Poemas dedicados Cervantes por António Salvado (Portugal) y Carlos Nejar (Brasil), traducidos al castellano

Pilar Fernández Labrador, Elza y Carlos Nejar, con António Salvado, en uno de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos (foto de Jacqueline Alencar)

 

Dejo conocer, puesto que ayer se celebró el Día de la Lengua Española y la entrega del Premio Cervantes de Francisco Brines (otro poeta de los Encuentros Salmantinos), las traducciones que hice de los poemas dedicados a Miguel de Cervantes por dos de los más notables poetas de la actual lírica en lengua portuguesa. Me refiero a António Salvado, el poeta de la ciudad lusitana de Castelo Branco, y a Carlos Nejar, miembro de la Academia Brasileña de Letras. Dos grandes con el referente de la lengua española. Dos poetas siempre vinculados con Salamanca.

 

 

António Salvado y Alfredo Pérez Alencart, revisando traducciones en el Colegio Fonseca  (foto de Jesús Formigo, 2005)

 

 

ANTÓNIO SALVADO

(Portugal)

 

 

A D. MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA,

Y A LOS INFORTUNIOS DE SU VIDA

 

 

Fueron más bien certezas las proezas

de tus personajes que la ventura

que acompañó la vida de incertidumbres

que recorriste en soledad, tumultos.

 

De prisión en prisión, tu genio amordazado

por la ponzoña ardiente de enemigos

venció el tiempo: no contado en días,

pero sí en una luz fija de eternidad.

 

Triunfaste sobre todo y todos,

convirtió inmortal tu pena y sueño

y traspasó límites de horizontes

porque fue esperanza ayer y es esperanza hoy.

 

Las velas de los molinos en la distancia

continúan diciendo en suave brisa

que la batalla a toda hora será ganada

y que el futuro en tu obra brilla.

 

 

Estatua de Cervantes (boceto de Miguel Elías)

 

 

CARLOS NEJAR

(Brasil)

 

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

 

1.

 

La rueda de la fortuna anda más lisa

que la rueda de un molino.

Y cómo puede la desventura

y cómo ha de burlarse de ella,

escarneciendo los lances, rayos,

la trampa, el ardid, las armaduras.

De la cárcel levanté el monumento

con mi España toda en la andadura

de un rocín brioso y la errante sandez

del hidalgo y del sentido, Sancho. No,

no hay prisión o jaula que, libre,

me detenga, Ni en los ojos de los vivos

lloran cenizas. Y la mano que me faltaba

descubrió este agarrar el amor en celo

y Dulcinea del Toboso, o en mí.

Por donde la eternidad es amor y nunca

sintió. Y fui imaginando lo que la locura

puede soportar antes de explotar

desnuda, sublime, en soledad.

Y al odio inmune y al temor capté

una mentira, o laúd, o solamente

don de superar. Y no es el genio

el que hace la naturaleza, ella hace al genio.

Y antes de morir ya reí, ufano, de mi

muerte y de la locura leída por los sueños.

Sí, por soñarme embriagado,

en lo terrible vi el destierro del hombre.

A todo contemplé como si el polvo

ya fuese la humanidad constreñida,

queriendo ser feliz. No balbuceé

el tiempo y el tiempo temblando

me balbuceaba, cual niño que come

las letras, en la oscuridad, junto a las uvas.

No necesité de máscaras para ser

Miguel, lo que nunca se esconde

de vivir. Y lo que ensancha el alma

es haber luchado. Sí, mis palabras

no terminaron tan pronto. Circulares,

vuelven por donde vinieron. Más fuertes

bajo la capucha, la noche. Y fui yo

que las elegí y me eligieron.

Ninguna traiciona y todas son veloces.

Y cada uno detiene su palabra, como

sus muertos. Y no soy culpable

por ser Miguel y me dieron un corazón

que no pedí y no se quemó en el campo

de batallas. Y es más lisa la rueda

de la fortuna. Más lisa aún, desnuda, desolada.

 

 

Miguel de Cervantes (Boceto de Miguel Elías)

 

2.

 

Lo que se conoce sobre ti nadie

podrá saberlo. Ni tu ser errante.

Las iras de la guerras, los golpes sin

darte las aspas del tiempo palpitante,

como la vida que nunca fue rehén,

como fuiste, del soplo viandante

en el texto donde para el ingenio

por alta dama, caballero en trance

que llamaste Quijote y ha de tener

este nombre de fiebre sobrehumana

con el rocín de intermitente flama.

Y solo gloria tuviste, como un cirio,

junto a Sancho, Quejano en el delirio

entre todo lo que sueña sin morir.

 

Alfredo Pérez Alencart y Carlos Nejar, en el Centro de Estudios Brasileños de la Usal (foto de Jacqueline Alencar)