El puente romano, testigo de piedra

Hoy destinado a nuestros pasos y paseos, por él pasan los siglos y el agua con continuidad de verso

         Torito de la puente/déjame pasar/que tengo mis amores/en el Arrabal. El Tormes, río que nos lleva, se remansa en Salamanca, espejo de altas torres del soto unamuniano, para que solace Amador Martín con sus luces y sombras. Entre el puente de hierro que se construyera, arabesco modernista, para no cambiar la fisonommía del romano, denso y sólido en su serenidad de siglos, la ciudad se asoma de puntillas al agua quieta que refleja la hermosa, bellísima panorámica de una ciudad coqueta, ornada con la joya modernista, diamante de cristal de La Casa Lis. Peinetas del río, nuestros puentes dejan pasar el agua y la vida a través de sus ojos, testigos de la historia. Y bien lo decía Pedro Antonio de Alarcón: El Tormes sabe tanto del mundo como el Tíber.

         Salamanca, Roma la chica, lo es no por su sabiduría, que también, sino por esas colinas que suben y bajan una ciudad cuya mejor cara se mira en el río, altiva y coronada de torres y pájaros que aureolan su silueta recortada. Y sabiduría de la calle era la que aprendió nuestro Lázaro, nacido en el río del que lleva el sobrenombre, al que su madre con un escueto Válete por ti, le hizo servir con el ciego. El puente romano fue su primera escuela cuando el amo le golpeó la cabeza contra el verraco de piedra, haciéndole pensar que más le convenía espabilarse porque solo soy.

         -Aprende, necio, que mozo de ciego un punto ha de saber más que el diablo.

         Y es el diablo, con su cueva de Salamanca, el que tienta la carne que se contiene en Cuaresma hasta que llegan las barcas festivas de las meretrices presididas por el Padre Putas en el Lunes de Aguas, trayecto feliz que no usa el puente adornado por el verraco de piedra de origen vetón. Movido de un lado a otro, recuerda los pueblos anteriores a los romanos que construyeron el puente en su recorrido por la Ruta de la Plata. Ingenieron audaces, de ellos quedan quince arcos con sus sillares y sus marcas de trabajo que se unieron al resto del puente reconstruido. Ambas partes llegaron a juntarse en un castillete, hoy derruido, finalizando con la entrada ceremonial que guarda el escudo de Felipe IV.

         Hoy destinado a nuestros pasos y paseos, por el puente viejo pasan los siglos y el agua con continuidad de verso, y a lo largo de sus ojos reposan los poetas de la Escuela neoclásica de Salamanca, aquellos afrancesados a los que castigó la francesada como a la ciudad a la que destrozaron parte de su perfil majestuoso. Puente construido con granito de Los Santos en tiempos de Augusto y Vespasiano, que no por Hércules ni en tiempos del emperador Trajano, fue reconstruido con piedra de Ledesma aunque todos recorremos el puente sintiéndolo uno, disfrutando de esa postal de murallas, casas y catedrales, mosaico de luz, teselas de una historia fijada en la retina del fotógrafo enamorado, no solo de la niebla que envuelve los pilares sólidos, sino de los acariciadores vacíos de la obra de Agustín Casillas con la que se inicia el puente. La estatua, que nos recuerda el hambre de los personajes literarios a la manera de Giacommetti, se detiene en los rostros, en la bolsa del cielo, el zurrón de Lázaro, la mano que se posa en el muchacho aún inocente, esperanzado por la aventura del camino y la posibilidad de un futuro promisorio, menor abandonado a su suerte en la playa del Tarajal. Esta pieza que consagró al escultor salmantino, se inauguró en 1974 e inció las obras literarias que conjugaron de su mano maestra las páginas de la ciudad en sus calles y plazas. La Salamanca preñada de citas como aquella que le dedicara Unamuno al Tormes, paseante del puente eterno de aguas y gentes: Pasas solemne por por el puente viejo de los romanos, el río que nos lleva en este discurrir eterno de la ciudad que habita el fotógrafo con su sensibilidad atenta a las estaciones, a la luz que ilumina el puente y la sombra que opaca el paisaje cotidiano, el lugar ameno de los poetas horacianos y de las celestinas de las tenerías.


         Todo lo refleja el río, criatura viva que se encrespa en la crecida, como aquella "de los Difuntos" que todo lo anega. En él se miran las lavanderas, los pescadores, las aves, los molineros, los dueños de las tenerías que se hicieron ricos como Don Miguel de Lis, quien construyó su casa mirador sobre el río, el río de las fábricas de la luz, de las harinas, el río del puente por el que pasan hombres, ejércitos, carros, bestias y coches, empecinado en unir ambas orillas mientras las aguas nos dejan el recuerdo de lo eterno. Agua que duerme, que cae jubilosa por la pesquera, agua que acuna las barcas donde una joven Carmen Martín Gaite se siente libre hendiendo en el río el remo de su empeño mientras el rector bilbaíno atraviesa el puente viejo de los romanos.

         Eme interminable de la Salamanca de iglesia mozárabe, vetones inquietos, romanos y franceses invasores, vuelos de guerra que espantan a las aves, es el puente nuestro primer monumento, nuestro más sólido anclaje en la tierra que habitamos. Sus sillares, acariciados por el tiempo, redondeados por el agua y la intemperie, nos acompañan, memoria de orillas de mercado de bestias en el Arrabal del Puente, paseos de enamorados, carreras de San Silvestre, caminos del corazon que recorremos con la suela de la memoria. De ahí que sean tan familiares y nuestras las imágenes con las que Amador Martín recorre el puente nuestro, puente que nos devuelve a una ciudad que se mira en el agua del río, altiva y hermosa, literaria y eterna, única y esplendorosa.

Amador Martín, Charo Alonso.