La otra igualdad

¿Qué cuál es el colmo de la desigualdad? Que una concejalía, consejería o incluso ministerio de Igualdad ignore deliberadamente determinadas desigualdades. Las desigualdades políticamente correctas: descentralizadas, progresistas, con perspectiva de género… Todas esas desigualdades que conocemos, e incluso padecemos, pero que jamás combatirán esas concejalías, consejerías y ministerio, ni el entramado de observatorios y asociaciones apoyados en sus prebendas y subvenciones, y en el socorrido recurso de asignar la etiqueta de “fascista” a quien dice, escribe, e incluso piensa si pudieran saberlo, algo crítico sobre ellos.

Hay desigualdad cuando un sedicioso malversador puede llegar a ser indultado por el mero hecho de que sus siglas sostienen en el poder al que tiene la potestad de otorgar esa gracia. Un conflicto de intereses tan evidente que desarmaría cualquier tipo de decisión y que, de hecho, desarbola al poder judicial, uno de los tres que sustentan el Estado de derecho.

Hay desigualdad cuando se plantea una estrategia de vacunación que reproduce la diversidad flagrante con que se ha pretendido combatir la pandemia, como si España fuera un inmenso territorio en el que la epidemiología hubiera de abarcar cinco o seis husos horarios. En esta hora de vacunar, hasta se han encargado estudios ad hoc para contradecir la ortodoxia científica, y lo bueno es que la mayoría de la población no se ha dejado engañar. Sí, claro que muchos de los denostados médicos de cabecera estamos de acuerdo con la Agencia Europea del Medicamento y aconsejamos segunda dosis de AstraZeneca a los que ya recibieron la primera.

Hay desigualdad cuando se fuerza a los médicos, farmacéuticos, enfermeros, etc. que han obtenido una plaza para especializarse durante los próximos años a fiar su elección a un incierto procedimiento telemático, y también se da cuando, al término de su especialización, surgen ofertas laborales para “fidelizarlos” allí donde se han formado pero sin observar con la debida pulcritud las reglas del juego de las bolsas de empleo, que en el caso de la sanidad de Castilla y León tienen poco de abiertas y permanentes pese a su nombre. No extrañará, por tanto, que, cada vez que nos examinamos para obtener una plaza, lo hacemos a ciegas, sin saber a qué plazas opositamos.

Y hablando de exámenes, muy actuales porque se celebran en estos días, se constata una desigualdad pasmosa en el acceso a la Universidad. Un mismo distrito en toda España, todos pueden aspirar a todas las universidades, y sin embargo, en cada región un examen, con un temario diverso, y para más inri, en nueve de las diecisiete comunidades autónomas se pueden arrastrar suspensos del Bachillerato y en ocho no.

Añado un último ejemplo, el de la desigualdad evidente en la manifestación de la fe respecto a otro tipo de causas, opiniones o reivindicaciones, en la vía pública. En muchos lugares, obstaculizada por la autoridad civil, por la puerta de atrás porque legalmente no pueden impedirla. En bastantes sitios, restringida incomprensiblemente por la autoridad eclesiástica, como es el caso de la procesión de Corpus Christi en la Diócesis de Salamanca, que debería salir mañana a las calles y no lo hará por segundo año consecutivo.

Si conocen a algún concejal, consejero o ministro de Igualdad que haya hecho algo para terminar con estas desigualdades estaré encantado de rendirle homenaje en esta humilde Calle de la Fe. Sin número. Siempre sin número.