Ver el vaso medio lleno

     Ser optimista o pesimista puede estar en los genes o en la bioquímica del cuerpo humano. Hay enfermedades que ayudan a una cosa o a la contraria. Pero el ser humano es tan complejo que no todo es bioquímica, por más importante que esta sea, que lo es. También la educación y las creencias ayudan en una dirección o en la contraria. O la experiencia de la vida, pues conozco –creo que todos conocemos- casos en que teniéndolo todo a favor, hay personas que padecen una depresión de caballo; otras, con todo y el universo mundo en contra, no se rinden ni se caen y, si se caen, se levantan una y otra vez.

    Por mi parte tengo motivos bioquímicos para ser pesimista –no desvelaré cuáles son, aunque sí digo que no son los que parecen- pero procuro, en todas las ocasiones, “ver la botella medio llena”. Ayuda mucho a ello situarse ante la vida con confianza, por haber sido bien acogido y amado cuando pequeño, y por haber realizado una opción vital en favor de que, pase lo que pase, “estamos en buenas manos”. Para un creyente –es mi caso- parece fácil, pero no lo es en absoluto, pues, en principio, nadie está libre del sufrimiento ni del sufrimiento aceptado –la Cruz, en cristiano-. El mismo Cristo en su Cruz gritó “Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Y acto seguido “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, un acto de confianza radical cuando todo para Él estaba en contra. Sabemos cómo acaba el relato, con el sepulcro vacío y con testimonios múltiples, de mujeres, en primer lugar las mujeres, y de hombres que testificaron que Aquel que estaba muerto y bien muerto, enterrado y bien enterrado, sin embargo estaba vivo, porque “había resucitado”. Cuál sea la bioquímica de la resurrección no me toca a mí conocerla, aunque algunos artistas, nuestro Venancio Blanco, por ejemplo, se atrevieron a imaginarla y a plasmarla en una explosión de belleza que los pinos de Valsaín nunca pudieron imaginar que habitara entre sus nudos.

     Viene a cuento el insistir tanto en la muerte y en la sepultura porque estamos viviendo una cruz prolongada y agónica con la pandemia provocada por el SARS-CoV2, sea este de origen animal o escapado de un laboratorio, que doctores tienen las santas madres Biología y Virología que nos sabrán responder, con algo de ayuda de nuestros políticos…

    ¿La pandemia nos ha hecho mejores, más solidarios, más misericordiosos, más humanos? O por el contrario, el miedo que nos ha inoculado ¿nos está obligando a encerrarnos en nuestro ombligo, en nuestra depresión, en nuestro individualismo? Ejemplos puede haber por un lado y por otro. De lo que se trata es de preguntarse: ¿de qué lado estoy? ¿Del lado del miedo o del compromiso solidario? Seguramente cada uno de nosotros –nótese el plural inclusivo- podrá aducir sentimientos y comportamientos en un extremo y en el contrario. Estaría bien que aprovecháramos este verano para hacer este examen de conciencia y, al principio del curso que viene, compartir sus resultados en familia, en el grupo de amigos, en la comunidad cristiana o en cualquier otra agrupación humana, para reconocer los fallos, que todos hemos tenido, esforzarnos en no acostumbrarnos a lo malo –el hombre es muy dado a ello- y programar nuestro compromiso solidario que nos permita a todos, individuo, ciudadano y sociedad, salir mejores de esta noche oscura de la pandemia. El vaso medio lleno…