Anaya la dama neoclásica

Prodigio de granito y piedra, nació como Colegio Mayor de la mano de Diego de Anaya y Maldonado, el noble salmantino devenido sacerdote ocupado en los afanes de la política y de su defensa de la educación

         A la dama neoclásica le hicieron los franceses a golpe de piqueta su plaza para que luciera escalinatas de estudiantes y músicos improvisados y columnas sólidas y lisas por donde resbala la mirada del fotógrafo enamorado de su grandeza coronada por el frontón, el escudo de la familia de su fundador, el nido de las cigüeñas letradas y los flancos que la adornan: la iglesita barroca del bello San Sebastián asaetado y la joya divina de la Hospedería. Prodigio de granito y piedra, nació como Colegio Mayor de la mano de Diego de Anaya y Maldonado, el noble salmantino devenido sacerdote ocupado en los afanes de la política y de su defensa de la educación que duerme el sueño eterno en la capilla de la Catedral que lleva su nombre, nave gótica varada ante las ventanas de la planta noble del Palacio de la Filología, cuya visión desde el Aula Magna ornada de símbolos literarios, universitarios y militares (aquellos que añadieron los huéspedes franceses de Bonaparte como Thibeaut que tanto amaron el palacio dieciochesco) abstrae a los conferenciantes y a los futuros doctores con su vista bellísima. Y es este paisaje de la catedral anclada a la Plaza uno de los regalos que recibe el fotógrafo de la mano de quienes trabajan y viven el Palacio de Anaya: el decano, Manuel González de Aleja, la profesora y poeta María Ángeles Pérez López y el alma y cuidado de un edificio pleno de lecturas, Julián Sánchez Guarido.

         Colegio Mayor de estudiantes pobres y brillantes fundado en 1401, fue tan afectado en el terremoto de Lisboa que se encargó la nueva planta a Hermosilla y Sandoval y Juan de Sagarvinaga, arquitectos dieciochescos que acabaron en 1778 un edificio de reminiscencias clásicas, no en vano Hermosilla había estudiado en Roma con una beca, por lo que proyectó la fachada como un templo griego y el claustro, de delicadas columnas de fuste liso y capitel pseudo jónico, como el del atrio de una casa romana. Solo la escalera señorial que se bifurca en dos tras una primera rampa, rompe la geometría neoclásica. La bóveda con el escudo de los Anaya pintado en techo y los leones guardianes de la desproporción, nos distraen del ensimismamiento del equilibrio, configurando ese lugar por el que evitaba pasar el rector Unamuno, catedrático de griego en la casa, “Para no toparse consigo mismo”, porque Victorio Macho le había representado en piedra en el arranque de los dos cuerpos de la escalera.

         Tiene el exterior de la dama neoclásica esa geometría de ventanas y balcones trazados con la maestría de quien sabe bien dirigir la mirada a las pesadas columnas, al altivo detalle del frontón triangular con el óculo que ilumina uno de los despachos más particulares de las estancias académicas y que todos llamábamos “El ojo de buey”. Un espacio donde se amontonaron los libros del profesor Julio Vélez, habitante de todos los camarotes del viaje de las palabras que luego heredaría en un quiebro del destino, la poeta Ángeles Pérez López para seguir versos y rigores de estudiosa entregada a esa filología que supo hacer suya el antiguo Colegio Mayor devenido estancia del invasor francés, Palacio episcopal –de ahí su nombre-, sede de Correos, de Telégrafos, de Gobierno Civil, de los Estudios de Ciencias –aún quedan algún rastro grabado en la pared para reivindicar su paso por el templo de las letras- hasta su condición indiscutible de trono de la Facultad de Filología. Una historia, la suya, confusa y diversa que tuvo también sus ecos vergonzantes. Sede de la oficina de Propaganda, desde Anaya quiso Millán Astray que se emitiera el primer mensaje la Radio de los suyos el 15 de Noviembre de 1936, pero pese al ímpetu de su oratoria, Giménez Caballero no consiguió poner en el aire el mensaje, ocultándoselo al irascible mutilado hasta que este, tras un bombardeo del enemigo –una de cuyas bombas estuvo a punto de matar a mi abuela- le acusó de haber revelado su posición con aquella emisión fallida.

