Ciudad Rodrigo al día

 

Cultivando, ando

Durante años he escuchado historias fascinantes sobre batallas hortelanas de lo más variopintas

Soy nieto de agricultores. Mis dos abuelos: José, que en paz descanse y Veremundo, del cual todavía puedo seguir aprendiendo, han dedicado parte de sus vidas a la agricultura, este noble arte del que me dispongo a hablaros hoy.

Yo soy joven, o al menos así me considero, y he de reconocer que hasta hace unos pocos meses mi interés por la tierra y los cultivos había sido escaso (por no decir inexistente). He crecido con otras inquietudes, observando el trabajo de mis abuelos desde la distancia, inmerso en esta nueva sociedad donde lo inmediato prima por encima de todas las cosas y en la cual escasean valores como la paciencia, el tesón o la constancia, todo ellos fundamentales en esta profesión tan rica.

Como muchos ya sabéis, tengo la gran suerte de trabajar en una residencia de mayores, por lo que trato, día a día, con personas que han mamado de la agricultura desde sus primeros pasos.

Durante años he escuchado historias fascinantes sobre batallas hortelanas de lo más variopintas. El dicho “cada maestrillo tiene su librillo” es perfectamente aplicable a todos estos veteranos agricultores, contando cada uno de ellos con innumerables técnicas agrícolas y con aciertos basados en mil y un fallos previos. Así se aprendía antes. Ensayo, error, ensayo, éxito.

Los abuelos, siguiendo con esta profesión tan milenaria, han logrado que germine en mí la inquietud sobre el cultivo de vegetales. Con esmero y con suma delicadeza, han sembrado la duda y la han ido regando con pequeñas historias que iban alimentando, de forma paulatina, el interés en mi interior. ¿Y si esto de la agricultura no es tan aburrido como parece? ¿Y si no es tan fácil? ¿Merecerá la pena?

Hace un mes, junto con la Psicóloga del centro y la Directora, tomé la decisión. Estaba preparado para comenzar un nuevo recorrido vital, quizá místico, que me adentraría en la difícil tarea de organizar un huerto en mi centro de trabajo, el cual estaría mantenido y acondicionado, íntegramente, por usuarios de la residencia. Los trabajadores organizamos y los residentes lo cultivan. Fácil.


A día de hoy tenemos tomates, doce exactamente. No muy grandes, no muy rojos, pero están, existen, que es lo que importa. Les hemos dotado de una vida que antes no tenían y dejadme que os diga que eso es precioso. Digo hemos por puro egoísmo, porque los que están trabajando a destajo son los residentes. De forma diaria, sin descanso. Chapó.

También hay guindas, cebollas, fresas y frambuesas. ¡Ah! Y tenemos un semillero con rabanitos, perejil y remolacha, aunque estos últimos todavía brillan por su ausencia. Tiempo al tiempo.

Si hoy pudiera volver a hablar con mi abuelo José le diría muchas cosas. Muchas, no os podéis imaginar. Pero quizá, cuando acabáramos de darnos abrazos y nos sentáramos en el viejo escaño de su casa, le pediría perdón por no saber apreciar su trabajo y dedicar mi infancia a otros menesteres.

Todas esas horas labrando, que yo consideraba perdidas, le estaban dotando de una vida que yo no lograba comprender. Hoy comienzo a hacerlo.

Seguiré cultivando y aprendiendo, no os quepa duda. Y cuando recojamos nuestro primer tomate me alegraré con el mismo ímpetu con el que lo habría hecho mi abuelo. Con el mismo que sigue poniendo, todavía, mi querido Vere.

Para mí cultivar significa madurar. Por fin lo entiendo. Veintiséis años he tardado en darme cuenta.

Gracias a mis abuelos, tanto los de la residencia como los de sangre. Sois sabios. Siempre lo seréis.

Nos leemos el domingo que viene por aquí, o hasta entonces en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).