Ciudad Rodrigo al día

 

‘Archivos vivientes’: Felisa Sánchez Roncero y Francisco Víctor (Ángel) Roncero Mateos (Robleda)

Vigésimo sexto capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero ‘Contra la desmemoria republicana, ‘archivos vivientes’’

Felisa Sánchez Roncero y Ángel (o Francisco Víctor) Roncero Mateos durante una docena aproximada de años compartieron vecindad intermitente y respeto amistoso con el cronista que se tradujeron en largas parrafadas a cualquier hora del día sobre todo entre tocayos. De modo informal en ellas se trataban asuntos diversos en torno a la vida y la cultura tradicional, el cancionero en particular o la modalidad lingüística vernácula. Cuando ya se habían reiniciado las pesquisas sobre la represión franquista en Robleda, la pareja matrimonial que ambos formaban se prestó a contarle lo que quisieran de sus vidas incluidos temas espinosos. El día 2 de enero del año 2004 se presentaron endomingados en su hogar adonde podían entrar sin llamar por el corral. Con la venia previa, se grabó la conversación en la que, superado el corte inicial que el procedimiento conlleva, participaron con espontaneidad, cada uno a su manera. Felisa, más lacónica y discreta, dejando la iniciativa a Ángel, más hablador y algo zumbón. Lo que podían contar sobre la memoria histórica local era relativamente conocido y bastante limitado. Sus familias respectivas no habían tenido protagonismo macabro como agentes o pacientes en 1936, pero la información que aportaron sobre la historia vivida interesa para el conocimiento del contexto durante el primer franquismo en la zona.

Ángel y Felisa pertenecían al mismo grupo de parentesco, como se aprecia por sus apellidos. Ambos eran nietos de Leonardo Roncero Sánchez y Amalia García Sánchez e incluso quizá tuvieran otros ascendientes comunes, pues todos sus familiares cercanos eran naturales y vecinos de Robleda, donde se practicaba la endogamia habitual en el ámbito rural, mayormente entre familias de labradores ricos, sin llegar a ser grandes latifundistas, como era su caso, y se manifiesta por la circunstancia de no haber tenido que emprender grandes travesías migratorias sus miembros, aparte de aquellos que, por razones específicas, se alejaron del modelo familiar. Los dos nacieron en la Calle Larga y convivieron cerca de la misma, en la de las Eras. Ella vino al mundo un poco antes, el 23 de julio de 1923. Era hija legítima de Vicente Sánchez Gutiérrez y de Margarita Roncero García, nieta por línea paterna de Juan Sánchez García y de Juliana Gutiérrez Sánchez.

Él oficialmente fue registrado con el nombre de Francisco Víctor, por el que era reconocido en el servicio militar donde le propusieron, sin éxito, la renuncia al nombre oficioso (Ángel) por el que antes y después fue conocido. Nació el 15 de junio de 1930. Era hijo legítimo de Faustino Roncero García y de Tiburcia Mateos Gómez. En la memoria filial destaca la imagen, sin duda mimética, de Faustino: hombre trabajador y de buen humor que en los ratos libres se dejaba llevar por la inspiración poética. Su afición taurina le acarrearía el apodo de “Capeas” en el pueblo donde le atribuyeron una de las primeras coplillas de “La Joya los Caballos”, emblemática canción local alusiva a “la burra de tio Melenas”, que, según las versiones, allí se cayó con la carga o se “ajogó” en los aledaños del “Molino de la Barca” (hoy anegado en la llamada “Presa de Irueña”). Es posible que le ayudara el “abuelo Lonardo”, o algún homónimo conocido por Lonardu “Picardías”, a quien se asignan añadidos de aquella sarta en la que metieron mano muchos vecinos de varias generaciones. La predilección de Francisco Víctor por su segundo nombre quizá se debiera al abuelo materno, Ángel Mateos García, esposo de Teodora Gómez Roldán, robledanos de pura cepa como los otros abuelos. Acerca de estos temas genealógicos y socioeconómicos el mismo interesado contaba que había sido adoptado por un matrimonio sin hijos del que era sobrino y al que debía heredar, pero la lotería solo duró hasta que un vecino muy conocido remedió las dificultades de la pareja y él se quedó sin herencia.

