tejidas por los algoritmos se han independizado de la dimensión humana, porque tiene ya tanto peso, quizá más, como nuestras redes sociales tradicionales y físicas ¿Cómo se verán afectados nuestras aspiraciones y fines como sociedades humanas, nuestros deseos políticos, sociales, morales? ¿Nos habremos transformado en retículas de información interconectadas, en ‘formas digitales’ inmateriales? ¿Deberíamos confiar en que los que mandan lo hacen de buena fe?, o tal vez sería bueno recordar aquello que Platón dijo hace ya muchos siglos: los buenos son los que se contentan con soñar aquello que los malos hacen realidad.

Me resulta interesante terminar con un par de cuestiones planteadas por el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard. Él mantiene que los símbolos se están imponiendo a las cosas reales, la representación de la realidad se sobrepone a la realidad misma. Con la instantaneidad de la información, ya no queda tiempo para la Historia. Lo real ha dejado de ser aquello que se puede reproducir, es lo reproducido. Y afirma: no es que haya una ocultación parcial de la realidad como pensaron Marx, Nietzsche y Freud, es que no hay propiamente realidad.

Pues habrá que defenderse, digo yo, puede que haya llegado el momento de investigar una vacuna o de empezar a maquinar un ‘golpe de estado humanizador’ para intentar restaurar el sentido común en la Digitosfera pero… ¿no sería un golpe de estado contra nosotros mismos?

[1] Conjunto ordenado de operaciones sistemáticas que permite hacer complicados cálculos y hallar soluciones para todo tipo de problemas.

[2] Tecnópolis: La rendición de la cultura a la tecnología. Neil Postman