Cuestión ética y moral 

Venimos diciendo que el coronavirus no entiende de razas, clases sociales, fronteras ni territorios y, sin duda, es así. Pero no es menos cierto que la capacidad de reacción ante el mismo, ha hecho que los países ricos estén surgiendo del abismo, mientras que los pobres están siendo devastados por el virus. Vivimos en una sociedad dual, el contraste entre el mundo desarrollado y el otro mundo, no podía ser más evidente.

 En Estados Unidos y Europa se reactiva el ocio, se abren cafeterías, restaurantes, clubes, cines, teatros o se planifican vacaciones. Mientras, las personas se quedan sin oxígeno con el que luchar contra el virus en India y Latinoamérica, donde el virus se propaga de forma rápida, causando estragos, en una situación casi sin control, amenazando una crisis humanitaria de grandes dimensiones.

América Latina, que alberga al 8 por ciento de los habitantes del planeta, ha registrado el 35 por ciento de los fallecimientos por Covid.

La India, que aun siendo uno de los fabricantes más importantes de vacunas Covid del mundo, no logra controlar la pandemia y arroja las escandalosas cifras de más de 350.000 contagios diarios y más de 4.000 muertos, que saturan las piras de quemados. Toda una “tragedia apocalíptica”, según sus propios políticos.

A iniciativa de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Unión Europea, en abril del 2020 se creó el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (COVAX), suscrito por casi todos los países del mundo. Una alianza impulsada por actores tanto públicos como privados, con el objetivo de garantizar el acceso equitativo a las vacunas que se logren desarrollar.

El COVAX es el único órgano para la gobernanza mundial de la vacuna, incorporado al sistema de Naciones Unidas y que sirve de puente entre los fabricantes y los países que la necesitan. No ha servido de mucho. El mundo desarrollado ha hecho bien poco por promover la vacunación a escala mundial. Especialmente escandaloso ha sido el egoísmo y la apropiación para sí de las vacunas producidas, por parte de países como Estados Unidos, Inglaterra e Israel, alcanzando un alto grado de inmoralidad con su actitud extremadamente nacionalista e insolidaria.

Europa, discriminada inicialmente en el suministro de vacunas, incluso con incumplimiento de contratos por parte de algunas farmacéuticas, ahora ante los tribunales de justicia, parece que le está llegando su turno en la disponibilidad de un mayor número de dosis para inocular a la población.

Tras ese retraso inicial que generó la sensación de que Europa no había llegado a tiempo y que necesitaba mayor autonomía en las posibilidades de reacción, resulta que, en pocos meses, se ha convertido en la gran fábrica y exportador del mundo, elaborando diversas vacunas de la Covid. Los 47 centros instalados en su territorio, producen los ingredientes necesarios para las vacunas más conocidas. A finales de marzo, la Unión Europea ya había exportado 77 millones de dosis a 33 países y la Comisión Europea había donado 31 millones de unidades a 54 países a través del programa COVAX, para su distribución entre países con menos rentas.

Varios de esos centros europeos de producción se encuentran en España, elaborando vacunas para los nombres ya conocidos. Y, a la espera del buen progreso de las iniciativas propias españolas en vacunas para la Covid, que parecen ir por buen camino.

Quedan grandes regiones en otros continentes, a las que ha llegado una cantidad mínima de vacunas. La vacuna contra la Covid, como bien público que es, y que debe ser, tiene una dimensión ética y moral, que está lejos de ser atendida por quienes mueven los hilos de los conciertos internacionales y que mantienen el control de la distribución de este bien tan sumamente preciado, por su eficacia como salvador de vidas humanas: en España, las muertes semanales por la Covid han caído un 90% desde que empezó la vacunación, es una evidencia que pone de manifiesto la importancia vital de la vacuna.

Ahora, tras la presión de un centenar de países, y de que ya tiene protegida a la mayor parte de su población, Estados Unidos cambia de actitud. Su presidente, Joe Biden, manifiesta que apoyará ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) la suspensión, temporal, de las patentes de las vacunas contra la Covid, para hacer un uso universal de las mismas. Por su parte, la Unión Europea se abre a debatir esa propuesta de liberación de patentes de las vacunas.

Por supuesto que la industria farmacéutica tiene sus “derechos económicos” que han de ser justamente compensados, y fórmulas hay para ello. Pero no pueden anteponerse al derecho a la vida que tenemos todos. La exención de la propiedad intelectual, a la que, por cierto, las farmacéuticas han accedido con gran cantidad de ayudas públicas, permitirá a los países más pobres fabricar dosis en su propio territorio, con el consiguiente acceso a las mismas.

La liberación de las patentes de vacunas contra el coronavirus no solo es una cuestión ética y moral, es también el requisito necesario para poder vencer a la pandemia. Está demostrado con la aparición de diferentes variantes del virus por países, que nadie estará totalmente a salvo, mientras que el coronavirus no sea derrotado en todo el mundo.

En la campaña #YoMeCorono de fondos para una vacuna contra la Covid, se involucraron 35 artistas y músicos. Escuchémoslos en Quiero abrazarte, cuando todo acabe.                                                                                                                          

                                                                                                             Aguadero@acta.es