Ambos cónyuges tuvieron fratrías extensas. Felisa con la suya (compuesta por Juan, ella misma, Hilario, Generoso, José y Juliana), que no se movió del pueblo más que para cumplir el servicio militar los varones, llevaría una vida relativamente anodina hasta su matrimonio, aunque en el contexto de la guerra y apenas salida de la escuela vivió una experiencia que no lo era, y evocó en la entrevista de 2004 a instancia de su marido. En síntesis, Felisa Sánchez confirmó lo que en 1973 había contado Mª Antonia Ovejero sobre el mal trago del que, ya viuda y con tres hijos huérfanos de padre, la libró “aquella moza después casá con Ángel de tio Faustinu”. En fecha indeterminada del verano u otoño de 1936 salieron y volvieron juntas al paraje de la Calderera, un tramo del Río Chico (Olleros) por bajo de “la Puente del Granaero” donde pasaron el día lavando ropa, con los  niños entretenidos por los barrancos. Estando allí vieron humo por la parte de Valdelpino, a un kilómetro o poco más, donde la familia de Serafín Ovejero tenía unos huertecillos y la majada de las cabras, ya vendidas y comidas (por los “Regulares” del ejército africanista atendidos en el improvisado “hospital de sangre” de Fuenteguinaldo). Mª Antonia pasó el día con la zozobra de que se quemara la poca hacienda que les quedaba, persuadida de que alguno de los inmisericordes linderos que probablemente habían contribuido a que enviudara antes de tiempo había puesto fuego al chozo y la majada, aprovechando la ausencia de Serafín, que estaba en la dehesa de Sajeras (Fuenteguinaldo) donde servía como vaquero su hijo Jesús, único varón de los cuatro que tenía salvado del odio cainita. La sospecha no tardaría en confirmarse. Pero aquel día por la tarde, de vuelta al pueblo se encontraron por el camino a algunos falangistas y guardas del ayuntamiento que rodearon y escoltaron al grupito de Mª Antonia y sus niños, como si fueran peligrosos delincuentes. Tuvieron que ir al cuartel donde se enteraron de que los acusaban de ser los incendiarios, para perjudicar a dichos linderos. La madre, rodeada de sus hijitos y suelta de lengua, plantó cara a las preguntas de los guardias, menos insensibles que los victimarios locales, pero lo que los convenció fue el testimonio rotundo de Felisa afirmando que habían pasado el día juntas en el río.

La infancia y juventud de Ángel fue más movida que la de su esposa, y él la contaba con detalle pero sin circunloquios. Tenía varios hermanos y hermanas habidos en dos matrimonios de la madre, sucesivamente con Carlos y Faustino Roncero: Lucía (1908), Carlos, Estefanía, Tiburcia (1922), Catalina (1926), Tomasa o Elvira (1927) y Agapito (1932). Él era de los más pequeños de la fratría, y los avatares desgraciados de algunos de ellos incidieron en su vida e indirectamente en la de Felisa. Solamente tenía 6 años cuando sucedieron aquellos horribles hechos de 1936. Sin embargo su ingenio despierto le permitía recordar el refranillo que canturreaba Julio Calzada sobre la famosa entrada de ladrones en la iglesia en la primavera de 1936 (“el abujero estaba por drento”) y algo de lo que entreviera y se comentara sobre el “tumulto de la plaza” por la llamada de los quintos para el ejército franquista en agosto de aquel año. En ella se vería envuelto Francisco Pascual Ovejero (Quico “Moro”), que fue uno de los amotinados y estuvo a punto de ser embarcado en uno de los viajes sin vuelta a Boadilla que afectaron a siete robledanos (13 de agosto de 1936). Era el marido de su hermana Lucía y, después del fallecimiento de esta por “inmersión en un pozo” (8 de enero de 1952), fue de los que emigraron a Brasil en compañía de sus tres hijos (Carlos, Agapito y Fernando).

