Medicina y sanidad en esa España 2050

Entre la col de la marcha verde contra Ceuta y la col de la marcha amarilla contra la Constitución, que se premia con indultos para quien no oculta su intención de reincidir en el delito, tan indigestas ambas coles, la factoría de ficción del Palacio de la Moncloa puso el otro día sobre la mesa una lechuga con título grandilocuente: “España 2050. Fundamentos y propuestas para una Estrategia Nacional de Largo Plazo”. No, en sus 676 páginas no se hace ninguna prospección acerca de Cataluña ni de Marruecos, buena gana de adentrarse en esos jardines tan relevantes para la España de 2021, que ya en 1921 eran frondosos. Las palabras que han reclamado mi atención son otras: medicina, médico, sanidad, sanitario.

Entre col y col, lechuga, y entre los fundamentos y las propuestas de la estrategia, que el diseñador gráfico prefirió ubicar en un 02050 más propio del premio de la lotería, la sanidad ya aparece en el primer párrafo de un prólogo firmado por el presidente Sánchez. Imagino que esta vez sí lo habrá escrito él. En todo caso, luego hay que esperar al llamado “5º desafío: preparar nuestro estado de bienestar para una sociedad más longeva”, donde después de cantar las grandezas del Sistema Nacional de Salud (el corazón de esta lechuga está en el autobombo gubernamental), se recuerda uno de los objetivos de la estrategia, el 29: “Elevar progresivamente el gasto público en sanidad, hasta niveles del 7% del PIB en la próxima década, para responder a las futuras necesidades y demandas de servicios sanitarios de una sociedad longeva”. Después, las palabras bonitas: que la salud sea un eje de las políticas públicas, que envejezcamos saludablemente, que se gobierne bien la sanidad, que estemos atentos a nuevas enfermedades transmisibles (¡como para obviarlo!), que se apueste por el seguimiento de las enfermedades crónicas, que se potencien los cuidados de larga duración… Nada muy nuevo. Nada muy diferente a lo que ya aparece desde hace años en dadivosos programas electorales y en planes de salud firmados por rutilantes comisiones de muchos miembros.

Más enjundia tienen las menciones a la medicina y a los médicos, aunque sean muchísimo más escasas. De medicina se habla cinco veces: una genérica para decir que será un ámbito de crecimiento como la farmacia o la biotecnología, otra para afirmar que “la generalización de innovaciones farmacéuticas y biotecnológicas revolucionarias”, y ponen varios ejemplos, permitirá “el desarrollo de una medicina mucho más personalizada, predictiva y efectiva”, y las tres siguientes ya no se usa el término medicina sino “telemedicina”. La tercera de ellas dice así: “La telemedicina permitirá atender a miles de pacientes cada día en el medio rural”. Es curioso comprobar cómo una misma frase sirve para que un presidente del Gobierno se vista de estratega de largo plazo en Madrid y para hacer oposición en Castilla y León. Un ejemplo, uno más, de esa incoherencia endémica en la política española.

Acorde con la línea argumental del documento, no podía faltar la eutanasia: “La tecnología también permitirá predecir el tiempo de supervivencia con más precisión y, con ello, las consecuencias de las enfermedades sobre los últimos momentos de la vida. El concepto de “calidad de la muerte” complementará al de calidad de vida. Se producirá un importante desarrollo de los servicios de cuidados paliativos y evolucionarán las posiciones sociales en cuestiones éticas relacionadas con el derecho a una muerte digna. En este sentido, cabe destacar la reciente aprobación de la ley de regulación de la eutanasia en nuestro país, convirtiendo a España en el sexto país del mundo en legalizar la muerte digna”. ¿Evolucionarán… hacia dónde? ¿Hacia descubrir que es un salto al abismo resquebrajar la deontología profesional de los médicos y lograr la derogación de esa ley que pone en peligro a los más débiles? ¡Ojalá!

Por último, la única consideración que se hace en las 676 páginas sobre la profesión médica es la siguiente: “Los cambios en nuestro estilo de vida, la soledad no deseada o la mayor frustración que sentimos ante problemas cotidianos pueden explicar parte de este incremento (se refiere a consumo de antidepresivos y ansiolíticos), aunque también influye mucho el modo en que se tratan las dificultades mentales en nuestro país. En la mayoría de los casos, se opta por la prescripción de fármacos, recetados por médicos de familia en atención primaria y no por profesionales expertos en salud mental, en lugar de aplicarse otros métodos como la psicoterapia o técnicas de psicología positiva. El consumo excesivo de estos fármacos y los potenciales efectos secundarios que provocan cuando no son correctamente administrados constituyen un foco de riesgo para la salud y el bienestar futuro de nuestra ciudadanía que debe ser corregido”. ¡Claro, culpemos a los médicos de familia! ¡Gracias! Estamos ya muy acostumbrados. Nuestros diez años de formación, insignificantes. Nuestra visión integral del paciente en su medio, un modelo a extinguir. ¿Seguro que no fuimos nosotros los que corneamos a Manolete en Linares? Deberían investigarlo. Quizá para 2050 hayan llegado a conclusiones y, con suerte, ya nadie recordará este documento tan lechuguino como el autor de su prólogo.