Al aire del Espíritu

En primavera está la Pascua, por la que he sido salvado; en verano Pentecostés, en que celebramos la gloria de la resurrección a imagen de la eternidad

SAN AMBROSIO

 

La primera necesidad de la Iglesia es vivir siempre en Pentecostés

PABLO VI

La fiesta de Pentecostés o epifanía del Espíritu Santo, junto con la Pascua y la Navidad, son las tres celebraciones más importantes del año litúrgico. Los textos de este domingo nos ponen ante la manifestación del Espíritu Santo sobre los creyentes que formamos la comunidad de Jesucristo, bien sean sacerdotes, religiosos o laicos. En el cristianismo naciente, Pentecostés es el momento que nace la Iglesia y muere la sinagoga. En el judaísmo, Pentecostés se había convertido en la fiesta de la alianza y el don de la ley, en el cristianismo se celebra la efusión del Espíritu Santo, donde la ley ya no se pone en tablas de piedra, sino es una carta escrita en el corazón de cada creyente.

En los primeros siglos del cristianismo, la cincuentena de la pascua permanece como un bloque unitario en el que se prolonga la alegría pascual y donde se celebra el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte. No había un día más importante que otro en esos cincuenta días, pero a partir de la segunda mitad del siglo IV, comienza a ponerse de relieve el último día de la cincuentena, que además caía en domingo. No se trataría de una nueva fiesta, sino subrayar ese día como colofón, como resumen condensado de toda la riqueza de la cincuentena pascual, trasladando la ascensión del Señor diez días antes de Pentecostés.

El libro de los Hechos nos presenta una gran escenografía el acontecimiento de Pentecostés, nos lo muestra como un nuevo Sinaí, con los dos elementos característicos de las teofanías de Dios: el fuego y el viento.  El fuego (lenguas de fuego), simboliza la fuerza transformadora del Espíritu que pone en marcha a cada creyente, a la propia Iglesia hacia la misión. El viento evoca el gesto con que Dios infunde su aliento en el primer hombre en el Génesis, es descrito en Pentecostés como “una ráfaga impetuosa” que no se puede domar y sopla donde quiere.  Pentecostés contrasta con la torre de Babel, la pretensión de “ser igual a Dios” que deshumaniza y divide a los hombres. En Pentecostés, diferentes personas de distintas regiones y pueblos se entienden hablando cada una en su propia lengua y desde su propia cultura

Es el mismo Espíritu que había sido anunciado a los profetas en el Antiguo Testamento como transformación interior del corazón, como espíritu nuevo. Es la presencia de Dios entre nosotros formando comunidad hasta el fin de la historia, siendo luz, guía, fuerza y consolación. Sin el Espíritu el creyente o la Iglesia es barro sin vida, incapaz de introducir esperanza, fuego en los corazones. El Espíritu sigue interrumpiendo en la comunidad, en cada creyente, ampliando los horizontes de babel, abriendo fronteras y rompiendo barreras, ensanchando la misión más allá de grupos religiosos, culturas y pueblos, no apagando el corazón y la primacía del reino.

Siempre debemos volver a Pentecostés, comenzar de nuevo a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros, solo él puede renovar nuestros corazones.  Es él quien puede desencadenar un cambio en el horizonte pesimista del cristiano de hoy, liberando de miedos y recelos, abriendo las puertas de nuestras iglesias de nuevo para compartir el evangelio con las mujeres y hombres de nuestro mundo desde la diversidad, pero en un solo amor.

En Pentecostés se celebra el día del Apostolado Seglar. Los laicos son hombres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia.  La realidad del ser laico no se la da su relación con el sacerdote, ni debe aspirar a clericalizarse, su bautismo le hace vivir en un estado permanente de misión. Es el momento que el laico desde una fe madura, asuma plenamente su condición laical y redescubra la belleza de ser cristiano. Su participación no se limita solo a tareas intraeclesiales, su labor fundamental es llevar los valores cristianos al corazón de la sociedad. Desplegar todas sus capacidades en la cultura, la ciencia, las artes, la economía, la política, los medios de comunicación, el trabajo, la familia, los hijos, un campo de misión amplio y complejo.

En muchos laicos comprometidos sigue generando malestar las viejas y nuevas formas de clericalismo, a pesar de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, se sigue manifestando dentro del clero (cada vez menos) una tutela paternalista y vertical sobre el laicado, exigiendo la obediencia como criterio básico de eclesialidad y no tanto la vivencia de ser pueblo de Dios en comunión, con lo que está perjudicando vivir plenamente el ser cristiano y la misión en el mundo.  Pero también, este clericalismo está fomentado por el propio laico, con posturas muy infantiles, exigiendo al clero resolverlo todo, evadiendo responsabilidades y siendo meros ejecutores de sus indicaciones.

Hay que afirmar sin lugar a dudas que la experiencia y la enseñanza del Concilio han modificado profundamente la presencia y la acción de los laicos tanto en la Iglesia como en el mundo. El laico entiende la llamada para vivir la fe desde la comunión, oración y misión. Está asumiendo su responsabilidad en la Iglesia, comprometiéndose con el anuncio de la buena noticia, según sus dones y carismas, pero todavía se pueden dar más pasos.

Las cosas poco a poco están cambiando, desde hace tiempo, se ha impulsado el acceso de los laicos y laicas a los estudios y la especialización teológica, en facultades y escuelas de teología. Se están promoviendo, los consejos pastorales, arciprestales y diocesanos, con una mayoritaria participación de laicos y se han suscitado nuevas formas de colaboración entre laicos y ministros ordenados.

Por otro lado, se están instaurando “ministerios encomendados a laicos”, que están sustituyendo al sacerdote de forma efectiva, en actividades que no exigen presidencia del sacramento de la eucaristía. Se acaba de instituir el “ministerio del Catequista” donde el laico, está llamado en primer lugar a manifestar su competencia en el servicio pastoral de la transmisión de la fe, es al mismo tiempo testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia. No debemos olvidar que, la difusión del evangelio y las conversiones en nuestras sociedades globalizadas, se deben a laicos y, sobre todo, a laicas, catequistas, esposas y madres.

Pintura:  Bernadette Lopez