Rural, una Medicina de verdad

Este 15 de mayo, al hilo de Isidro, santo y labrador, y viceversa, se celebra el Día del Mundo Rural. Curiosamente la mayor masa urbana de España, la villa de Madrid, lo tiene por hijo y patrono. En su pradera confluyen lo de ayer y lo de hoy, seguramente sin tantos antagonismos como pudiera parecer, pero es evidente que, entre reportajes y reflexiones bien fundadas en la realidad, últimamente afloran también demasiados clichés y tópicos alejados de lo que verdaderamente supone en nuestros días vivir en los pueblos. Es una suerte de ruralismo como género literario, o banderín de enganche político en el que todo es para, sobre, con y por los pueblos… pero sin los pueblos. Sin las personas que en ellos viven.

Cuando hace unos años los Reyes se dejaron caer por mi taquilla a través de Laura, mi “compañerísima” de guardias, en su nota al comienzo de La España vacía, de Sergio del Molino, se refería a “la Medicina de verdad” que se puede hacer en los pueblos. Era una nota con nombres propios, con las personas que en ellos viven, buscadora de la verdad, esa verdad como terapia que quise contar en un relato pensando en Laura y en otras personas. Apenas ocupan espacio en minúsculas alcobas, a veces alojadas bajo el tejado, al cabo de una escalera imposible, y otras al pie mismo del corral. Su soledad y su pequeñez, sin embargo, llena sin darse importancia ese entorno de kilómetros y kilómetros cuadrados desiertos, que rodea el escueto rincón donde han hecho su vida (cabe en noventa y tres metros). Paisajes bellísimos, desconocidos tantas veces. Extenso territorio, muy pocas líneas en un censo donde faltan los rostros. Inmenso vacío, inagotable verdad.

Hay verdad, mucha verdad, en la Medicina que se puede hacer en los pueblos. Aquí. Solamente desde el desconocimiento o desde un prejuicio muy estructurado puede pensarse que la presencia de un médico en pueblos dispersos y abandonados es un desperdicio. Así lo sostienen algunos y así se lo escuché a una compañera en un diálogo público en el Colegio de Médicos de Salamanca. Con todo, esa idea no excluye de la primera línea de salida en la blanca marea de turno, con derecho a sujetar pancarta. Todo para el pueblo pero sin los pueblos.

Con ese concepto tan peculiar de la Medicina Rural que se advierte en varios especialistas de Medicina Familiar y Comunitaria no extraña la crisis de vocaciones. No se fomenta e incluso se desacredita, no se conoce y encima se presenta de forma errónea, y así resulta imposible que se elija como opción de vida. Me pregunto si a los alumnos de la Facultad de Medicina se les brinda la posibilidad de aproximarse a esta manera de ejercer la profesión tan necesaria y tan olvidada. Yo tuve la suerte de beber directamente en la fuente, en mi propia casa, y nunca dejaré de dar gracias a Dios por ello.

Tampoco las agendas de consultas, de clara inspiración urbana, contribuyen a una organización del trabajo flexible y versátil, en la que importe más la continuidad asistencial, fundada en la relación de confianza entre el paciente y su médico de cabecera, que en la rigidez de un horario de oficina, los martes de 11 a 12 en tal sitio porque lo ponga en un papel con sello oficial.

Por último, no deben ser capaces nuestros gestores de contratar médicos suficientes que den el natural relevo a los que se van jubilando, de tal modo que, tanto en el seguimiento ordinario de los pacientes como en la atención urgente, se están dando pasos indudables y muy discutibles para que los profesionales de enfermería, tan admirables y tan queridos, por supuesto, asuman funciones que hasta ahora desempeñábamos los médicos. Algunos continuaremos en los pueblos, aunque cada vez seremos menos. Ojalá podamos seguir trabajando de verdad. Mientras nos dejen.