Araúzo

 

Más al norte, más allá de Sotrobal, escondido entre un monte de encinas, había otra aldea, Araúzo. Una aldea creada durante el siglo XIV, dentro del cuarto de Ríoalmar, junto con La Cida, La Granja, La Lurda y La Serna. Se resiste a pertenecer a la tierra de Alba y se suscita la disputa a principios del siglo XV, puesto que Alba no quiere perderla. Hacia 1428, el caballero salmantino, Fernán Rodríguez de Sevilla, poseía dicho lugar, pero con la oposición, nada pacífica, de los habitantes de Alba. En noviembre de 1431, un pleito entre el concejo de Alba y el caballero, que lo ocupaba, Fernán Rodríguez de Sevilla, intentaba solventar el problema. El pleito se prolongó largo tiempo, pero el resultado fue que Araúzo no volvió a la jurisdicción de Alba.

Araúzo, a principios del siglo XVII, tenía cinco vecinos. Era un lugar propiedad de don Juan de Guzmán. Tenía una buena iglesia, bien tratada, con retablo y sagrario. Tenía un relicario con muchas reliquias muy respetable. El visitador obispal no encontró libro de cuentas ni razón de ellas, pues hacía muchos años que este lugar ha estado rural y sin vecinos. Su Señor, don Juan, por su devoción, y una señora, hermana suya, han tenido muy buen cuidado de reparar la iglesia y proporcionar aceite para la lámpara. La iglesia tenía unas tierras, pero no hubo quien diera razón de ellas. El señor don Juan dice que el lugar está arrendado todo redondo y que, allí, entran las tierras de la iglesia.

En 1752, pasa a propiedad de doña Mª Manuela de Moztezuma, Marquesa de Almanza, vecina de Salamanca, quien percibe el fruto de su arrendamiento y el portazgo que cobraba a todos los arrieros, trajinantes y comerciantes, que transitaban por dicha villa despoblada y por su término; el portazgo se reducía al pago de cuatro maravedís por cada caballería mayor o menor, que pasaba con carga.

Araúzo tenía una extensión de 5.247 huebras. Se distribuían así: 660 huebras para trigo; 1.040, para centeno; 2.191, para monte y el resto, para pasto. Tenía un molino harinero arruinado, con cuatro piedras, y dos casas: una para el montaraz y otra, para el aparador de labranza, con dos pajares, una cochera, caballeriza y palomar. Francisco de la Peña, vecino de Peñaranda, tenía arrendado su término por 12.300 reales. Este mismo era arrendatario de la finca de San Mamés. Trabajaban en él veinte personas entre labradores, guardas del ganado y dos mujeres que gobernaban la casa. Don Cristóbal de Espinosa, Vizconde de Garci-Grande, poseía una tierra de dos huebras, rayana con Alconada.

El Diccionario de Pascual Madoz (1845-50) dice que aún se conservan las ruinas de la pequeña iglesia; en este período, la finca era cultivada, en su mayor parte, por los vecinos de Ventosa; los pastos eran riquísimos y alimentaron, por muchos años, los celebrados toros de la ganadería del Sr. Gaviria; el río, después de fertilizar unas cien huebras de pasto y dar impulso a un molino harinero, se introducía en el Tormes, y el monte se ha recuperado ya de las considerables pérdidas, que sufrió durante la guerra de la Independencia; la carretera Salamanca - Madrid, usada sólo en el buen tiempo por carruajes, le deja a dos tiros de bala al sur; en la relación de productos destaca la caza menor, especialmente, conejos.

A lo largo de la historia, fue pasando su propiedad por distintos señores, entre los que se encontraban don Higinio Severino y su yerno el torero, Paquito Muñoz, el macoterano Antonio Cuesta Minuto y, en la actualidad, buena parte de su término es propiedad de un macoterano, José Manuel Prudencio Martín.