El feminismo islámico, un movimiento por el cambio social y político

El feminismo islámico se estructura a partir de dos corrientes fundamentales: una más conservadora, que pretende la fusión de fe e igualdad de género, y otra más crítica con la religión. Sea como sea, ambas opciones abogan por el cambio y la lucha por los derechos y libertades de las mujeres, por su emancipación y la capacidad de libre elección.

Paula Acero Bermúdez

Defensora de los Derechos Humanos

El feminismo como lucha y movimiento social es un fenómeno con un largo recorrido histórico, desde la formación de los primeros estados constitucionales hasta la actualidad, y que se ha ido extendiendo con el paso del tiempo por todo el mundo. Esta lucha feminista es la de las mujeres y también la de muchos hombres por la igualdad en derechos y libertades, tanto a nivel jurídico como social, que aún no ha finalizado, de modo que hay que seguir peleando hoy en día. Y no solamente en los países de Occidente, sino también en el resto del mundo.

Las corrientes feministas de las zonas del Magreb y Oriente Próximo emergen en los años 50 y 60 con la lucha de las mujeres para la obtención de derechos a nivel político. Este feminismo se irá desarrollando a lo largo del tiempo transformándose en lo que conocemos como feminismo islámico, dado el periodo de reislamización que se da en los años 90. De esta manera, se construye un feminismo propio de estas zonas geográficas, en torno a su propia percepción y alejado de la idea de feminismo occidental, puesto que ambos tienen orígenes culturales y políticos diferentes.

Podemos definir dos corrientes diferentes entre sí, pues el feminismo islámico es heterogéneo atendiendo a las cuestiones culturales y diferencias geográficas y socioeconómicas de las mujeres que se encuentran en el mundo árabe, mundo muy amplio que cobija distintas concepciones del feminismo.

Por un lado, existe la corriente más moderada, ligada al islam, cuya pretensión es la unión entre la igualdad de género y la fe a través de una relectura de Corán. La cuestión es aceptar que entre la religión y el feminismo existe compatibilidad, y que las concepciones machistas no son más que cuestiones ligadas a la tradición y a la interpretación de la lectura del Corán de manera patriarcal. Por tanto, islam y feminismo no serían excluyentes. Las interpretaciones machistas de los textos sagrados defendidas por los clérigos y representantes religiosos no son más que la expresión de esa tradición y del apoyo hacia los sistemas autoritarios emergentes, es decir, que se encuentran ligados a la rama más conservadora.

Esta corriente trata de evitar un colonialismo cultural por parte de Occidente, el cual es criticado por su pretensión hegemónica, que en ocasiones ha resultado ser racista, dado que no tiene en cuenta las cuestiones culturales particulares a la hora de analizar la situación de la mujer en el mundo árabe y, en consecuencia, tiende a caer en prejuicios. Por ello, optan por una visión basada en la libertad de elección en torno a la religión, evitando así las imposiciones religiosas que se realizan en algunos países autoritarios, de manera que cada mujer elija su propio camino, pero sin negar la libertad de pertenecer a la religión y cumplir sus dogmas, como en el caso de deseo de uso de velo.

Por otro lado, tenemos una corriente más rupturista con el islam. Esta rama del feminismo islámico reconoce que el núcleo central de las religiones monoteístas parte de la estructura patriarcal de la sociedad, y en el caso de islam hay una clara masculinización de las estructuras e instituciones. Así pues, se asume la existencia de un miedo generalizado en las mujeres que proviene de la cultura y de la presencia de leyes patriarcales que son directamente discriminatorias. Un miedo a las leyes y un miedo a la imagen social que se da, puesto que, aún teniendo un deseo de independencia y empoderamiento, la mujer se encuentra limitada, atada por ese estereotipo de ser considerada buena mujer, que a pesar de tener un entorno familiar que lo acepte, corre el riesgo de que el resto de la sociedad no. Una discriminación legal y una discriminación social.

Por consiguiente, no se puede negar que la existencia de un código moral diferente entre hombres y mujeres propicia un trato desigual ante una misma conducta. Desigualdad que no es sólo legal, discriminación a nivel jurídico, sino también a nivel social en el entorno y relaciones sociales de la mujer, que genera un sentimiento de culpabilidad en ella que no tienen los hombres. Por ello, existe una clara vulneración de los derechos de las mujeres de manera directa e indirecta.

A partir de estas dos corrientes se estructura el feminismo islámico, con una corriente más moderada que pretende la fusión de fe e igualdad de género y otra corriente más crítica con la religión. Sea como sea, ambas opciones abogan por el cambio y la lucha por los derechos y libertades de las mujeres, la capacidad de libre elección y de emancipación.

En conclusión, las mujeres tienen un largo camino que recorrer para conseguir la igualdad. El feminismo islámico vuelve a emerger, aunque con dificultades, dada la dura crítica social que recibe en su entorno, pero no por ello cesará su lucha. Es muy importante que las mujeres sean valoradas y visibilizadas y que de esta manera se propague su mensaje por un sistema sin discriminación por género, independientemente de la corriente feminista por la que aboguen.