Los expertos

“Aún cuando todos los expertos coincidan, pueden muy bien estar equivocados”

Bertrand Russell

Hace algunas semanas participaba en un debate en torno a la figura del experto. Un encuentro enriquecedor, no solo por lo que se dijo sino porque fue una de esas vivencias que abandonas rumiando. Por ello, a continuación, me gustaría compartir algunas reflexiones con ustedes. En los últimos tiempos, desde aquellos pretéritos precedentes a la pandemia, los expertos ya abundaban en la esfera pública. Sin embargo, dicha prodigalidad invita –en muchos casos– a dudar de la realidad de este calificativo, porque ¿cómo o quién asigna dicha etiqueta? En diversas ocasiones he observado directamente cómo auténticos eruditos en un determinado campo o materia huyen de que se les coloque el calificativo de expertos, aludiendo a lo denostado del término.

En primer lugar, cabe realizar una alusión –más que obligada– a su origen etimológico, procedente del latín expertus, cuyo significado podría traducirse en “que tiene experiencia”. La experiencia es –sin duda– la vía para el conocimiento, pero ¿qué experiencia requiere cualitativa y cuantitativamente un experto? Aunque a nivel legal existen algunas regulaciones para la intervención en determinados procedimientos, estas no son extensibles a la vida cotidiana. En lo cualitativo se puede distinguir entre experiencias teóricas y experiencias prácticas. Entre las primeras, la era de la “titulitis” ha producido un gran número de expertos de diploma. Personas cuya formación en un tema –más o menos extenso– varía enormemente, llegando a toparnos con el experto que ha realizado un cursillo online de seis horas y cuyo discurso–cual papagallo– consiste en repetir las doctrinas impartidas durante el mismo. Todo ello, alumbrado por una cuenta en redes sociales con miles de seguidores o los focos de un respetado medio de comunicación. En la otra parte estarían aquellos que nunca han recibido una instrucción teórica y que –aunque sin título alguno– el paso de los años y sus vivencias los ha transformado, por ejemplo, en excelentes predictores meteorológicos o magníficos labradores. Quizás, la excelencia se ubique en la armonía entre ambos prototipos, una combinación difícil de encontrar –con frecuencia– a la luz de la opinión pública. La evidencia es que habitualmente se asimila la condición de experto a la de especializado, siendo las connotaciones de cada atributo notablemente distintas.

No obstante, más allá de lo docto o inepto que pueda resultar el experto, debemos entender que su palabra puede resultar rebatible. En los medios de comunicación se emplea el argumento de autoridad –la cita del experto– como si con ello se anunciase una verdad suprema. Este hecho conlleva un gran desconcierto para la audiencia que observa cómo dos personas, que comparten la condición de expertos en un mismo tema, exponen discursos contradictorios. La voz de los expertos resulta cuestionable, como lo es cualquier estudio (para ello se fijó una metodología científica). Gran parte de la omnipotencia atribuida al experto procede de los estamentos políticos –representantes del saber popular– que no dudan en proyectar la responsabilidad y cortar la cabeza del saber técnico –del experto– cuando su gestión queda en evidencia.

Además, del extremo nivel de especialización que exige la sociedad actual se deriva la pérdida de visiones globales. Con esto no quisiera aludir al genérico personaje del tertuliano “todólogo” –popularmente conocido como “cuñado”–, representado por el “cultureta” que sin un conocimiento del tema prescribe sin reflexión. Me refiero a la escasez de figuras tan necesarias como, por ejemplo, la de don José Antonio Marina. Sabios a los que los árboles no le impiden ver el bosque.

En definitiva, muy en relación con la situación que atravesamos en nuestros días, les invito a ser críticos y –sin caer en el escepticismo– a no consagrar cualquier discurso experto, sobretodo sin conocer el origen de su experiencia. Porque pueden encontrarse ante unas palabras pronunciadas por alguien con cursillo, cuya única luz sea la de la pantalla que lo exhibe.