         Cuentas las crónicas de la radio que hasta que los alemanes no suministraron los medios, no se pudo enviar un primer mensaje que salió no de los muros de empaque del palacio, sino de un descampado del humilde barrio de San Bernardo el 19 de enero de 1937. Eran tiempos convulsos de una Salamanca de intrigas y miedos. La Oficina de Prensa y Propaganda y los primeros programas de Radio Nacional de España guardan sus ecos entre las piedras doradas ahora cubiertas de vítores, algunos ilustres, que nos devuelven al carácter académico del Palacio de Anaya. Sangre de toro, almagre y resina para festejar al estudiante con su nombre, el año de su tesis y ese “VITOR” que también hurtó la maquinaria franquista de apropiación y propaganda. Huellas de nombres memorables, remate bellísimo de un trabajo callado y entregado a la investigación.


Lucir en el lienzo de piedra de Villamayor del piso superior del claustro el nombre y el año de la tesis junto al hermoso anagrama, es privilegio de una costumbre tan antigua como justa. Honor a quien honor merece, ahí entre las puertas de la planta noble, contemplando la exquisita rejería de la piedra, la sencillez sobria y monacal del claustro neoclásico que atraviesan los estudiantes rumbo a sus clases y los profesores a sus despachos. Pareciéramos estar en el palacio de Carlos V en la Alhambra, tan cerca de la exuberancia del rey moro, luciendo la sencillez y austeridad del emperador flamenco, como Anaya contrasta, pulida y geométrica, recta y desnuda, contra la altura barroca de la Clerecía y de los Dominicos, y cercana y abigarrada riqueza del gótico catedralicio.

         Algo tiene la bella Anaya, coso de columnas, bordado trazado con la escuadra aquilina de la razón, la ilustración, el buen gusto y el mejor gobierno. Es pura belleza donde se entrecruzan las columnas de los ecos y uno puede escuchar a Aldecoa llamar a Carmen Martín Gaite, alumnos ambos de la Filosofía y Letras de la época. Cuántos nombres ilustres aún resuenan por las escaleras y las barandillas de piedra. Oigo a Don Eugenio de Bustos subir más arriba, mirador de la ciudad al otro lado de la catedral, el cigarrillo entre los dedos. Pasaba frente a las puertas de los despachos de la excelencia: Don Antonio Llorente Maldonado, el padre de la Dialectología, el profesor Pensado, pura lingüística románica no apta para iniciados. Un poco más abajo, el Departamento de Clásicas con su secreto papiro enrollado, su latín de ceremonias y su griego enrevesado. Más allá, hacia la catedral, García de la Concha recibía con un cuadro de Santa Teresa de Jesús sobre el despacho de madera pleno de libros y legajos, porque Anaya allí arriba era una inmensa biblioteca colgada en el cielo, peleando contra la mole de la catedral, la ciudad extendida a sus pies, sus claustros que vistos desde arriba distraían del estudio y de la investigación. Anaya era un zureo de palomas, un ir y venir de cigüeñas y estudiantes, un espacio libresco donde abismarse horas y horas en la biblioteca que construyera junto al palacio Chueca Goitia en 1969 para que no saliéramos nunca del perímetro de Hospedería, Anaya, Anayita, ahí entre la calle empinada de Palominos y la Plaza donde desembocaba la Rúa de todos nuestros pasos.

         Espacio del corazón y de siete años de mi vida ¿Cómo hablar de un lugar en el que por mucho que cambie la disposición de aulas y despachos, interiores de paredes intercambiables, rostros que se suceden, estanterías que se desplazan, todo permanece en el sitio de mi memoria, en la quietud del recuerdo? Amador Martín retrata para mí, iluminada la piedra por la luz que le acompaña, el espacio eterno que nunca cambia, el espíritu académico donde se entrecruzan los versos, las páginas, los legajos antiguos, los libros, las palabras, las lenguas, los dialectos… la luz de toda luz que ilumina la escritura eterna, poema anudado entre Mercedes Marcos y Antonio Sánchez Zamarreño, volumen custodiado de todos mis recuerdos…  Años y cursos que no pasan entre las columnas, solemnes, infinitas, de un bosque de papel, tinta de sangre sobre los muros de un tiempo sin silencio. Porque Amador Martín ha sabido conjurar todos los ecos, escritura de luz en este lienzo, granito, piedra y sol, sangre y recuerdo. Anaya para mí, mi libro eterno.

José Amador Martín, Charo Alonso.