Misteriosamente este asunto coleaba todavía a principio de este siglo. El más joven de estos emigrantes, cuya orfandad sembraba de fantasmas los sueños del futuro cronista, solía aparecer 50 años después por el pueblo en verano, hecho un hombre de respetable estatura, vestido de señor y con una gran carrera profesional a cuestas. Contaba que, al contrario de su padre, acérrimo antifranquista, él había vuelto a España para cumplir el servicio militar. Pero más que el horror de la anarquía brasileña (“costaba cuatro perras deshacerse de un hombre y siempre había alguien dispuesto a hacerlo por  la mitad”), le movía la nostalgia de su país de origen. Quería conocer el sitio exacto donde reposaban los restos de su madre. Y al hermano de esta se le caía el alma a los pies con la inevitable respuesta (“no se sabe, hijo”), porque Lucía había sido enterrada en la parte civil del cementerio, y esta peculiar faceta del lugar de memoria no se ha respetado. La última vez que Fernando volvió a Robleda lo hizo de cuerpo presente. Sus familiares explicaron que estaba enfermo de antes, y por deducción quedaba claro que sus visitas veraniegas obedecían al deseo de reposar para siempre en la tierra de sus mayores.


La emigración de Ángel Roncero, medida en kilómetros, ha sido de las más modestas emprendidas por los intrépidos robledanos. Prácticamente consistió en cruzar el “Vao las Mayas” para instalarse con la familia de tio Faustino como renteros en la dehesa de Posadillas, propiedad de Carlos Bernaldo de Quirós, que se dejaba llamar “Marqués” (el título pertenecía a su hermano mayor). Fue uno de los grandes terratenientes que se beneficiaron de inmediato con el triunfo del “Movimiento”, pues este latifundio entregado para su explotación agrícola y ganadera a 28 colonos de El Sahugo en mayo de 1936 le fue devuelto unos meses  más tarde, barbechado y dispuesto para la siembra. Para esta labor llegaron arrendatarios al parecer de Lumbrales (¿”los Borregos”?) y probablemente otros lugareños del entorno llegarían a continuación. No consta la fecha exacta en que los robledanos se hicieran cargo del “cuarto” correspondiente. Ángel quizá ya habría salido de la edad escolar o estaría en ella, en cuyo caso formaría parte de la quincena de niños y niñas atendidos por un maestro que se desplazaba a la finca.

La aventura en Posadillas de Faustino Roncero y los suyos, incluidos criados (José “Porras”, la Manuela de tia Antonia “Juanina”, etc.) se terminó a causa de un lamentable suceso de motivación pasional en que estuvo implicada una moza del clan, sin muerte de por medio, aunque el caso hizo mucho ruido. Ella debió de emigrar a Francia donde se casó con un vecino de El Sahugo en Mont-de-Marsan (Landas). El “Marqués” no se mostró muy generoso con los demás. Ángel fue de los más afectados por aquel acontecimiento que lo sorprendió cuando debía cumplir el servicio militar. Él era un buen mozo, desenvuelto y trabajador; le gustaba montar a caballo y participar en las fiestas locales, sobre todo los carnavales y sanjuanes de Robleda donde, cuentan, alardeaba de buen jinete. Tendría proyectos que con aquella desventura se vinieron abajo, al tener que regresar al pueblo. En general fue solo el comienzo de una serie de desgracias que se cebaron con unos y otros allegados, alcanzando de lleno al cabeza de familia, tio Faustino, que, después del luctuoso suceso de su entenada y sobrina (1952), falleció al cabo de unos años junto con un nieto y otros robledanos en un accidente de circulación por bajo de las “cuestas de Bodón”.

