El caso del planeta que se esfumó

    Fue asombroso el caso del planeta Tierra. Los sabios de varios planetas se llevaron las manos a la cabeza. El planeta entero se esfumó. Las montañas, las playas, las mujeres, se metieron en los ordenadores. Los olores de las madreselvas, el tacto de las hortensias, desaparecieron. Todo el mundo real se esfumó y se metió en los ordenadores. El pez espada, la biblioteca de Tombuctú, el museo del Louvre, el puente Rialto en Venecia. Todo se esfumó y se metió en los ordenadores.  Todo se hizo abstracto y virtual, con colores chillones y con brillo monótono.

    Pero después aún fue peor, el planeta entero se metió en los teléfonos móviles. La gente solo vivía las cosas en  la pantalla diminuta de un teléfono móvil. Y no se oía el pasar de las hojas ni el tintín de las copas en los bares.  Tampoco se oía la llamada de nuestra tía ni se sentía el olor de la paella deliciosa calentándose. Todo se convirtió en datos muertos y en imágenes estridentes.  La gente lo hacía todo con la pantalla diminuta del teléfono móvil. Comía y cagaba en el teléfono móvil. Leía en el teléfono móvil y viajaba a un Kilimanjaro sin alma en el teléfono móvil. El planeta entero desapareció en el teléfono móvil.

    Los culos de todos empezaron a hincharse, les salieron hongos y forúnculos, se confundieron con las sillas. Como las piernas no se movían, inventaron unos aparatos que sacudían las piernas y simulaban el efecto de caminar. Los labios se derretían pero estaban los labios virtuales sin tacto. A veces algún despistado buscaba a su amigo de la infancia pero no lo encontraría nunca, estaba metido dentro de su teléfono móvil. Todo el mundo real no existía, la gente se entristecía y cagaba dentro de la pantalla del móvil. Los sabios de otros planetas no se explicaban el fenómeno en un planeta tan fragante y tan inagotable como la Tierra.                                                                                                

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR