La ciudad de los arquitectos, Lorenzo González Iglesias

Hijo de encargado de obra, acabó la carrera de arquitecto en Madrid en 1933 y se instaló en Salamanca hasta su muerte en 1964

Plaza Mayor de Salamanca. Fotos de José Amador Martín

         Se ha prendado el fotógrafo Amador Martín de las fachadas de los edificios nuestros de cada día, allí donde Salamanca bulle de gentes y comercios “de toda la vida” ahora convertidos en exitosas franquicias que igualan a todas las ciudades. Y tiene su objetivo el gusto, tras el café reposado en los lugares que ama, de las figuras que adornan las paredes de piedra de Villamayor, esa joya con la que hacemos la filigrana del alma en la Salamanca nuestra de dorados fulgores. De ahí que se detenga, atento y pausado, ante las fachadas vecinas al Palacio de Figueroa, al Casino nuestro que guarda los ecos de una puesta de largo donde Carmina Martín Gaite arrastra el vestido, y la protagonista de Entre visillos, Natalia, cruza aburrida del baile de ferias, la plaza de la Libertad, entonces Onésimo Redondo.

         Y la memoria de su ojo se detiene en la construcción de quien fuera uno de los arquitectos que levantaron la Salamanca de los cincuenta, codo a codo con los escultores y los pintores de un tiempo de silencio. El abulense Lorenzo González Iglesias, aquel que en la calle de Vázquez Coronado levantó los arcos cuyas ménsulas adornó el genio de Núñez Solé.

         A González Iglesias, Sonia Núñez Izquierdo le ha dedicado un trabajo exhaustivo que nos recuerda la historia del abulense, hijo de encargado de obra, que acabó la carrera de arquitecto en Madrid en 1933 y que se instaló en Salamanca hasta su muerte en 1964. Hombre sencillo y humilde, conversador y cercano al que todos querían, era González Iglesias no solo un arquitecto que trabajó para las instituciones del momento y levantó múltiples edificios de carácter historicista y racionalista, sino que se preocupó por el aspecto general de la ciudad, por mantener sus tradiciones –era un enamorado de La Alberca y de la Sierra toda- escribiendo artículos para los periódicos de la época y numerosos libros. Hombre absolutamente ligado a Salamanca, identificado con ella, fue el artífice de la actual fisonomía de la Plaza Mayor, porque como arquitecto del Ayuntamiento diseñó el encargo de eliminar los parterres de la misma en 1954, enlosando de granito toda la superficie para que nada entorpeciera la visión del monumento y hubiera un nivel de pavimentación uniforme.

         Lienzo de piedra, mar de hojas de granito que aguantan nuestros pasos y el peso de nuestra vida, el pavimento del ágora de todos es la huella común de la ciudad entera, volcada en el vaso barroco de la plaza salmantina. Horizonte limpio marcado por las farolas y los bancos apenas esbozados, surgen de su sosegado oleaje de baldosas las columnas que sustentan los arcos churriguerescos. La plaza lo es porque nada entorpece el paso ni la perspectiva infinita de su belleza. Geometría trazada por el genio de un arquitecto nacido entre berrocales de granito, abulense de piedra salmantina.

         Es Amador Martín quien mejor ha retratado la plaza salmantina de la que salen las venas de la ciudad para seguir construyendo la monumentalidad de la ciudad letrada, y vuelve el fotógrafo a fijarse en las fachadas del paseo interrumpido. González Iglesias diseñó un edificio en la calle Concejo que pasó por litigios y retrasos hasta ver levantada su planta historicista, tan cercana a la Plaza Mayor, con sus galerías porticadas, sus medallones… ¿Medallones? No se sabe el autor de esta talla que representa a una mujer con pelo de gorgona, cuya boca está abierta en el mayor de los estertores de la que sale una serpiente, mientras que el hombre aparece cariacontecido ¿Es una alusión a Adán y Eva y al cercano Palacio de Figueroa? ¿Quién talla las figuras de factura poco cuidada en esta Salamanca donde los escultores trabajaban codo a codo con los arquitectos?


         Es sin embargo otra figura de esta casa de la Calle Concejo, frente a la que pasamos con prisa y sin pausa, la que suscitan la chanza popular y tiene una historia que recuerda el pleito del arquitecto abulense con Gil González, autor del edificio situado enfrente en esta calle delgada como un pasillo. González Iglesias criticaba el gusto excesivo a la hora de decorar los diseños del colega, y puede que fuera esta, a la manera de cantero medieval, la forma de reírse de sus excesos. Una historia que la figura, eternamente burlona, parece contarnos en las alturas, divertida con el trasiego de una ciudad cuyo desarrollo urbanístico tanto preocupaba a González Iglesias, dedicado también a preservar y describir la arquitectura de la casa albercana, la casa de la sierra que le tenía absolutamente subyugado.

         ¿Quiénes fueron los hombres que levantaron la ciudad que conocemos, el espacio que amamos, la calle que recorremos? Sus nombres permanecen ocultos en los estudios especializados, en la memoria de su familia, en las letras cinceladas en los edificios que se alzan donde habitan las gentes de una ciudad cuya memoria es piedra, suelo que pisamos mientras vivimos, que recorremos y fotografiamos mientras pasa el tiempo y la intemperie desgasta, desordena, borra los nombres de aquellos que nos precedieron.

                  Víctima de un cáncer, González Iglesias murió aún joven, los 57 años que llenó de planos, diseños, dibujos a mano alzada, medidas convertidas en vigas maestras y artículos en los que sustentaba sus teorías urbanísticas. Le cabía la ciudad toda, jardines, calles, casas, grandes edificios, plazas desnudas para disfrutar de la belleza eterna de la sólida composición que llena los vacíos sin ocultarlos. Suyo es el cielo que se refleja, charco de agua de plata, en el pavimento pulido por nuestros pasos de la Plaza Mayor. Quizás sea este proyecto la mejor obra de todas las suyas… mientras en la cercanía de las calles como capilares que salen de los grandes arcos, una figura se ríe de las vanidades de los hombres, de sus tontos pleitos, de su paso que no pesa, de su levedad de vida… y sin embargo, conjuramos el paso del tiempo con la fotografía de un artista dedicado, que fija el paso, que eterniza el día, que recuerda sus nombres y sobre todo, la obra construida en la memoria habitada de una ciudad infinita.

José Amador Martín, Charo Alonso.