No es un indulto

La progresiva mutación que ha experimentado Sánchez desde que hizo su aparición en el primer plano de la política nacional hace que no estemos hablando de un miembro de aquel partido socialista que, con otros de diferente credo, contribuyó a transformar un régimen dictatorial en otro demócrata. Más bien parece lo contrario, un advenedizo dispuesto a transformar una democracia asentada en cuarenta años de consensos y diálogos en algo más parecido a una autocracia. La actitud de Sánchez –no lo puedo evitar- siempre me evoca la de aquel padre que abofetea al hijo y, para remachar su prepotencia, le dice. ¡Y no me llores!

Ya no se conforma con mantener la mentira como aglutinante de todas sus afirmaciones. Ahora pretende culpabilizar a todo el que no bendiga sus despropósitos. Con 120 diputados, se ha convertido en el primer presidente en acceder a La Moncloa con menor número de escaños. Mientras siga en vigor la Constitución de 1978, el presidente y todos los miembros del gobierno acceden a sus cargos jurando o prometiendo ajustar todos sus actos a cuanto en ella se determina. Pues bien, aquí no se cumple la mayor, aquí, algunos apoyan su mano en nuestra Carta Magna conscientes de no cumplir lo que están leyendo, otros, no piensan en lo que leen porque, llegado el momento, se pliegan con demasiada facilidad a lo que ordena el jerarca. Mal empezamos ya si, hasta la fórmula empleada, es simple papel mojado.

Para compatibilizar minoría parlamentaria con estabilidad en el gobierno, piensa que es suficiente encomendarse al apoyo de formaciones con doctrinas paralelas. En nuestras Cortes, esta solución resulta muy difícil. Si Sánchez quisiera respetar la Constitución, nunca debería recibir apoyos de las formaciones situadas a su izquierda, porque no admiten la Constitución y se declaran partidarias de acabar con este régimen. Entre las que se encuentran a su derecha, puede optar por las declaradas abiertamente separatistas o por las llamadas constitucionalistas. Pues, efectivamente, nuestro presidente se decantó por las dos alternativas más deplorables, y así nos luce el pelo.

Mientras tanto, hay que seguir haciendo política, algo que para Sánchez equivale a perder tiempo echando balones fuera. Las encuestas presagian malos tiempos para el “sanchismo”, pero hay que aguantar hasta 2023. Puestos a rematar la faena, Sánchez siempre contará con los que le mantienen en el cargo, al menos hasta que cada uno de ellos cobre su factura. Después, si te he visto, no me acuerdo.

Ahora mismo, la pregunta que se hace toda España es: ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Sánchez? Sabemos que su investidura fue posible porque accedió a TODAS las exigencias que le plantearon, tanto su socio de gobierno, UP, como aquellos cuyo apoyo sería imprescindible para sacar adelante cualquier proposición, léase PNV, HB Bildu, ERC. JXCAT, CUP, MP, entre otros. Como, a pesar de los rumores, el PSOE nunca quiso afirmar ni negar las vergonzosas concesiones que se adivinaban, el tiempo se ha encargado de ir confirmando, uno a uno, los peores presagios. Todos los posteriores desmentidos, las disculpas de mal demócrata o las embestidas a quien osaba afear tanta ignominia, van quedándole con las vergüenzas al aire. El primer culpable de este desastre se ve que no tiene vergüenza porque, no sólo no se da por aludido, sino que, como algunos de los que le mantienen en pie, está dispuesto a repetir más disparates.

El penúltimo desatino que tiene Sánchez en cartera es el indulto de los condenados por el golpe de Estado del 1-O y la modificación del Código Penal para atenuar el delito de sedición. Conociendo su proceder, nadie dudaba que amnistía e indulto serían el primer condicionante exigido desde las filas catalanas. Siempre quedaba la posibilidad de suponer que Sánchez marearía la perdiz, antes de tomar una decisión en firme. La más que probable erosión que sufrirán él y su partido, unida a la inmediatez de algunas de sus consultas internas, aconsejarían demorar esas medidas de gracia. Está claro que alguien le ha cantado las cuarenta y obligado a torear ese victorino.

