Ramón Haro Gómez, in memoriam

Ya que no voy a estar presente, sirvan estas líneas para expresar mi afecto y solidaridad con la familia y allegados de Ramón Haro Gómez, víctima mortal de los sublevados en 1936, cuyos restos les serán entregados el día 3 de junio por el Gobierno de Navarra en el Centro Documental de la Memoria Histórica. En noviembre de 2020 el banco de ADN de ese Gobierno identificó esos restos, que habían sido hallados y exhumados en 2016 por la Sociedad Aranzadi. Como ciudadano, cabe también expresar agradecimiento a estas instituciones por su labor de recuperación de la memoria democrática, sin olvidar a la Asociación Salamanca Memoria y Justicia (ASMJ), que tantos años lleva empeñada en esas tareas.

Si no fuera porque cada persona es un mundo, podría decirse que el caso de Ramón Haro es el típico cuando se habla de víctimas de la Guerra civil y de la barbarie franquista. Un joven jornalero de 26 años, vecino de Encinas de Abajo, que, aprovechando los márgenes de acción política auspiciados por la II República, intentó mejorar sus condiciones laborales, miserables en la Salamanca de los años treinta. El único cargo que reconoce en su proceso es estar afiliado a la Casa del Pueblo, aunque admite que, tras la sublevación, estuvo dos días sin trabajar, hasta ser detenido por la Guardia civil junto a otros diez paisanos, entre ellos su hermano Hilario y el alcalde. El informe policial dice que eran “elementos significativos, extremistas y peligrosos para el orden público”. Y el alcalde, cuando informa al juez, dice textualmente lo mismo que la policía, aunque más tarde añade que tenían ya planeado “si triunfaba el Marxismo el asesinato de todos los patronos, el reparto de sus propiedades y la violación y muerte de sus exposas (sic) e hijas”. Lo que nos obliga a señalar una vez más que el ansia homicida de algunos militares se complementaba con la labor delatora y calumniadora de algunas autoridades locales, que se “justificaban” mutuamente a la hora de lanzar el zarpazo represivo sobre sindicalistas y republicanos.

El consejo de guerra fue iniciado por el teniente coronel Luis Masip Pérez, aunque la sentencia viene firmada por el teniente coronel Juan Marcos Borrego y avalada por el coronel auditor de Valladolid (sede de la VI División orgánica) José Bermejo, uno de los principales responsables de las matanzas y atropellos en la retaguardia. Estos mandos rebeldes contra el legítimo gobierno de la república condenan a Ramón y a su hermano Hilario a 25 años por adhesión a la rebelión y a pena de muerte al alcalde, José María Gómez Alonso, que fue ejecutado en el campo de El Marín (Salamanca) el 23 de diciembre de 1936. De la cárcel de Salamanca Ramón, su hermano y otros fueron trasladados a la de Pamplona en junio de 1937. En una carta que envía a su esposa, Ramón indica que lo ve “muy mal” y que teme que en cualquier momento lo saquen para fusilar, como ve que están haciendo con algunos grupos de presos que supuestamente son enviados “a Burgos”. (Humor muy negro: hemos visto cómo los presos de Burgos –o de Salamanca– temían lo mismo, con razón, si les hablaban de traslados a otras ciudades).

El último acto de esta tragedia lo comparte Ramón con otros 758 presos, que deciden evadirse del fuerte de San Cristóbal el 25 de mayo de 1938, para no perecer en él, fuera de hambre, de enfermedad o de saca.  Solo tres consiguieron su propósito y Ramón fue uno de los más de 200 capturados y asesinados en el campo, sin mediar trámite alguno, en su caso tras ser apresado por la Guardia Civil en Esteribar. Otros ocho salmantinos más fueron víctimas mortales en esa ocasión.  

P.s.: rectifico, aún hay otro golpe posterior para la viuda y sus pequeños hijos. El expediente del juicio contiene un escrito que inicia  otro de incautación de bienes. Estos solían acabar con multas a las que debía hacer frente los familiares del condenado, añadiendo más arbitrariedad, injusticia y miseria a unas gentes atribuladas.

(La imagen es una carta enviada por Ramón Haro a sus dos hijos en la Navidad de 1937)

(Documentación: base de datos de la ASMJ y libro El centerio de las botellas, de Francisco Etxeverría y Koldo Pla  (dirs.))