"Trabajadores" que celebramos el 31 de abril

No nos verán hoy tras la pancarta. No suscribiremos el manifiesto de turno. No dejaremos de ser trabajadores pese a que los portadores de pancartas y los redactores de manifiestos no nos tengan por tales. Porque, igual que ocurre con la condición de demócrata, la de trabajador se expide en las oficinas desperdigadas a lo largo de la acera izquierda de la Avenida de la Corrección Política. Muchos que sí trabajamos no contamos con ese sello de garantía, así que más que el 1 de mayo terminamos celebrando el 31 de abril. 

“Integradores e integradoras, inclusivos e inclusivas”, dicen que son los que excluyen del Día del Trabajo a una parte notable de los que trabajamos. ¿Cuando se refieren a los “derechos de los trabajadores” acaso piensan en los derechos del pequeño empresario autónomo que acude cada mañana a abrir su tienda, o su gestoría, o su bar? Quizá ellos puedan responder si se sienten representados. ¿Para ser considerado “trabajador”, con toda esa carga argumental positiva que tiene el trabajo frente al capital, hay que trabajar a sueldo de otro? ¿No trabajan entonces los que emprenden, los que apuestan por dirigir su propio negocio?

Por otro lado, si el capitalismo pierde de vista a la persona, sometida a los criterios de la ganancia y la productividad, incluso doblegando el domingo como justo descanso, la respuesta colectivista, que difumina la personalidad de cada trabajador, igualmente olvida que la finalidad de cada trabajo sigue siendo el hombre mismo que lo realiza. No su clase. No su materialista pero abstracta liberación. No si es de izquierdas o de derechas. 

En lo que mejor conozco, mi propio trabajo, percibo que el 1 de mayo lo ignora sin rubor ninguno. Los que hoy harán ondear rojas banderolas no ven en mi profesión más que uno más entre los oficios sanitarios. Cada cual tiene su importancia, y todos son necesarios, pero reinvindicar eso, las características propias de cada uno y su complementariedad, lesiona ese igualitarismo vacío que predican, y que les mantiene, por otra parte, instalados tan cómodamente en el sistema. Su rol es criticar, no transformarlo. Y para el gestor político siempre será mejor tenerlos a ellos en frente que a profesionales fieles de verdad a su vocación y su deontología. A ellos... y a los de banderolas de otros colores en otros días menos concurridos.

¿Cómo voy a celebrar este 1 de mayo como Día del Trabajo cuando el fundamento del mío, el respeto a la vida humana, para lo que me he formado durante diez años e intento seguir formándome, es burlado por ley ante el alborozo de los sindicatos hoy protagonistas? Estaría loco. Que lo festejen ellos, que para eso se les subvenciona y para eso se da día libre a los que van a votar en sus dopadas elecciones sindicales. Para este “trabajador”, como para muchos que madrugan para abrir su tienda, su gestoría o su bar, todavía es 31 de abril. 

En la fotografía, rótulo de la calle Primero de Mayo, en Salamanca.