Caritas

El arte de las artes es el arte del amor... El amor es suscitado por el Creador de la naturaleza. El amor es una fuerza del alma, que la conduce como por un lugar natural al lugar y al fin que le es propio.

GUILLERMO DE SAN THIERRY

 

Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad.

FRANCISCO DE ASÍS

En esta semana queremos ahondar con unas pinceladas en la mayor de las virtudes teologales, en el amor, en la caridad. Porque “Dios es caridad” (1 Jn, 4,16). Esa caridad se humaniza en Jesús que da la vida por sus amigos y se entrega como un pan partido y repartido. Jesús se nos presenta como modelo y fuente del amor. En ese amor se nos propone un mandamiento nuevo: “Amaos como yo os he amado”. Así, el amor cristiano es un amor que nace en Dios, que crea un corazón nuevo y hace que éste sea capaz de testimoniar la trascendencia del amor.

Desde ese amor infinito, las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) se insertan en las teologales (fe, esperanza y caridad), donde el caritas humano remite al ágape de Dios. Con lo que la geografía de la caridad abarca todos los campos y facetas de la persona: pensamiento, corazón, voluntad, sensibilidad, mirada, tono, actitudes y comportamientos. Se nos propone algo nada fácil que solo es posible desde el amor de Dios. Con el agapé, nuestro amor se puede desplegar de forma casi ilimitada, creativa, siempre nuevo y abierto a posibilidades increíbles, donde el corazón propio penetra en el corazón divino y laten al mismo ritmo.

En la cultura griega se utilizaban tres palabras para explicar y hablar del amor: eros, philía y agapé. El eros se refería al amor sensible, es el amor hacia algo o alguien que me produce beneficio. Nos recordaba Benedicto XVI, que el amor de Dios también es eros. En textos bíblicos del Antiguo Testamento, sobe todo los del profeta Oseas o de Ezequiel, no tienen miedo a usar un lenguaje ardiente y apasionado, expresando el eros de Dios por el ser humano.

El segundo concepto hace referencia a philia, que es el amor correspondido, es un amor más elevado y alcanza la esfera espiritual. El tercero, agapé, es el que utiliza el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, para referirse al término caritas. Este hace referencia al amor que se entrega y busca el bien del otro a cambio de nada. Es el amor del Amado y de la Amada del Cantar de los Cantares, es al amor que une a los amantes con una fuerza más grande que la muerte. Es el amor (ágape) que nos habla el evangelio de Juan, que está al principio (origen), en el corazón (centro) y al final de la historia de la salvación que se cumple en Jesucristo.

El amor, o si se quiere la caridad, es un amor que reclama y exige la realización del otro, de compartir su suerte y ponerse en su lugar, algo que solo puede ser fruto de la voluntad y la libertad. El agapé es el Amor que nos introduce en el amor. Es el amor de Dios que nos permite amar con misericordia y hacernos responsables del otro. Es Dios mismo quien causa el amor y la amabilidad del ser humano. El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, es un amor que crece a través del amor.

 El agapé es un don de entrega, no es dar limosna, es el compromiso de la persona en todo su ser, es darse a sí mismo. Es una asimetría voluntaria, con la que se puede crear una sociedad verdaderamente humana y fraterna. La caridad es universal y, como la verdad, es un don recibido para todos los seres humanos. Pero de alguna manera, los destinatarios privilegiados de la caridad son aquellos que sufren: todos los que pasan necesidad, todos aquellos que son pobres y están desamparados. En la situación de pandemia que nos ha tocado vivir, son aquellos que están sufriendo en los hospitales, los ancianos que han fallecido abandonados, los que han perdido a un ser querido, los que acuden a las colas del hambre, los que están sin trabajo, los que no tienen un techo donde vivir, el inmigrante y el refugiado y, tantos que pasan necesidades en su vida y su subsistencia.

Vivimos un mundo más fragmentado y más resiliente, donde la adversidad es más cotidiana. La pandemia ha supuesto un fuerte impacto para todos, ya que ha puesto de manifiesto nuevas situaciones de vulnerabilidad. Debemos recuperar la capacidad de habitar, necesitamos lucidez, respondiendo no solo con la palabra, sino con realidades, como tender la mano y enredarse en esto del amor, de la caridad, de la solidaridad, de la justicia. Muchos cristianos a lo largo de la historia, se han entregado por el prójimo, dando incluso la vida como Jesús en un martirio silencioso. Allí donde no hay corazón tampoco crece la esperanza. La Caritas no solo se ejercita en acciones concretas, se debe vivir cada instante en la entrega gratuita y desinteresada, materializándola en el hambre por el amor y la justicia, incluso para aquellos que nos sentimos incómodos o son enemigos.

La caridad es y debe ser el alma del cristiano, más en nuestra sociedad individualista e insolidaria. En la semana de la caridad, cercano el domingo del Corpus Christi, se nos recuerda que los grandes valores de la justicia, la igualdad y la solidaridad solo pueden ser despertados por el amor. Es un momento oportuno para no reprimir la cultura del corazón y pensar en los que más sufren y nos necesitan. Ante las carencias reales debemos levantar el corazón y los brazos de la caridad, para salir al encuentro del hambriento, sediento, desnudo, carente incluso de lo necesario, bien sea en las escombreras de África o en las colas del hambre de las ciudades de la vieja Europa. La caridad es tarea y compromiso. Es el don más grande que Dios ha dado al ser humano, es su promesa y nuestra esperanza.