Una amplia bocana se abrió para Ángel y Felisa cuando se unieron en matrimonio a mediados de los años cincuenta (13 de noviembre de 1954), aunque también en este apartado pagaron su tributo a la desgracia. Tuvieron una prole relativamente numerosa: Mari Carmen (1955), Juan José (1957), Ángela (1959), Carlos (1961) y Elvira (1964); pero tres de estos niños no superaron la prueba del primer año de vida. Por suerte, Mari Carmen y Carlos les dieron nietos de quienes ellos estaban orgullosos. Los veían crecer y celebraban sus ritos de paso (bautizos, comuniones, quintas), así como sus éxitos escolares y profesionales, sin que esto les quitara otra espina clavada, como fue la de ver la viudez temprana de la hija por accidente laboral de su marido (1998). Ciertamente la vida de Ángel y su mujer no fue siempre un camino de rosas. Sin embargo nadie lo podría adivinar porque se abandonaran a inútiles lamentaciones.

La salud de Felisa se resintió antes, y él, a pesar de las averías crónicas que soportaba en una pierna y le hacían vivir las curas como una delicia suprema (“¡Hoy me van a curar!”, era su saludo preferido a los vecinos, llegada la ocasión), la cuidó con mimo y una dedicación casi excluyente de cualquier otra actividad hasta que murió (30 de agosto de 2011). Fiel a su propensión a la ironía, al recibir el pésame del amigo y vecino, susurró una aparente manifestación de alivio egoísta y queja sobre su compañera de viaje (“ya dejó de darme castigo”), sabiendo que nadie podría tomar en serio aquel desahogo que era un canto a la solidaridad recíproca. De hecho, abusando un poco de su nombre, se diría que, a partir de entonces, se quedó desangelado. Falleció dos años después en el Hospital de Salamanca (30 de enero de 2013).

Como se insinuó a principio, Ángel y Felisa pertenecían a esa clase de personas que, por ser dueños de tierras suficientes y ganados para no depender de los demás, por definición en los pueblos eran considerados “de derechas’. Ellos no lo negaban ni proclamaban, y tenían el mérito de no ser hipócritas ni sucumbir al cinismo o al servilismo asociado con las pensiones por parte de algunos antiguos “ricos” (“si no fuera por las pensiones nos moríamos de hambre”). Esto horripilaba a Ángel, quien reclamaba con orgullo su relativa autosuficiencia económica y la defendía a su manera, sin que se haya valido la pena averiguar si ejercía un liderazgo oculto con motivo de las elecciones. En todo caso, no tenía modales de un caciquismo clasista. Era un hombre diligente y emprendedor, habilidoso y generoso, que acogía en su casa a los antiguos criados (como Emilio “Rebulle”) y ayudaba a los vecinos sin esperar a ser llamado en caso de necesidad (arreglar el tejado, descargar vigas o piedra), además de ejercer gratuitamente como asesor agrícola.

Esta presumible ideología conservadora no impidió al matrimonio aportar su granito de arena como “archivos vivientes” para la reconstrucción de la memoria histórica. No denigraban sistemáticamente a las autoridades republicanas, cuyos hogares llegaron a frecuentar de muy niños. No se sentían obligados a participar en homenajes explícitos a las víctimas del franquismo, ni tenían por qué. Ambos eran excelentes informantes sobre la cultura oral, antes evocada. Ángel especialmente era una fuente inagotable de chascarrillos, canciones y refranillos, uno de los cuales repetía a modo de exorcismo de la mostrenca información o desinformación que llega por los canales mediáticos:

Allá arriba no sé donde

Había no sé qué santo,

Por rezarle no sé qué

Te daban yo no sé cuánto.

La verdad es que, desde hace unos años, en el primer plano del horizonte en que La Bolla alumbra el sol se echa de menos la sutil humareda en la chimenea de Ángel y Felisa…

Referencias:

Iglesias Ovejero, Ángel (2008c), “Memorias del terror: Transcripción literal de testimonios de Robleda (R 1973, R 1976) y El Payo (EP 1973)”. En: Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., 10, 473-549.

– (2016): La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948). Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses.