Cuestión de armario

Yo no puedo salir del armario, los míos son tan pequeños que no me caben más que la cabeza y el brazo. Ya me lo dijo el carpintero al que planteé mi cuarto, “Mucha estantería, señora, pero ¿Dónde va a meter la ropa?”. Y puestos a glosar las memorables citas con respecto a nuestras exigencias, la mejor es la de una de mis dilectas amigas que encargó una piscina de pequeñas dimensiones por aquello de ahorrar agua.

-Señora, esto más que una piscina, es un charco.

Vienen al patio de mi casa los gorriones sedientos a beber agua del sumidero y a robarse las migas nuestras del pan de cada día mientras la primavera se vuelve verano, otoño, invierno y yo amontono la ropa sobre la cama. Todas las temporadas hacemos trasvase Tajo-Segura sin pasar por el entretiempo, que en esta tierra nuestra de la bota a la sandalia y del abrigo a los tirantes. Entre lo que está arrugado, o no me cabe –lo de fuera de temporada no va conmigo- año tras año descargo las prendas de mi amor que mueren de tanto usarlas y recuerdo otra cita memorable, esta vez de mi abuela, práctica donde la hubiere: “Un hato de diario y otro de domingo y ya”.

A mí me admiran quienes reparan cuidadosamente en su aliño indumentario. Se visten, se peinan, se maquillan… y yo explicando los verbos pronominales mientras afuera sale el sol y cuando toca el timbre, la chaqueta que nos pareció poco por la mañana, nos sobra del todo. Es el tiempo del descuento, el del último arreón, el del cansancio. Y saco las blusas arrugadas, los vestidos que nos recuerdan el verano de la ciudad, y mientras, un día nos arrecimos y otro, sudamos la gota gorda.

-Aquí lo que hay son dos estaciones, el invierno y la del tren.

El verano, cada vez más intenso, parece una quimera de sudores, helados, niños con olor a cloro y promesas de descanso. La playa ya no es más que un arenero en el que le han crecido a mi sobrino las hierbas de la primavera y los agujeritos de los hormigueros. Hay un despliegue de alergia asesina y unos zapatos que no sabe uno si ponérselos con calcetines o de plano, sacar la piel al roce de la intemperie. Todos los mayos son así de variados y en la calle, uno pasa con el plumífero y el otro, en la manga corta del escalofrío involuntario.

-Yo, en modo cebolla, quitando capas…

Y yo, arrastrando los fulares de una garganta siempre temerosa del frío. Vacío el armario donde no me cabe nada y lo vuelvo a meter más arrugado si cabe. Son tiempos indecisos y sale el sol después de una lluvia mansa que hace brillar las hojas. Las estanterías están florecidas, y total, siempre me pongo los mismos vaqueros…

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.