La vanidad del mal 

Quizás nos habíamos olvidado del enemigo público número uno hasta que, hace diez años, Osama bin Laden era ejecutado en la casa pakistaní donde vivía convertido en un anciano común y corriente. Era la desmesura de los medios, la muerte en directo y la foto fija de una habitación llena de asesores y militares que asistían, en tiempo real, al ajusticiamiento de un mito. Comienza mayo con su reguero de flores, promesas inciertas de calor, gasas y cruces benditas y las efemérides que festejan los números redondos, recuerdan un hecho que tuvo poco de histórico y mucho de propaganda entre los gritos de las mujeres, los niños y el despojo antaño terrible de un hombre convertido en un enemigo a batir con despliegue de medios y rostros fijos en la pantalla del videojuego.

Obama parecía el menos importante de todos. Quizás el único negro, el único vestido sin traje ni uniforme, que pasaba por allí y se quedó viendo la jugada. Estaba en un segundo plano como si no fuera con él, como si le pesara lo que veía quizás pensando en ese nombre de pila medio árabe con el que pareció evocar la suerte y la baraka. Toda dignidad presidencial pareció huir de esa delgadez extrema, de ese extrañamiento con el que miraba lo que los otros comandaban. Obama estaba en un tercer plano, como si le hubiesen obligado a mirar, y su secretaria de estado, se supone que uno de los terceros poderes del imperio, mujer entre machos resabiados, fue sorprendida por un gesto que, a mi entender, le quitó la presidencia: se lleva la mano a la boca, horrorizada.

Hillary Clinton mostró una debilidad que a mí me enterneció y al país le avisó de lo que podía resultar tener una mujer en la presidencia. Una mano que tapa la boca para evitar el gemido, el sollozo, la empatía con el hombre al que están matando en tiempo real. Ella se lleva la mano a la boca para acallar el grito, y hay en ese ademán una humanidad de la que carecen los grandes poderes de la alta política y el ejército estadounidense. Nadie puede compadecerse de un enemigo que vuela dos torres en Nueva York y es escapa entre las manos para acabar viviendo como un respetable jubilado en un rincón perdido de Pakistán, al cuidado de un ejército de mujeres y niños. Hillary, la mano en la boca, es el rostro de lo que nos hace humanos, los hombros hundidos, la delgadez hambrienta de Barak Obama es el gesto de la impotencia absoluta.

La mujer poderosa se inclina en el funeral de su eterno marido y su heredero deja correr las lágrimas que le convierten en humano frente a un padre con el que siempre tuvo una distancia dolorosa. Mostrar las emociones es ahora digno de elogio, pero hace diez años, el gesto de Clinton fue de una debilidad que a mí me pareció grandiosa. Odia el delito y compadece al delincuente, decían en mis catecismos de niña, y esa mano en la boca nos devolvió, hace diez años, la conmiseración que ahora nos produce ver las piras interminables de la pandemia en la India donde arden los cuerpos de los infectados por el COVID, aquellos a los que se les niega el oxígeno y la vacuna. En este mundo por el que no han pasado diez años, aún resuenan las balas en todos los rincones, las balas y el callado paso de la muerte en pandemia. Y mientras los hombres siguen manejando los hilos, alguien se conmueve sin vergüenza y se lleva la mano a la boca. Acalla un gemido o se muerde la carne hasta que sangra. Es el dolor de los otros. 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.