Crisis migratoria 

Hace unos días tuve la oportunidad de formar parte de un Sínodo Doctoral (tribunal) en el que la doctoranda presentaba su tesis para obtener el Grado de Doctora en Comunicación y Pensamiento Estratégico, con una investigación sobre migración y el libro álbum. Un excelente trabajo que el jurado premió con la máxima calificación, por el profundo análisis hecho del caso Mexique y Migrar.

Casos que hacen alusión a las principales causas de las migraciones: conflictos bélicos, violencia extrema o inestabilidad política; desarrollo económico, búsqueda de empleo o de mejores condiciones de vida.

Mexique es un referente sobre los 20.000 exiliados españoles de la Guerra Civil a México. Un grupo de 456 menores de edad, hijos de republicanos españoles, que el 27 de mayo de 1937 embarcaron en Burdeos (Francia) en el vapor de bandera francesa llamado Mexique, de ahí el nombre de la operación, con destino a México. Si dramático y lamentable es este caso, no lo es menos el de los campos de refugiados palestinos en Jordania, que dejaron impactado a quien escribe estas líneas cuando los tuvo ante sus ojos. 

Migrar, una publicación que trata la emigración en la frontera sur de Estados Unidos, donde existe una importante brecha social que intentan separarla por un muro físico. Una profunda falla social como la que existe en la también frontera sur de Europa, ubicada en territorio español. Sobre una y la otra se da una fuerte presión de quienes vienen del sur de América o de África, respectivamente.  

La migración es un asunto esencial de la vida, que mueve a los humanos de un lugar a otro, de un país o región a otra, con las expectativas de un mejor vivir, mayor seguridad y ser una persona más considerada. Es un fenómeno transversal, la migración, que vincula aspectos políticos, económicos, sociales y de comunicación.

Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) en 2019 se estimaba que el 3,5% de la población mundial estaba en un país diferente al que había nacido, lo que representa una población de unos 272 millones de personas o migrantes internacionales, superando la proyección prevista para el 2050 que era de 230 millones, el 2,6% de la población mundial.

La dignidad que asiste a la inmensa mayoría de los migrantes, les falta a aquellos políticos que usan el fenómeno como arma política y arrojadiza para sus propios intereses personales, de partido o de país. Ya sea utilizando a las personas como escudos humanos, lanzando a sus súbditos a las gélidas aguas del mar, con alto riesgo de muerte, u olvidándose de su responsabilidad como político en las cuestiones de Estado, del interés común y de la obligación de proteger a las personas.

Es miserable pretender sacar rédito político de las tragedias humanas como la pandemia por coronavirus, o promover un conflicto de vecindad, utilizando deliberadamente a las personas, poniendo en riesgo su vida. Quienes utilizan la pobreza y la vulneración de los derechos humanos como objeto de presión política, ponen de manifiesto su cata moral y les invalida como representantes dignos de los ciudadanos.

La crisis migratoria entre Europa y África, ente España y Marruecos, tomando como escenario la playa del Tarajal en la frontera de Ceuta, ha puesto de manifiesto la dificultad de una política diplomática de buena vecindad, así como la forma de gestionar la repentina llegada de miles de personas, entre ellas cientos de menores, violentando los cauces establecidos y las fronteras. La falla o brecha social existente en la frontera sur de Europa con África es lo suficientemente delicada, como para que no se estimule con sobresalto puntuales, para resolver otros asuntos ajenos a la migración en sí.

España ha estado a la altura de donde tenía que estar y ha hecho lo que tenía que hacer: responder con serenidad a la provocación y al asalto de sus fronteras, atendiendo de forma humanitaria a los miles de personas llegadas, dando protección a los menores y coordinando con Europa la oportuna respuesta diplomática. 

Quien escribe, ha vivido en primera persona tanto la migración internacional como la interior, como otros miles, millones de personas. Quizás por eso, pienso que, de alguna manera, todos hemos sido alguna vez emigrantes, o lo seremos.

“Cuando salí de mi tierra volví la cara llorando, porque lo que más quería, atrás lo iba dejando”. Mejor escuchémoslo en la voz de los Valderrama, padre e hijo: El emigrante

                                                                                                          Aguadero@acta.es