Esperanza

La esperanza solo se la merecen los que caminan

H. MARCUSE

No tenemos necesidad de un cara a cara ni de un cuerpo a cuerpo, sino de un corazón a corazón. Nuestra esperanza no puede nacer ni fijarse si no encuentra un corazón, un rostro.

TEILHARD DE CHARDIN

He aquí que hago nuevas todas las cosas

(Ap 21, 5)

 

El tiempo litúrgico de la Pascua está llegando a su fin con la solemnidad de la Ascensión y Pentecostés. No solo es necesario para los cristianos mirar al cielo, también hacia la historia, hacia el mundo, para un compromiso transformador de las injusticias y anunciar la buena nueva del Reino. Viernes santo, pascua, ascensión y pentecostés, forman parte de un único e indivisible misterio, del único pasar de Jesús por la muerte a la vida y, nos abre a todos una nueva existencia en el Espíritu santo.  El crucificado ha sido exaltado a una vida nueva, ha sido adentrado en el ámbito de la gloria y, gracias a ello, el cielo (Dios) ya no está cerrado, ya no es solo el lugar de Dios, sino que es posible la unión con el hombre.

La buena nueva del Reino es anunciar, ante tantas injusticias y oscuridades, una esperanza nueva. Anunciar una nueva alegría, que es quitar miedos, abrazar a los más necesitados, bendecir a los enfermos, hacer el bien en cada pequeño rincón de nuestra existencia, pero sobre todo la liberación definitiva de todo mal. El seguidor de Jesús, no está solo y a la deriva, abandonado a la historia y a la espera vacía, el resucitado está presente en cada creyente y en cada comunidad. El Señor del tiempo y de la historia no nos saca de ella, se adentra en nuestro mundo, en nuestra cotidianidad, para resucitarla, para purificarla, para iluminarla.

Jesús sigue vivo en medio del mundo y nos llama a ser fieles a la buena nueva, pero también a confiar en el mundo, en las personas, en el ser humano a pesar de las violencias y las incomprensiones. La mayoría de los hombres creen en la necesidad de un mundo más justo, más habitable y digno para todos, que es lo que Dios quiere desde su amor y misericordia, más allá de las religiones y los atrios de los templos.

Esa esperanza nos lleva a confiar también en la Iglesia, con sus defectos y limitaciones, con sus arrugas, retrasos y resistencias a lo nuevo, pero siempre buscando la fidelidad al evangelio, a la buena nueva. Intentando recuperar siempre el verdadero proyecto de Jesús, buscando el compromiso con el mundo, en comunión fraterna, en misión y en salida. En la Iglesia hay una gran cantidad de cristianos auténticos que están dando lo mejor de sí mismos, para aliviar el sufrimiento y sacar a los más necesitados de una situación desesperada. Nos recordaba Francisco, que la misericordia de Dios no es una idea bonita, sino una acción concreta, es involucrarse ahí donde existe el mal, donde hay enfermedad, donde hay hambre, donde hay tantas explotaciones humanas.

Es necesario buscar espacios de diálogo con la cultura secularizada, un mundo en el que está perdiendo importancia lo religioso, pero no lo espiritual. El creyente debe ir más allá de un “humanismo autosuficiente” o de una espiritualidad poliédrica y encontrar los elementos de experiencia de fe o incluso de Dios, ocultos en la sociedad secularizada actual.  La Fiesta de este domingo nos anima, a mantener siempre viva la esperanza y abierta la pregunta por Dios, desplegando el sentido del amor como proyecto y sentido.

El desafío es reconocer a Jesús en medio de nuestra existencia y, reconocerlo es más que verlo, es saber que está vivo y nos acompaña. El reconocer a Jesús es una experiencia que transforma, que aviva la esperanza y afianza el compromiso con el mundo, con los más necesitados. Debemos sanear nuestras vidas de desencantos y todo aquello que nos vacía de esperanza. La Ascensión recuerda que la causa de Jesús sigue adelante, es nuestra causa y puede ser la causa de todos los que buscan verdad y justicia en este mundo. En esta causa, hay más amor y esperanza que conocimiento. Pero en ese amor y en esa esperanza hay una convicción cognoscitiva (sapiencial) de que aquel Jesús vive y yo estoy en relación vital con él. Una fe que brota misteriosamente del corazón y como un río que nos lleva hacia ese misterio del amor de Dios.

En una sociedad que vive anclada en el presente, debemos abrir un futuro de esperanza. No podemos vivir sin anhelos y sin esperanza. La esperanza no es solamente una protesta dictada por el amor, es una especie de llamada, de recurso loco a un aliado que también es amor, nos recordaba Gabriel Marcel. La esperanza no es una actitud pasiva, es una actitud activa que nos arraiga en la tierra y nos transforma como también transforma el mundo. Quien espera que “otro mundo es posible” y siembra pequeñas semillas de ese otro mundo, enciende pequeñas luces, construye paisajes nuevos.

La esperanza es abrir caminos nuevos que acerquen el evangelio a los problemas y sufrimientos de las personas en una actitud de servicio y amistad. La acogida a cada persona, el amor servicial a los más necesitados, la defensa de los últimos, la solidaridad con los de cerca y lejos, y principalmente, la paz con todos.

La fe nos da sentido a esa realidad misteriosa que nos supera y nos sobrepasa. Porque creer en Dios y esperar es lo mismo. La fe y la esperanza es vivir respirando el Espíritu de Dios que todo lo alienta y transforma. Ese amor misericordioso de Dios se va desvelando en el acontecer histórico, así como en la vida de cada persona, siempre como un destello silencioso donde aproximarnos, pero sin poder tocar del todo el final. El Espíritu de Jesús sustenta la fe, anima al amor y aviva la esperanza.