La salud mental en Salamanca después de la pandemia

Después de un año largo y traumático que ha producido consecuencias y cambios en muchos aspectos de la vida cotidiana, llama la atención que en las cuestiones de salud mental no se haya publicado ningún estudio estadístico actual en nuestra ciudad.

Los datos generales de lo que se dispone hablan de un gran incremento de patologías mentales en todos los países europeos, incluida España, calificándose a veces los actuales datos sobre trastornos psíquicos originados por la pandemia  como una segunda pandemia.

Pero los datos que se poseen son demasiado escasos y generales. Los que ha publicado la Comisión Nacional de salud mental y el CIS recogen este significativo aumento de consultas psiquiátricas y psicológicas, a nivel nacional, sobre todo en colectivos específicos, como los sanitarios, las personas dependientes, los niños y adolescentes. Como ya es habitual en España los que  han aumentado enormemente son los tratamientos psicofarmacológicos, sobre todo la ingesta de ansiolíticos y antidepresivos.

Llama la atención que una ciudad universitaria como es Salamanca, con una Facultad de Medicina, y por lo tanto una Escuela de Psiquiatría y una Facultad de Psicología, no se tengan datos concretos de evolución del estado de salud mental, después de haber sufrido toda la población tantos hechos traumáticos: numerosas muertes por Covid en la población mayor en residencias, muchos contagios que han necesitado a veces largas permanencias hospitalarias, pérdidas de puestos de trabajo y numerosas dudas e interrogantes sobre la naturaleza y la evolución de la pandemia, fenómenos todos ellos que inciden en el equilibrio psíquico de la población afectada.

Quizás, aunque por mi profesión obviamente estoy en contacto con todo lo que se publica sobre salud mental, podría ocurrir que por algún motivo datos existentes de la población salmantina no me hubieran llegado; pero mucho me temo que más bien en Salamanca no se han cuantificado los nuevos datos de patología mental derivada de la Covid19. Por un primer motivo: porque todas las instituciones sanitarias y docentes han estado en situación anómala; las primeras, volcadas en los enfermos de Covid y las segundas con una actividad  muy restringida.

Hay, creemos, un segundo motivo en esta silenciación de la morbilidad mental en nuestra población: La impresión es que los salmantinos (quizás los castellanos, en general)  son poco dados a hablar o quejarse de sus dolencias psíquicas. La ausencia muy antigua de una asistencia de calidad en salud mental ha reforzado esa “valentía” de no pedir ayuda, pues no ha habido la confianza de un buen servicio público en lo psicológico. Se ha consultado, en general, solo en casos graves de esquizofrenias y otras psicosis. La asistencia en salud mental la han liderado asociaciones de familiares, con una gran voluntad, pero, obviamente muy poca preparación ( salvo excepciones).

Los ancestrales prejuicios de “visitar a un psiquiatra o psicólogo es estar loco”, o “hablando no me va a curar nadie” o “ya me han recetado medicinas para los nervios”, siguen vigentes en esta ciudad que ya en el siglo XVIII condenó a una joven monja obligada por la familia a seguir en un convento, mientras su deseo era casarse con su novio de Ledesma. O Castilla que diagnosticó de loca a la joven reina Juana, y la encerró en el Castillo de Tordesillas, ante los síntomas de dolor por la pérdida de su marido Felipe el Hermoso.

En Castilla los afectos son como los colores: no deben ser usados ni en público ni en privado. Lo mejor es utilizar el negro, el morado o el gris, para no sobresalir. Lo decente es que no te pase nada, que no sobresalgas. Ir a la consulta de un psicólogo o psiquiatra es “sobresalir demasiado”.

Así, pues, no nos enteramos de qué estragos ha causado en las almas salamantinas este largo año de pérdidas y temores.