Los errores

Uno escribe o habla como quiere, desde luego, aunque sí su trabajo es revisar/corregir/enseñar, ya no está tan claro que otros autores, lectores o discípulos tengan que aceptar como bueno o único el personal gusto, las personales creencias o convicciones… 

Sirva como ejemplo lo que hace poco leí en un artículo de Emilio Prieto de los Mozos, maestro de entonces que ahí sigue: a tanto ofendido y ofendida por la tilde/no tilde de solo que no da pábulo a los argumentos filológicos: ¿por qué no defender una tilde similar para uno de los usos de la palabra banco? Porque yo, el otro día, me pasé la mañana sentado en el banco, esperando que me atendieran… 

Además de ser una muy buena novela de José Revueltas, los errores, así, sin cursivas ni mayúscula inicial, son un tema cada vez más recurrente en los tiempos que corren.

Por todas partes los hay, además de que se ha vuelto deporte de tirios y troyanos detectarlos y hacer lo propio con sus primas las erratas; las coñas varias que se pueden generar son muy útiles en esta época en la que la notica es espectáculo… tirando a vacuo.

Como con el covid y la covid la parte de miedo ya está cubierta, los errores permiten el cachondeo… Aunque también muestren, en no pocas ocasiones, la ignorancia del burlador… Poca gente lo nota, no hay problema.

En estos tiempos en los que imperan quienes tienen un problema para cada solución, en los asuntos lingüísticos esto de los errores se vuelve un griterío que, la verdad, creo que va perdiendo la gracia; me da que hasta ya aburre.

La lengua es de todos y el lenguaje es algo vivo; sin embargo, no todos saben cómo funciona y por qué pasan determinadas cosas. Ni se lo plantean. Y harían bien, si no fuese porque aunque no se lo planteen, divulgan todo aquello que les llega… y parezca coincidir con lo que les gusta, parece o acomoda.

Correctores y revisores, que, por cierto, parecen ser cada vez menos, se esfuerzan casi siempre en contentar a un superior caprichoso y no tanto en hacer las cosas bien; esos superiores que suelen pensar: “si a mí me gusta o, cuando mucho, si coincide con lo que me enseñaron, está bien y punto”.

Sirva como ejemplo lo que hace poco leí en un artículo de Emilio Prieto de los Mozos, maestro de entonces que ahí sigue: a tanto ofendido y ofendida por la tilde/no tilde de solo que no da pábulo a los argumentos filológicos: ¿por qué no defender una tilde similar para uno de los usos de la palabra banco? Porque yo, el otro día, me pasé la mañana sentado en el banco, esperando que me atendieran…  

Que sí, hombre (y mujer), que uno escribe o habla como quiere, desde luego, aunque si su trabajo es revisar/corregir/enseñar, ya no está tan claro que otros autores o lectores tengan que aceptar como bueno o único el personal gusto de quien, en ese momento, es responsable de que lo escrito cumpla con la norma de ser entendido de la mejor manera, y más fácil, y por el mayor número de personas… Porque para eso sirve la norma, consensuada además por expertos de aquí y de allá. O sea, pasa lo mismo que en la medicina… Aunque ahora que lo pienso, en la época de más evolución científica, la actual, los antivacunas son legión… al menos, legioncilla. O legionela.

Y así, volviendo a mi terreno, demasiada gente equipara errores graves con erratas o considera equivocadas palabras bien escritas. Son más quienes nunca dudan, quienes ni por equivocación abren el diccionario, y eso que lo tienen hasta en Internet. Y los razonamientos… pues cuantos menos mejor, que aburren.

Termino con una reflexión: con estas cosas del lenguaje y el estilo, siempre he considerado más importante aprender que enseñar… Aprender, aprende uno de todo el mundo, pero enseñar… No cualquiera.

 

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