Con pan y vino

“Con pan y vino se anda el camino”, decían nuestros antepasados, que no deberían tener mucho más que llevarse a la boca.

El pan, lo mismo que la pesca, eran elementos comunes y fáciles de utilizar en los tiempos de Jesús de Nazaret, y de tenerlos a la base del lenguaje coloquial común, que se encuentra como mensaje comprensible utilizado en las parábolas, para expresar el contenido más profundo que se quería transmitir.

Entre los signos o milagros que Jesús realizó, uno de los más significativos fue el de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús multiplicó cinco panes y dos peces para dar de comer a cinco mil hombres, con sus mujeres y niños.

Y la gente pensó que sería buena cosa proclamar rey al realizador de tales milagros. Y lo buscaban con esa idea. Pero Jesús les responde: “Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”.

Y Jesús aprovecha para llevar el acontecimiento mucho más allá: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

El próximo domingo celebramos la fiesta del Corpus Christi, dicho en latín; la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, si queremos expresarlo en castellano. Recordamos que Jesús, no sólo multiplicó los panes para cubrir el hambre natural de la gente. Ofreció su cuerpo y su sangre, que permanece presente en el sacramento de la Eucaristía, y sacia nuestra hambre y nos da así la vida que no acaba.

En estos días también se celebran multitud de primeras comuniones. Aún hay muchos que reconocen en la Eucaristía el pan de vida eterna. Aunque también es verdad que para muchos esa comunión es la primera y la última.

Y para otros muchos importa poco el pan sobrenatural. Y prefieren pensar en el pan de los milagros, que sacia el hambre material de los hombres. Incluso reconocen en la Iglesia solamente una especie de ONG que trata de saciar el hambre del mundo mediante acciones de justicia e igualdad, y mediante una justa distribución de los medios económicos.

Y es verdad que los cristianos tenemos que estar preocupados de saciar las necesidades de tantos hombres, comunidades y pueblos que están pasando graves necesidades, especialmente en este tiempo de pandemia. Pero el mensaje de la Iglesia y de los creyentes en Jesús tiene que ir mucho más allá, en el reconocimiento y el anuncio de ese Pan que lleva hasta la vida eterna.

La Iglesia sigue mirando a los pobres y trata de acogerlos y remediar sus necesidades, especialmente las más elementales de comida, vestido, vivienda, salud y educación. Basta mirar a la dedicación y los trabajos de los misioneros. Pero también atiende a los pobres más cercanos mediante la organización y la acción de la institución de Caritas. Y en esto se une a otras ONGs e instituciones como la Cruz Roja o el banco de alimentos, entre otros.

Caritas trata de concienciar a la sociedad de la necesidad, urgencia y obligación de acudir a remediar las necesidades de los más pobres, como ella está realizando a lo largo de estos años de pandemia, que han multiplicado las necesidades y nos pide acudir a remediar las necesidades básicas de los más necesitados, y especialmente de los niños, que son de los más necesitados de los necesitados.

Teniendo en cuenta esos fines, hace años se viene celebrando la jornada del Corpus como el día de la Caridad y de Caritas.

Y tendríamos que levantar la mirada más lejos, a lo largo del ancho mundo. Según las Naciones Unidas, en el mundo mueren cada día 24.000 personas de hambre, o por causas relacionadas con ella. El hambre mata al 16% de las 150.000 personas que fallecen diariamente en el mundo.

Comulguemos el Pan de Vida. Pero compartamos el pan de cada día con los hombres que más lo necesitan. Celebremos dignamente la fiesta del Corpus. Con pan y vino…