Como marcan las señas de identidad de la casa, Sánchez llevará al Consejo de Ministros, y por supuesto aprobará, el indulto de esos privilegiados huéspedes de Lledoners, aunque deba pasar por encima de los obstáculos que puedan aparecer en su hoja de ruta. El primero, el informe previo que acaba de emitir el Supremo y que, después de leído, serviría para que cualquier demócrata entonara el mea culpa y diera marcha atrás. No se le puede decir más claro. No admite ni un pero, ni para muchos socialistas. Es cierto que ese informe no es vinculante para el gobierno, pero sí lo es para la mitad de habitantes de Cataluña, para el 90 % de los españoles y para el Rey, que debe refrendarlo con su firma.

Ante la conmoción que ha levantado la noticia, ya han aparecido comentarios en boca de algunos ministros, y del mismo Sánchez en Bruselas y en el Congreso, tratando de calmar las aguas a base de consignas salidas de La Moncloa. Algunas de ellas, si no fueran denigrantes, podían provocar sonrisas. Así, lo que dan es asco.

Hablar de venganza y revancha quien fulminó a Leguina y Redondo por disentir de los métodos empleados por su gobierno – como lo han hecho no pocos socialistas, eméritos o en activo -, o destituir a un mando de la Guardia Civil por negarse a incumplir la ley, es el colmo del cinismo. Invocar la convivencia de los españoles alguien que ha favorecido la ruptura de la sociedad catalana y está haciendo los posibles por lograrlo en el resto de España, suena a insolencia. La traca final, esas frases siempre rebuscadas que se apoyan en la redundancia o en la obviedad, no podía faltar: “En la Constitución hay un tiempo para el castigo y un tiempo para la concordia” ò “El Gobierno tomará su decisión en conciencia” Dentro del coro de palmeros, quedaba la guinda del sobresaliente de  espada, Redondo, que, con igual arrogancia que su mentor, salta a la plaza proclamando que para conceder un indulto es preciso tener un líder valiente como Sánchez, con quien está dispuesto a lanzarse por un barranco.

Vayamos por partes. Para conceder ese indulto, lo único que le ha faltado a Sánchez ha sido valentía. De haberla tenido, habría mantenido aquellas declaraciones de 2019, en las que afirmaba que los condenados por el 1-O debían cumplir sus condenas totalmente. No atreverse a llevar a cabo aquello de lo que se está convencido, tiene otro nombre, muy alejado de lo que llamamos valentía.

En cuanto a lo que al indulto se refiere, no me quedo con la gana de transcribir el siguiente párrafo del informe del Supremo:

        “El indulto, contrariamente a lo que sugieren algunas de las solicitudes que están el origen de este expediente, no puede presentarse como el último mecanismo para reparar la supuesta vulneración de derechos fundamentales. Frente a la claridad de esta idea, quienes piden del Gobierno el ejercicio del derecho de gracia hacen valer un argumentario que desenfoca la naturaleza del indulto como causa extintiva de la responsabilidad criminal. Lejos de subrayar las razones que justificarían la innecesariedad de la pena, optan por centrarse en una crítica jurídica a la sentencia dictada por esta Sala, llegando a cuestionar los presupuestos que hacen legítimo el ejercicio de la función jurisdiccional”

Lo verdaderamente cierto es que, durante la celebración de la vista oral y en las múltiples declaraciones posteriores, los condenados, no sólo han procurado dejar muy clara su ausencia de arrepentimiento, sino que proclaman a los cuatro vientos su intención de reincidir. También ha quedado muy claro que las razones que alega el Gobierno para conceder el indulto son las mismas que invocan los condenados para justificar su actuación.

Ya estamos viendo hasta dónde puede llegar Sánchez. Le importan, más bien nada, España, la Constitución, el Rey, el Poder Judicial, la oposición, su propio partido, la Unión Europea, y todo aquello que pueda significar su salida de La Moncloa. Si, a pesar de todo, persiste en su empeño, será el responsable de algo que, más que un indulto, constituye un insulto para la mayoría de españoles.