¿Está bien dicho?

Todas las personas que hablan mal ante un micrófono empobrecen el lenguaje, lo vulgarizan sin hacerlo eficaz. Las que hablan con torpeza y vulgaridad están perjudicando el alma colectiva. Están dañando el mejor medio de comunicación que existe, que es el lenguaje” (Juan José Arreola).

¿Está bien dicho?, ¿existe?, ¿cómo es correcto?, ¿cómo se dice?, ¿viene en el diccionario?

Preguntas habituales, sobre todo para quienes nos dedicamos a esto; el problema es que la respuesta suele estar ya en la mente de quien pregunta… y no siempre coincide con la que uno da, por lo que una conversación que empiece con una de esas preguntas, suele terminar con alguien haciendo gestos de desaprobación y/o conmigo injertado en basilisco. No sé si tenga que ver con los tiempos esto de preguntar pero solo buscando que se nos dé la razón; y si no nos la dan, rebelión… O etiqueta (purista, antiguo…), que tanto da.

En general, la gente no usa el diccionario y, cuando lo usa, como digo, es buscando confirmaciones, no respuestas. O sea, queremos que esa fuente de autoridad… nos la dé: que nos diga que estamos bien y, por tanto, el otro, mal. Es común que me ocurra con cuestiones de uso, con esas palabras más comunes en el español de un lado que en el de otro. Es común que termine farfullando cuando me preguntan, acá, que por qué en España usamos barbarismos como aparcar –aquí se usa estacionar– o cuando se señala como el colmo que los estacionamientos de allá estén indicados por la P –de parking–. Es ejemplo, nada más, no voy a alegar.

Un caso curioso, de este lado, es el hipercultismo, la hipercorrección, que ejemplifico en “el vaso con agua” –y eso que no conocen a Tip y Coll (probablemente los jóvenes que me leen de allá, tampoco)–; por acá, no pocas veces he sentido una cierta conmiseración cuando he pedido un vaso de agua; no se extrañen, es que cualquier persona de bien sabe que es “con agua” –¿cómo va a ser de agua, si a leguas se ve que es de cristal?–; yo los mandaría… al diccionario, en concreto a la entrada “de”.

Pero no lo hago, me trago mi etiqueta de purista y me río, para dentro; por supuesto, no oso corregir; cuando mucho, sufro tantito, pero creo que el idioma aguanta porque ocurre como con las meigas: comunicación, haberla, hayla.

Lo mismo pasa, por ejemplo, con tráfico y tránsito, o los mencionados aparcar y estacionar, a los que podemos sumar “parquear”, usual en el español de Estados Unidos y al que Pilar y yo hemos dado un nuevo sentido en los paseos pandémicos: “conocer o visitar parques”; ¿a que es bonito?

Esas palabras y tantas otras, en algún momento, alguien las tomó, o medio tomó, de otro idioma y se pusieron de moda en un sitio… pero no en otros; y se volvieron de uso común en ese sitio, pero no en los otros; sin embargo, a cualquier hablante que llega de otro país, no le dificulta la entendedera.

Con lo que sí acepto que me tilden de purista es con “reglas” que considero que sí afectan al idioma; verbigracia: abusar de las mayúsculas, no darle importancia al acento (tilde), o decir accesar* en vez de acceder, aperturar* en vez de abrir, recepcionar* en vez de recibir…

Concluyo este desahogo con una reflexión de Juan José Arreola, gran escritor por el que vine a México y que, aunque era bastante conocido desde joven, en sus últimos años, la televisión lo volvió un personaje mediático… claro, de antes de Internet; creo que fue muy lúcido y vio venir mucho de lo que ahora impera:

La televisión se nutre de literatura, pero como es terriblemente comercial, solo aprovecha de la literatura un aspecto superficial y técnico. No aprovecha sus dones más profundos. Si las personas en la televisión hablan mal, con torpeza o, lo que es peor, con pedantería, con amaneramiento, están haciendo un gran daño. En vez de ser sencillos, sinceros, claros, artistas cuando se puede, elegantes a sus horas. Todas las personas que hablan mal ante un micrófono empobrecen el lenguaje, lo vulgarizan sin hacerlo eficaz. Las que hablan con torpeza y vulgaridad están perjudicando el alma colectiva. Están dañando el mejor medio de comunicación que existe, que es el lenguaje.

 

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