Abrazos solidarios

 

Afortunadamente, lo que existe son las personas de carne y hueso, y en esta crisis algunas han mostrado una entrega y una solidaridad admirables, y otras, una inconcebible falta de escrúpulos y de compasión. La crisis ha demostrado una vez más que es preciso apostar por el valor de cada persona, ser personalista, y, por lo tanto, imitar a los que son solidarios.

ADELA CORTINA

La solidaridad que nace de la compasión no acaba en ella, sino que nos lleva a reconocer en el otro un más allá que se sitúa en el terreno de sus posibilidades creativas y a considerarle no tanto por lo que es sino por lo que será.

LUIS ALFONSO ARANGUREN

Avanzada ya la primavera y las vacunaciones, no sin fallecidos todavía, estamos viendo la posibilidad de salir de este oscuro túnel, en la estación de la luz, nos debatimos entre la incertidumbre y la esperanza. Lejos de nuestros seres queridos, de los amigos, después de más de un año alejados, deseamos abrazar. Una pandemia que como una corriente subterránea atraviesa todos los rincones del planeta, cada vez más globalizado, donde todavía en muchas partes del mundo los muertos y contagiados por el virus no cesan, sumando más de 3,2 millones de fallecidos y más de 153,1 millones personas infectadas.

Manos Unidas organiza cada año, un abrazo solidario en la Plaza Mayor. El año pasado no se pudo celebrar y será este año un abrazo para “brotar de nuevo”. Convocan para este abrazo solidario a la sociedad salmantina el próximo sábado, 8 de mayo, a las 12 horas, quiere ser un abrazo para “resurgir de las difíciles circunstancias actuales y evitar que se nos confine el corazón”. Será un abrazo con todas las medidas de seguridad, dos personas por arco, un abrazo para “contagiar solidaridad”, un abrazo para el compromiso con las personas y los pueblos más desfavorecidos. La solidaridad como forma de combatir la pandemia de la desigualdad, agravada por la crisis sanitaria mundial, que castiga con hambre y pobreza cientos de millones de personas en todo el mundo.

A principios de 2020, unos 1.300 millones de personas estaban en una situación de pobreza y vulnerabilidad, el 84,5 % vivían en Asia del sur y África subsahariana. Se estima que a esa cifra se sumen otros 500 millones, alcanzando unos niveles de pobreza sin precedentes en las últimas décadas, debido a la pandemia del COVID-19. Ante el nuevo mundo que alumbra el coronavirus, en muchos países africanos, se enfrentan al riesgo de escasez, aumento del paro y subida generalizada de precios. Toda esta experiencia dramática del virus nos debe llevar a reforzar los lazos de solidaridad y afirmar con mayor firmeza la dignidad de todo ser humano y sus derechos.

Vivimos en un tiempo crucial para los abrazos y la solidaridad. Ya que la solidaridad es la ternura de los pueblos, alargando nuestros brazos a todos aquellos heridos y excluidos, de aquí y de lejos. Todos somos vulnerables, debemos reconocernos desvalidos y palpar nuestra impotencia para muchas contingencias de nuestra existencia, acariciar nuestras heridas y palpar nuestros límites; pero también descubrir que todos somos valiosos y formamos parte de la misma humanidad, con la misma dignidad y con los mismos derechos. El abrazo nos ayuda a salir de nosotros mismos y poder ampliar la mirada y sumergirnos en la solidaridad.

Hoy mas que nunca, necesitamos ser solidarios unos con otros. No estamos hablando de un altruismo indoloro, con un rostro amable y propia de sociedades donde ha desaparecido el deber, el sacrificio y el esfuerzo. No hablamos de una moral sentimental y mediática en las que prevalece una relación emotiva hacia los más pobres o las víctimas de las tragedias. La solidaridad que estamos hablando, quiere ir más allá de una solidaridad de cooperación, quiere ser una solidaridad del encuentro, acercarnos a esa humanidad sufriente y con grandes problemas no siendo indiferentes. Significa vivir de tal modo que la solidaridad constituya el pilar básico de nuestra vida y nuestra acción cotidiana.

En estos tiempos de crisis, invitamos a encarnar la globalización de la solidaridad, de la compañía, de la projimidad, que pasa por reconocer al que lo está pasando mal, al más necesitado y pobre, al que vive en las cunetas de la historia, de los continentes o de las calles de nuestra ciudad. Muchas de las injusticias y las desigualdades, no están ahí como las montañas o los ríos, productos del azar, han sido causadas o heredadas por el hombre, como la pobreza. Es el momento de construir economías y sociedades más solidarias y habitables con lo que es necesario elegir y actuar, preguntándonos no solo como superar la amenaza del virus, sino que mundo queremos después de la tormenta. Debemos ser nosotros sujetos de los procesos de justicia y de solidaridad.

No queremos una solidaridad políticamente correcta, sino una solidaridad disidente que forja su ser y hace del manantial de la compasión, su sentido más profundo. Haciendo mías las palabras de Joan-Carles Mèlich, al margen de los órdenes normativos vigentes en la gramática que nos ha tocado en suerte, la ética es una relación compasiva, una respuesta al dolor del otro. La ética de la compasión quiere responder a la interpelación ajena, a la presencia y a la ausencia del otro, a su apelación y a su demanda. Nuestra cultura posmoderna entiende la solidaridad como valor de cambio, como una mercancía; la cultura disidente entiende la solidaridad como un valor ético, apropiable por cada persona para hacer un mundo más justo y más humano.

Fotografías: Óscar García Rodríguez